La artista catalana repitió el «sold out» con un espectáculo que mezcla espiritualidad y arte con tintes de «rave» y ballet clásico, todo complementado con un «art cam»
02 abr 2026 . Actualizado a las 17:44 h.Este Miércoles Santo «se hizo la lux» en la segunda fecha en Madrid de Rosalía. En un Movistar Arena donde no cabía un alma la artista hizo toda una oda a sus seguidores más fanáticos, que no dudaron en responder a su llamada llevando al límite los atuendos adecuados a la estética de este tour. Cruces, alas y halos no desentonaron en esta Semana Santa que los más rosalianos tiñeron completamente de blanco a base de transparencias, velos, corsetería y, por supuesto, perlas en honor a la canción satírica del mismo nombre que ya es todo un himno del despecho. Hasta el más mínimo detalle está cuidado en este espectáculo a ratos teatral y a ratos religioso, en el que tienen cabida desde intensas raves y una suerte de botafumeiro moderno hasta un confesionario en directo y una parte de ballet en la que la artista catalana se transforma en la más frágil muñeca de porcelana, evocando el arte de Edgar Degas y su obra Las bailarinas de rosa. Lejos de la energía arrebatadora y la estética motera de su anterior era, Motomami, Rosalía ofrece en esta nueva etapa una experiencia completamente novedosa y poco habitual en artistas planetarios como ella, con música clásica interpretada a la perfección, con sentimientos a flor de piel y con los 22 músicos de la británica Heritage Orchestra tocando en directo en el centro del recinto.
El público levita con su experiencia en un foso dividido en cuatro partes que en la recta final del espectáculo se revela como una luminosa cruz que alumbra tras más de dos horas de actuación. Como en un teatro, se desarrollan cuatro actos que se distinguen por el vestuario y la escenografía, y desde el primer momento la energía estalla por los aires. La cantante se presenta vestida de bailarina dentro de una caja y camina firmemente sobre unas vertiginosas puntas mientras interpreta temas como Sexo, violencia y llantas o Reliquia.
«Buenas noches Madrid, le tengo mucho amor a esta ciudad, tanto que viví aquí en un momento de mi vida. Me recorrí sus calles múltiples veces y luego hice un camino que me trajo constantemente aquí, donde me siento acogida y donde me dieron la oportunidad de cantar 100.000 veces, gracias a todos», expresó emocionada en sus primeras palabras hacia las más de 15.000 almas que le escuchaban atentamente. Mio cristo piange diamanti fue un punto de inflexión en el que demostró que este concierto es para vivirlo y dejar el móvil relegado al bolsillo, ya que enmudeció al gigantesco recinto ataviada con un manto blanco y sus ojos brillantes, con claras referencias a figuras como la María Santísima de la Esperanza Macarena sevillana.
El segundo acto cambió el ritmo de la experiencia y la artista apareció vestida completamente de negro y con cuernos como si de un diablo se tratase, para proceder a invitar a los «chulapos y chulapas» presentes a recordar tiempos musicales pasados con clásicos como Saoko (a la que siguió una ovación espontánea de aplausos), La Fama, La Combi Versace o De Madrugá. Uno de los momentos álgidos fue la rave electrónica con la que coronó Berghain, que evocó al público a una celebración momentánea al más puro estilo Sirât de Oliver Laxe. A continuación la orquesta interpretó una melodía que reprodujo fielmente un paso de Semana Santa con palmeo, aportando el toque flamenco, todo para presentar a la catalana como si fuera la musa de un cuadro como la Mona Lisa. Dentro de un lienzo versionó Can't Take My Eyes Off You de Frankie Valli, representando la viva imagen de la pureza.
Thais Amores García, más conocida como Metrika, fue la ilustre invitada al confesionario del LUX Tour, donde habló de la historia con su particular «perla» y a quien Rosalía, arrancando las risas del público, le recomendó que solo se fíe «de la gente guapa que riega sus plantas y les habla con amor». Tras el momento cómico se relajó con una copa de Sauvignon Blanc mientras interpretó el tema subida en un piano bajo una intensa lluvia dorada y desató pasiones entre el público cuando cantó entre ellos Dios es un stalker, para pasar a situar su micrófono junto a la orquesta e interpretar otro de sus temas más populares del último disco: La rumba del perdón.
Los profundos mensajes de sus letras no pasaron desapercibidos.«Canto y me pongo guapa para Dios», «seré mía y de mi libertad» o «un amor sin ley es el único que aceptaría», todo antes del épico final de esta divina aventura con la icónica Magnolias, en la que apareció ataviada con alas mientras volaban plumas por el escenario.
Para muchos es una clara evocación a Ícaro, un personaje de la mitología griega famoso por escapar de Creta con alas de cera y plumas y que voló tan cerca del sol que se cayó al mar, simbolizando así lo peligroso de la ambición desmedida y la soberbia. Como Ícaro, la artista desapareció de escena con una caída final dejando a muchos meditando sobre todo lo que acababan de ver. Al final, a la vocalista que consiguió volver a poner de moda la iconografía religiosa entre las masas, como una Madonna del siglo XI, el público no le pudo decir más que: amén.