El cantante dominicano Juan Luis Guerra saldó su deuda pendiente con la villa turística, a la que convirtió en una auténtica sucursal del Caribe
13 jul 2026 . Actualizado a las 19:25 h.Ya se puede decir alto y claro: Juan Luis Guerra no tiene un gafe con Galicia. La frase no es una perogrullada. Había muchas dudas al respecto después de que el año pasado en pleno julio tuviese que suspender su concierto en Sanxenxo por la lluvia y que este fin de semana, horas antes de su segunda actuación en la villa turística, volviesen a caer chuzos de punta en media Galicia a cuenta de las tormentas. Pero al final el cielo se portó con él. Y, sobre las diez de la noche, en el firmamento de Sanxenxo se hacían las despistadas un par de nubes mientras que el resto del cielo era un lienzo azul celeste. Así que Juan Luis tocó. Saldó su deuda. Y la única lluvia, como estaba mandado, fue de café y en el campo... de Sanxenxo. Aunque los puristas dirán que es el de Baltar, en Portonovo.
Ver a Juan Luis Guerra requirió unas cuantas cucharadas de paciencia. Por si al público no le llegaba con el concierto interruptus del verano pasado y de tener que aguardar un año para verlo, este domingo, la entrada al recinto fue realmente «caótica», como decían muchos asistentes con bastantes dosis de cabreo encima. Los que pagaron por entrar temprano llegaron a aguardar en la entrada dos horas. Y los que tenían las entradas más asequibles aún lo tuvieron peor.
Eso sí, los afortunados que iban entrando se encontraron un espectáculo desde el minuto cero. Porque, antes de Juan Luis Guerra, hubo sesión de pinchadiscos puramente latina y, luego, actuó el grupo Manía; un conjunto de hombres de plastilina que contonean hasta las pestañas mientras cantan una de las canciones del momento para los fieles de los ritmos latinos, es decir, «quiero que me des un beso».
Si algo quedó claro en los prolegómenos de Juan Luis Guerra es que la comunidad latina tiene una fuerza descomunal en Galicia. Sobre todo si se mide la potencia en bailes. ¿Cómo hacen para menear las caderas tres horas seguidas y seguir sonriendo? «Somos así, mi niña, somos baile puro», decía una dominicana de 53 años que lloraba de emoción esperando a su famoso compatriota. Además de en los rasgos y el acento del respetable, la cantidad de latinos se evidenciaba porque muchos acudieron con sus banderas. «Somos muy de nuestra gente», decía un cubano envuelto en su estandarte.
«Non paran un minuto»
Haber había gallegos de toda la vida. Pero no era tan fácil dar con ellos, mucho más dados a acoplarse en algún asiento perdido que a bailar en primera fila. «Vamos duro», gritaba una y otra vez el cantante de Manía mientras una legión de latinos levantaba las manos, posaba y coreaba a la vez: «Todo el mundo, selfi». Los gallegos, abrumados, rosmaban: «Non paran un minuto».
Y la anécdota de la noche. A los artistas caribeños se les atravesó de principio a fin lo de decir «Sanxenxo». Pero al menos lo intentaron. Pueden irse contentos porque su «Sanchencho» es más meritorio que los que tras décadas de veraneo en el pueblo siguen sin conocer y practicar el topónimo oficial.
Juan Luis llegó finalmente sobre las 22.44 horas. Para entonces, el público ya había jugado varias veces a las competiciones entre hombres y mujeres que abanderaban desde el escenario, había gastado un kilo de calorías bailando y había consumido unos cuantos refrescos a cuatro euros por barba, más los dos del vaso. Tan entonado estaba el respetable que ni mostró sorpresa al ver a aquel hombre que vestido con el mismo traje que los músicos intentaba que lo dejasen también tocar a él.
Juan Luis, cual Julio César, llegó, vio y venció. Enseguida sonó la irrenunciable Como tú no hay ninguna. Tenía al público en bandeja y él vendió el alma al espectáculo. Llovió café, subió la bilirrubina y todo el mundo quiso ser un pez a pocos metros de una de las lonjas de pescado más visitadas de Galicia. Que siga la fiesta.