«Olvidad mi vida, ¡abrid mis libros!», clamaba Milan Kundera

H. J. P. REDACCIÓN / LA VOZ

CULTURA

Vera y Milan. Vera Hrabánková y Milan Kundera, por entonces ya casados, en su piso de Rennes, ciudad francesa a cuya universidad llegó el escritor checo en julio de 1975 para ocuparse por unos años como profesor asociado. La salida de Praga terminó por ser para toda la vida. Obtuvo la nacionalidad gala en el año 1981.
Vera y Milan. Vera Hrabánková y Milan Kundera, por entonces ya casados, en su piso de Rennes, ciudad francesa a cuya universidad llegó el escritor checo en julio de 1975 para ocuparse por unos años como profesor asociado. La salida de Praga terminó por ser para toda la vida. Obtuvo la nacionalidad gala en el año 1981. Archivos Kundera

Autor esquivo, rehuía hablar sobre su propia existencia; la periodista y amiga Florence Noiville pergeña un retrato intimista del escritor

06 jun 2024 . Actualizado a las 12:47 h.

«Milan Kundera nació en la República Checa y desde 1975 vive en Francia». Era la biografía autorizada para las solapas de sus libros, de la que en algunas reediciones incluso se prescindió. El autor debe desaparecer tras la obra, clamaba. Era toda la información que concedía el autor de La broma en la edición del último libro que publicó en vida en España: Un Occidente secuestrado, un volumen que rescataba dos viejos textos de 1967 y 1983, respectivamente, en los que reflexionaba críticamente sobre el papel de los creadores y de la cultura europea. No dio una entrevista en más de treinta años y tampoco aparecía en público. En su última presencia televisiva, en 1984, invitado por Bernard Pivot en el mítico programa Apostrophes, se le recuerda cubriéndose el rostro con las manos y bajando la cabeza ante el agobio de los fotógrafos. Fue el final.

Se retiró de escena, harto del ruido y la vileza del mundo. «La utopía del nosotros soviético había muerto, pero un culto desmesurado al yo la había reemplazado», recuerda la periodista y amiga Florence Noiville (Boulogne-Billancourt, 1961) en su ensayo Milan Kundera, que acaba de traer al castellano el sello Tusquets y en el que pergeña —fragmentariamente, a través de recuerdos, conversaciones, testimonios, amistades, imágenes, escritos...— un retrato intimista del escritor a pesar del protagonista. Y de su mujer, Vera Hrabánková, que se cierra en banda ante los intentos indagatorios: «Nunca te hablaré de Milan y de mí. Es mi vida y no la comparto [...]. Dejaré el planeta para descubrir otro con una pequeña maleta cerrada con nuestra vida dentro. Todos tenéis la libertad de inventar». Ella también había tenido lo suyo, sola y sin dinero, con 16 años, la poesía la salvó de un horrible trabajo de camarera en una cervecería, asediada por los chistes procaces de moravos borrachos.

Afiliado al Partido Comunista tras la Segunda Guerra Mundial, el irrenunciable ideal de libertad de Kundera acabará en enfrentamiento, represalias, expulsión del partido y de la universidad, prohibición de libros, nacionalidad revocada y exilio. Sin embargo, cuando el 20 de julio de 1975 partió de Praga —acompañado de su esposa, Vera— en aquel Renault 5 azul rumbo a la universidad francesa de Rennes como profesor asociado, el escritor estaba convencidísimo de que era un plan para unos años, no de por vida. «La idea de poder volver a Checoslovaquia era muy importante para mí. Muy importante», recordaba. «No nos llevamos casi nada —confirmaba Vera—. Cajas con libros, algo de ropa. Estábamos seguros de que volveríamos».

Difamado como un traidor en su país —mientras en el resto de Europa La insoportable levedad del ser lo había erigido casi en un icono pop, condición que él detestaba: «Olvidad mi vida, ¡abrid mis libros!»—, había quien aseguraba que Kundera era persona repudiada en su propia tierra. Y lo peor, que él odiaba la República Checa. Poco antes de morir, el escritor donó su biblioteca de más de tres mil volúmenes a Brno, su ciudad natal. En cierta forma, fue su modo de regresar.