Durante décadas vivimos tranquilos pensando que La chica de ayer era eso, una chica. Una figura melancólica, con flequillo de época, madrugada confusa y una rebequita demasiado fina para tanto mito generacional. Una musa pop. Hasta que alguien pone a sonar La caza del bisonte, versión en castellano de una canción italiana de Ivano Fossati y Oscar Prudente, y entonces la chica deja de caminar sola. De fondo empieza a oírse algo. No son sintetizadores. No es una guitarra llorando. Son pezuñas. La teoría, mejor dicho, la sospecha, gira en torno al parecido entre La chica de ayer, de Antonio Vega, y La caza del bisonte, adaptación española de La caccia al bisonte. El periodista musical Vicente Fabuel, citado por RTVE como autor del hallazgo, habló de «parecido razonable», no de plagio.
El matiz importa. No hay demanda, condena, ni confesión de Antonio Vega diciendo: «Sí, fui yo, pero el bisonte me provocó». Hay una polémica musical. Un parecido sugerente para algunos. Un déjà vu con cuernos para otros.
Pero el dato tiene su potencia cómica: una de las canciones más delicadas del pop español podría tener como pariente incómodo a un rumiante transalpino. Es como descubrir que la musa etérea de toda una generación venía, quizá, de una reserva natural italiana.
El caso tiene todos los ingredientes de una intriga pop: canción mítica, autor venerado, melodía familiar, pieza anterior menos conocida y un bisonte entrando en escena cuando nadie lo había invitado. Si la canción presuntamente inspiradora se llamase La ragazza triste, podríamos mantener cierta compostura. Pero se llama La caza del bisonte. Y ahí la solemnidad empieza a resbalar.
Por supuesto, el plagio no se presume por mera semejanza. Haría falta analizar acceso a la obra anterior, similitud sustancial, originalidad y estructura melódica.
La cultura popular, en cambio, funciona con menos garantías procesales. Escucha dos canciones, levanta una ceja, pide otra Estrella y dicta sentencia antes del segundo estribillo.
Y ahí el asunto se vuelve delicioso, porque La chica de ayer no es una canción cualquiera. Es patrimonio emocional del Estado. Una de esas piezas que no se escuchan, se reverencian. Criticarla demasiado fuerte puede provocar que aparezca alguien con chaqueta vintage para explicarte que Antonio Vega era un poeta y que antes las canciones tenían verdad.
Precisamente por eso la hipótesis del bisonte resulta tan irresistible. Porque pincha el globo de la solemnidad. Mete barro, humor y sospecha en una canción que llevaba años envuelta en incienso.
La historia del pop está llena de melodías que se parecen y, acordes que reaparecen con otro peinado. Hay una cadena alimentaria en la que cada canción mira de reojo a la anterior.
Con La chica de ayer, sin embargo, la polémica nunca llegó a pleito. No hubo juicio, cambio público de créditos ni bisonte reconocido como coautor honorífico. La canción siguió intacta en el imaginario colectivo, como himno melancólico de varias generaciones que la han cantado sin preguntarse si estaban invocando a una bestia italiana.
Quizá ahí esté lo interesante. Las canciones míticas no pierden poder cuando se les descubre una sombra. A veces ganan una segunda vida, más turbia, más humana, más divertida.
Los más sentimentales dirán que Antonio Vega no necesitaba copiar a nadie. Otros contestarán que las melodías no siempre piden permiso antes de instalarse en la cabeza de un compositor. En medio queda el oyente, obligado a decidir si conserva intacta la leyenda o acepta que incluso las canciones sagradas pueden tener un primo raro italiano.
No se trata solo de si hubo plagio o no. Se trata de cómo reaccionamos cuando una canción de nuestra memoria aparece vinculada a otra desconocida y, para colmo, con un bisonte en el título. Es como descubrir que el gran amor adolescente no era una musa parisina envuelta en humo, sino una señora de Cuenca fumando una Faria. No cambia necesariamente la historia, pero le quita carga poética.
Al final, La chica de ayer sigue siendo La chica de ayer. Una pieza central del pop español. Pero desde que uno conoce la teoría del bisonte, ya no puede escucharla exactamente igual. Donde antes había una chica esquiva, ahora asoma una duda con cuernos.
Quizá fue coincidencia. Quizá influencia involuntaria. Quizá simplemente las melodías, como los bisontes, migran sin avisar y aparecen años después en otra pradera, con otro idioma y otra guitarra.
Escuchen ambas canciones y decidan lo que más les convenga. A mí, plin.
Jorge Castro es abogado.