El surf quiere dejar de ser «fashion»

Las empresas buscan impulsar una contracultura en un deporte cada vez más comercializado


Cuando el año pasado Kelly Slater se consagró por undécima vez como campeón del mundo de surf, su principal patrocinador ya tenía lista una línea especial con un anagrama que juega con el «11» y la «ll» de Kelly. Muchos aficionados corrieron a comprarse prendas de la colección, nada económica, con gorras de 40 dólares, por ejemplo. Otros miraron con desprecio y hastío el fenómeno, convencidos de impulsar la contracultura en un deporte cada vez más comercializado. «Cada centro comercial en este país tiene al menos dos tiendas de ropa de surf, incluso tres. Y en esas tiendas la mayoría de la gente no son surfistas, sólo compran para ser parte del ambiente del surf», dijo recientemente al diario «The Australian» Mark Sutton, ex jefe de «Rusty», una marca australiana.

El surf se vive en Australia en forma un tanto diferente a otra de sus mecas, Estados Unidos. Basta con pasar por Bells Beach -mítico destino de surfistas a unas dos horas al oeste de Melbourne- para darse cuenta de que allí sólo hacen falta tres cosas: una tabla, olas y el surfista. No hay mucho más. La naturaleza agreste, y punto. En esas pequeñas localidades encadenadas a lo largo de la «Great Ocean Road» los niños, apenas pueden nadar, no siempre se entretienen con la guinda del «australian rules», mucho menos con una pelota de fútbol o con una vida nocturna que casi no existe: llevan el traje de neopreno y la tabla casi como prolongación de su cuerpo. Vieron a sus abuelos, padres y hermanos mayores surfear día tras día, y sólo imaginan la vida así. Es, quizás, una de las zonas surferas más «puras» que existan. Pero el surf, como cualquier deporte en mayor o menor medida, es un negocio, genera dinero, en especial para Quicksilver, Rip Curl o Billabong, tres de las principales marcas de «estilo surfer».

En Australia se está generando una pequeña «rebelión» con epicentro en Narrabeen, un suburbio playero de Sydney. Chris Chong, surfista, creó allí junto a dos amigos una tienda, «The Sugarmill», que pretende ser territorio libre de marcas masivas. «Muchos de mis amigos vestían esas marcas cuando eran adolescentes, pero morirían antes de usarlas ahora», explicó Chong a «The Australian».

Así, en «The Sugarmill» sólo se venden marcas alternativas, las que visten Chong y sus amigos. Se le da facilidades a diseñadores independientes, se fabrican tablas, se les muestra a los interesados todo el proceso y se intenta que el sitio sea un lugar de encuentro para gente interesada en el deporte, no un centro de consumo.

El éxito tuvo una consecuencia curiosa: potenció el negocio de las grandes empresas. Así, Quicksilver creó una submarca, VSTR (Visitor), donde el logotipo apenas se ve y que se ofrece como la antítesis del «mainstream». El hombre detrás de la idea es Kelly Slater, lo que le permite tener un pie en cada «mundo» del surf, aprovechar tanto el «fashion» como el «auténtico».

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