Hay días en los que fantaseo con tirarlo al mar. Tensar el brazo al máximo y soltar. Lanzarlo lo más lejos posible, por encima de la barandilla, más allá de la línea de costa, dejarlo hundirse poco a poco en el agua. Que desaparezca. Pienso en cómo se irían desperdigando sobre el agua todos esos correos electrónicos impersonales que se van acumulando uno detrás de otro, las peticiones urgentes, la publicidad, los favores no atendidos y los no correspondidos. Que se conviertan en botellas todos esos mensajes que nunca han tenido respuesta y quedaron suspendidos al borde del check azul. Los mensajes directos que nunca salieron de la carpeta de solicitudes, los reels vacíos, los influencers desesperados por vender, por convencerme de comprar cosas que en el fondo sé que no necesito y nunca voy a utilizar. Y que descansen sobre la arena, acunados por las corrientes, todos los algoritmos que saben a qué hora me levanto, qué como, con quién hablo y de qué, a qué le tengo miedo y por qué lloro. Que la salitre enmudezca los chatbots, y que dejen de decir todo lo que quiero escuchar e inventar lo que quiero que inventen. Y olvidar incluso cientos de fotos sin sentido, el tique de la compra, la grieta en la pared, el selfie enfurruñado, el suelo borroso. Soltar lastre. Ser libre, incontrolable, espontánea. Dejar el smartphone atrás.