Han Kang, la belleza de un árbol

Tamara Montero
Tamara Montero CUATRO VERDADES

CULTURA

Han Kang, en Compostela, adonde acudió en marzo del 2019 a recoger el premio San Clemente.
Han Kang, en Compostela, adonde acudió en marzo del 2019 a recoger el premio San Clemente. Xoán A. Soler

Sería un atrevimiento intentar describir con palabras cómo, solo con su prosa, tiene esa capacidad de atravesar la oscuridad para aprehender la luz, que destella en cada línea preñada de violencia. Quizá tenga más sentido hablar de cómo en los albores de la primavera, la luz atravesaba los vidrios de una ventana centenaria mientras Han Kang hablaba de cómo el tiempo convierte en belleza la ferocidad de un árbol y de cómo a veces lleva tiempo aprender a masticar el dolor que indudablemente será parte del menú de la vida.

Hay algo emocionante en desempolvar una grabación que permanecía adormecida desde el 2019 en lo más profundo de una nube, si acaso existe tal concepto en una cotidianidad ya arraigada —qué ironía— profundamente en la tecnología. Reencontrarse con el coreano de una mujer radiante que hablaba suavemente de cómo allá donde habita el espanto, siempre anida la belleza. La que se desdobla delicadamente a medida que Yeonghye opta por el estado vegetal para abandonar un mundo que la precipita a la violencia y la que brota, cercana pero sin tocarse, junto al dolor y a las pesadillas que aún buscan inspiración en la documentación de la masacre de Gwangju.

Quizá tenga sentido hacer un pequeño ejercicio matemático, aunque hay quien se empeña en mantener separadas las cifras de las letras. Hay seis escritores por cada autora premiada por la Academia Sueca. Han Kang se convirtió ayer la decimoctava de la discreta lista de mujeres que han ganado un Nobel de literatura y ese triunfo —de nuevo, qué ironía— hace resplandecer una violencia que todavía trabaja de incógnito, agazapada bajo el apellido de simbólica. La que relegó la obra única de una mujer a la que la crítica se empeñó en colocarle un -ismo, a pesar de la singularidad de la prosa colorida y fiera de Grazia Deledda. Cósima, que era casi Grazia, es una novela de otra nobel de literatura que descubrí de repente cuando ya sobrepasaba la treintena. Una autobiografía que se despliega espléndida desde la ventana de la casa de su infancia y que demuestra que hemos estado obviando la mitad de las historias que deben ser contadas.