Entre todos los méritos de Fernando Verdasco, muestra uno atípico en el deporte actual. En una época de estrellas fugaces, de críos prodigio que se queman por el camino y de decadencias precipitadas, da gusto ver la progresión de alguien nacido en 1983. Capaz de perseverar y de crecer camino de los 27, cuando otros ya casi planean un agradable retiro. Su año parecía haber pasado, después del empujón anímico de la Davis de Argentina, sus días de estrellato en el Open de Australia 2009 y su presencia en el Masters de Londres. Palpaba ya su techo, una frontera en la que resulta muy difícil crecer si uno no reúne talento, físico y cabeza de gran jugador.
Verdasco lo tiene todo, pero no siempre consigue encajar las piezas del puzle completo. Cuando las encuentra -y domina los prontos que solo le perjudican-, da gusto verle jugar, siempre valiente. Sigue dando pasitos. Perdió con Roddick el partido por el título de San José, disputó su primera final de un Masters 1.000 en Montecarlo y ganó ayer en Barcelona. Le faltaban victorias contra los grandes gigantes del tenis actual, pero parece cada vez más cerca de los mejores.
Quizá necesite paciencia o físico para ganar un maratón de partidos en Roland Garros y escribir allí el siguiente episodio de su ascensión a la cumbre, pero tiene tenis y ambición. Y ya está muy cerca del grupeto que persigue a Nadal y Federer, dos raquetas que todavía juegan en otra liga.