Italia, tierra de asilo para los judíos expulsados por los Reyes Católicos
CULTURA
La Biblioteca Castro rescata la «Biblia de Ferrara», la primera traducción al español de las Sagradas Escrituras, pensada para los conversos vueltos al judaísmo que no hablaban hebreo
18 feb 2026 . Actualizado a las 05:00 h.El contexto lo es casi todo. Y aquel era peor que aciago. Alentados por el inquisidor general Tomás de Torquemada, los Reyes Católicos firmaron en marzo de 1492 el edicto de la Alhambra, que decretaba la expulsión de los judíos del reino de Castilla y de la Corona de Aragón. Solo unos meses antes, el día 2 de enero, habían cerrado la conquista del reino nazarí de Granada. La rendición de Boabdil dio paso a la unificación del territorio, un reflejo de lo que es hoy España. Si se habían liquidado ochocientos años de presencia musulmana en la Península, el siguiente paso era acabar con el judaísmo. No hay solidez territorial ni cohesión de las naciones modernas sin uniformidad religiosa, se pensaba entonces, ¿qué beneficios tendría permitir la libertad de culto? «En contra de lo que se ha repetido muchas veces, el decreto no tenía como objetivo la conversión de los judíos, sino su expulsión irrevocable. La posibilidad de convertirse ni siquiera se menciona en el texto», subraya la filóloga y académica Paloma Díaz-Mas. Sin embargo, un número importante optó por la ceremonia de la conversión únicamente para no tener que abandonar su hogar, en la intimidad del cual seguía practicando el judaísmo, o una religión sincrética entre judaísmo y cristianismo, detalla Díaz-Mas. De este modo, dejaba de afectarles la orden de expulsión.
Por algo el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición llevaba trabajando con mano firme desde 1478 para detectar y poner coto a los falsos judíos conversos, una labor acreditada además por la bula Exigit Sincerae devotionis affectus firmada por el papa Sixto IV. No era una obsesión sectaria de exclusividad ibérica, por supuesto. En un proceso auspiciado en 1555 por el papa Pablo IV, 24 criptojudíos —que practicaban en secreto mientras aparentaban haberse convertido al catolicismo— fueron quemados en la hoguera en Ancona, otrora paraíso de la convivencia. A estos judíos escondidos se les llamará en España, posteriormente, en los siglos XVI y XVII, marranos, de forma despectiva.
Sí, había ciertas ciudades en Italia que —como lo fue Ancona— eran tierra de asilo y acogida para los judíos expulsados de otros lugares como Castilla y Aragón. Muchos se refugiaron antes en Portugal, donde esa hospitalidad se terminó cuando Manuel I se casó con Isabel de Aragón, un rey que inicialmente confinó a los infieles en Lisboa para quitarles a los menores de 14 años —que se reeducarían en familias cristianas— e imponerles el bautismo obligado. Es verdad que, en muchas ocasiones, la estancia italiana era una fase de transición en el camino de los sefardíes [judíos que marcharon de la Península y, después, sus descendientes, que conservaron el vínculo a la cultura hispánica] hacia el Imperio otomano.
Pues bien, es este convulso escenario en el que hay que entender un fenómeno como la Biblia de Ferrara, la primera traducción en español —en ladino, lengua arcaizante y hebraizante— y que se publicó en 1553 en este ducado italiano. El propósito de sus promotores era ofrecer los textos sagrados a los conversos que en libertad regresaban al judaísmo y que ya no entendían el hebreo porque no habían tenido oportunidad de formarse en sus preceptos. La lengua resulta al principio un tanto extraña porque la traduccción se realiza —literalmente— «palabra por palabra», utilizando el mismo número que en el original hebreo y en el mismo orden.
Hay que tener en cuenta que el Concilio de Trento había fijado la versión latina de la Biblia atribuida a san Jerónimo (conocida como Vulgata) como única autorizada para los católicos. Y que la persecución antisemita y los procesos inquisitoriales habían destruido traducciones del hebreo a lenguas romances. Por todo ello las versiones españolas de la Biblia se imprimían fuera de España, de la mano de sefardíes y protestantes en el exilio. De todas ellas, la más antigua es la Biblia de Ferrara, debida al impresor Abraham Usque —por el apellido, probablemente descendiente de familia oscense—, bajo el amparo de Ercole II d’Este, duque de Ferrara, y el patrocinio de Gracia Nasi —Beatriz de Luna, en su nombre cristiano—, descendiente de judíos aragoneses que se asentaron en Portugal para después salir hacia Italia. Para protegerse, incluso aseguraron falsamente que la publicación contaba con el beneplácito de la Inquisición.
La Biblioteca Castro —que impulsa la Fundación José Antonio de Castro— rescata ahora este texto, en cuidada presentación que abre un prólogo de Díaz-Mas, que es la primera Biblia completa en ladino y que sigue la tradición de las biblias judeoespañolas medievales, modernizada e impresa en caracteres latinos, como recuerda un prefacio del profesor Moshe Lazar —responsable de la edición original, de 1996.