El último truco del mago de Gales

El mito del Manchester United recibe el reconocimiento de sus compañeros en el final de su carrera.


¿Cómo puede un futbolista con apenas una docena de partidos en la Premier League convertirse en el Mejor Jugador del Año en Inglaterra, por delante de Cristiano Ronaldo o Steven Gerrard? La magia es una hipótesis válida. Y para los británicos y el Manchester United, Ryan Giggs (Cardiff, 1973) es el único Welsh Wizard , el mago galés.

Este galardón concedido por la Asociación de Futbolistas Profesionales de Inglaterra huele a honorífico, a despedida. Como la renovación de contrato por un año que firmó hace dos meses con el Manchester United. Es probable que Giggs esté organizando su adiós. Los diablos rojos están preparados para el gran momento. Nadie más volverá a vestir la camiseta número 11, que el galés se enfundó en marzo de 1991 para no quitársela nunca más.

Hace tiempo que el mito ha superado con creces al futbolista. Ferguson le resumió como un «cocker spaniel que flotaba sobre el césped, cerca de la línea», es decir, un extremo zurdo a la vieja usanza. Pero también como un ejemplo de profesionalidad, algo en lo que coinciden sus compañeros de profesión. Por eso, le concedieron por primera vez el Mejor Jugador del Año, a pesar de sus doce partidos de Liga en su hoja de servicios de esta temporada.

Sin embargo, el mago galés es ya sir Ryan Giggs, y goza de la Orden del Imperio Británico. Si salta mañana al campo contra el Arsenal en las semifinales de la Champions, cumplirá ochocientos partidos con el United. Nadie ha jugado tanto para el Manchester. Ni nadie ganó tanto con la camiseta roja (veinticuatro títulos nacionales y cinco internacionales). Giggs aguanta el pulso con Bobby Charlton (superviviente de la tragedia de Múnich, y campeón europeo y mundial) y con el icono de la cultura pop George Best (el Quinto Beatle).

Ryan Giggs ha sabido adaptarse al paso del tiempo y, en esta sublime decadencia, se apartó de la banda para organizar desde el mediocentro o la mediapunta, donando a la causa del Manchester aquel protagonismo que antes era suyo sin discusión y convirtiendo esos minutos que todos creen de la basura en tiempo de oro, por obra del arte del mago de Cardiff.

Con todo, el Manchester es vigente campeón de la Premier gracias a los treinta partidos de Giggs y sus goles decisivos, entre otros. Méritos de su fútbol madurado en barrica de roble también son el cierre de la final de la última Champions, con el penalti decisivo. De una tacada, le dio la gloria a su club y superó las cifras de Charlton. Otros hitos: aquella presencia en la épica final europea de Barcelona contra el Bayern; el gol más rápido de la historia de la Premier League (a los quince segundos, contra el Southampton) y el tanto preferido de los aficionados del United (al Arsenal, en la semifinal de Copa de 1999).

Pero el galés tiene algo más. Ya lo advertían aquellos que firmaban comparaciones entre los dos inquilinos de las bandas del United en los años 90. Ryan Giggs y David Beckham. El día y la noche. De vez en cuando, Ferguson (que terminó su relación con el Spice Boy arrojándole una bota) presume de que el mago fue su primer descubrimiento. Lo guió como a un hijo.

Después de que el Manchester City lo reclutase del Deans (un equipo de niños de los arrabales de la ciudad) y ganase una final escolar en el viejo Wembley, Ferguson le echó el ojo. Y el día del decimocuarto cumpleaños de la futura estrella, se presentó en el salón de su casa, habló con sus padres y pactó un contrato profesional a dos años vista. «Se me hizo raro ver a un entrenador de un club tan grande sentado en nuestro sofá. Me impresionó que supiese el nombre de mis padres», recuerda el futbolista.

Con la selección inglesa sucedió algo similar. Llevaba dos años en el Manchester cuando ya era un fijo en las categorías inferiores en Inglaterra. Pero el divorcio de sus padres pocos meses antes ya había ayudado a decidir a Giggs, que renunció al apellido Wilson (el de su padre, un jugador de rugbi originario de Sierra Leona que fichó por el Swinton y arrastró a su familia al norte de Inglaterra, desgarrando la relación del pequeño Ryan con sus abuelos maternos) y contestó a la proposición de la federación inglesa con el lema de su país natal: «Gales, para siempre».

Aunque se haya quedado sin participar en un Mundial por ello.

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