Richard Ford: «Ojalá nos diéramos cuenta de que estamos hartos de Trump»

Antonio Paniagua MADRID / COLPISA

CULTURA

El autor Richard Ford, este viernes, en Madrid.
El autor Richard Ford, este viernes, en Madrid. Gustavo Valiente | EUROPA PRESS

El escritor culmina una pentalogía de su mítico personaje Frank Bascombe y publica «Sé mía», reflexión sobre la senectud

08 jun 2024 . Actualizado a las 05:00 h.

El escritor estadounidense Richard Ford (Jackson, Mississippi, 1944) retorna al panorama editorial con Sé mía (Anagrama), quinta novela sobre Frank Bascombe, un antiguo periodista deportivo y ex agente inmobiliario que tiene que afrontar una situación dolorosa: solitario y viejo, se ve abocado a acompañar a su hijo en una enfermedad terminal como es la esclerosis lateral amiotrófica (ELA).

Después de entregar a la imprenta la última entrega de la pentalogía, formada por El periodista deportivo, El día de la independencia, Acción de gracias y Francamente Frank, Ford ha escrito una novela en la que su protagonista entabla una batalla contra la desazón. Ganador de los premios PEN-Faulkner, Pulitzer y el Princesa de Asturias, obliga ahora a las criaturas de su libro a emprender un viaje al monte Rushmore como ceremonia de despedida, una oportunidad excelente para abordar las consecuencias de la senectud e indagar en la naturaleza de la paternidad.

Como en todas las historias que giran en torno a Bascombe, la ficción se pasea por centros comerciales, urbanizaciones, moteles y franquicias, un paisaje urbano en el que Estados Unidos está dejando jirones de su identidad y haciendo frente a cambios que no disgustan demasiado al escritor. «América está en declive, algo que se aprecia con solo mirar la cantidad de gente sin techo, la incapacidad del Gobierno de responder a las necesidades de las personas pobres, el estado en el que están las escuelas públicas, la confianza en las instituciones y el carácter de los líderes», opina.

El gran prosista americano ha alumbrado en Sé mía una historia en la que explora la felicidad y el amor entre padres e hijos con el telón de fondo de un país, el suyo, atravesado por la polarización, a pesar de que su voluntad al escribir nunca ha sido hablar de política. Con todo, no elude posicionarse cuando se le pregunta sobre la honda quiebra moral de su país: «Es necesario que suceda algo que unifique para cambiar esta situación y, desgraciadamente, lo que suele unificar es el estallido de violencia, ya sea una guerra internacional o civil. Lo mejor sería que nos diéramos cuenta todos de que estamos hartos de Donald Trump. Ya nos aburre, hay que pasar a un cambio mucho más gradual».

Optimismo

A sus 80 años, Richard Ford se halla en plenas facultades, luciendo buena estampa, un estupendo buen humor y un saludable escepticismo que le hace desconfiar de los charlatanes. Sobre EE.UU., asegura que no todo está acabado: «Mientras las instituciones públicas puedan sobrevivir, podamos seguir votando y expresar nuestro malestar sin ser castigados, mantengo mi optimismo» Con todo, desgrana algunas reflexiones sombrías sobre la omnipresencia de la tecnología. «Es un instrumento que facilita el borrado de la memoria. Como persona mayor te puedo decir que si recuerdo cosas del pasado puedo prestar atención a lo que tengo delante».

Que haya elegido el monte Rushmore, en el que están esculpidos en un tamaño colosal los rostros de cuatro mandatarios del país, no deja de ser paradójico. «Crecí pensando que todas las estatuas eran absurdas y ridículas, emblemas de la supresión de afroamericanos y de la gran mentira de que la guerra civil no iba de la esclavitud. Así que cuando veo esos rostros de los cuatro presidentes en la ladera, que además es un lugar sagrado para los indios, pienso: qué ridiculez». No es un descreído ni un cínico. «Tiendo por sistema a no creer en nada de lo que me dicen, pero sí creo en muchas cosas, en el amor a otras personas, la bondad, la imaginación y en los usos que se pueden hacer de ella. La pasión nace de la inteligencia», concluye el novelista, que lamenta la tendencia de los jóvenes escritores a autocensurarse con la dichosa apropiación cultural, hasta el punto de ser remisos a adoptar el papel de narradores femeninos u homosexuales si no tienen esta condición.