Bea Lema, autora de «El cuerpo de Cristo»: «Lo que más se echa en falta en una consulta de psiquiatría es el trato humano»

Tamara Montero
Tamara Montero SANTIAGO / LA VOZ

CULTURA

XOAN A. SOLER

«Bordar fue casi como cerrar una herida», dice la autora de un cómic con mezcla de técnicas que relata su convivencia desde la infancia con el trastorno mental y que reivindica que no se vean enfermedades, sino personas

21 ene 2024 . Actualizado a las 05:00 h.

En los ojos de Vera, una niña, luego una adolescente, después una mujer joven, se retrata Adela, su madre, convencida de que un demonio convive con ella, que los escucha, que la quiere dañar.  Entre acuarela y rotuladores, en color vibrante y en blanco y negro, bordada con telas a las que se les da una segunda vida, la dibujante Bea Lema (A Coruña, 1985) habla de trastornos mentales, de crisis de los cuidados, de tabúes sociales y se relata a sí misma en El cuerpo de Cristo, que esta semana presentó en Numax. 

—Dice que El cuerpo de Cristo surge de la necesidad de contarse su propia historia, pero se ha convertido en un manifiesto para romper el tabú de la enfermedad mental.

—Me siento cómoda con la palabra autoficción porque sí que está basado en mi experiencia personal pero no todo es verídico. Cuando empecé a escribir quería tomar conciencia de lo que había vivido, tomar una cierta distancia y eso fue para mí un proceso muy catártico, terapéutico. Pero después empezó a tener otro valor al darme cuenta de que no era una historia en realidad tan especial, sino que es una realidad que viven muchas personas, concretamente muchas mujeres, que son etiquetadas de locas y desde la psiquiatría no se indaga que hay detrás de esa etiqueta. Se trata el síntoma, pero no se conoce ni la vida, ni las circunstancias de la persona ni sus creencias. 

—En el cómic se ve también la incomprensión del entorno. Me impactó especialmente la cita con la psiquiatra y cómo reflejas esa incomprensión a través de la mesa, cada vez más ancha.

—Y cada vez más separadas, sí. Es que yo creo que lo que más se echa en falta cuando acudes a una consulta de un psiquiatra es el trato humano, porque es muy frecuente que la persona hable de las sensaciones que tiene, bien sean sensaciones corporales, que escucha voces, que se siente perseguida... Y se le da una medicación, pero falta ese trato humano, intentar empatizar, preguntar un poquito más. Por ejemplo, si te sientes perseguido preguntar si alguien te ha acosado antes, si hay un demonio que te que te hace daño preguntar si alguien ha sido violento contigo... Eso falta. Y también falta una educación a la familia para saber acompañar eso. De primeras, lo más obvio es negarlo, decir que lo que cuentan es una barbaridad, absurdo, y eso a la persona le hace sentirse todavía más sola de lo que ya es vivir una sensación que los demás no pueden percibir.

—De hecho se refleja claramente en el libro: el padre pasa cada vez más tiempo en el trabajo, niega la realidad que vive Adela...Hasta que llega un punto en el que aprende a acompañarla.

—Sí, exacto. Al crear este proyecto tenía esa intuición de que era necesaria esa empatía, pero ha habido lecturas también. Un libro que me impactó es Más allá de las voces, un ensayo muy breve que da otra visión de como hay muchas maneras de percibir la realidad. Intentamos todo el rato etiquetar de normal y anormal, pero es muy difícil que alguien cambie sus creencias, ya sean religiosas o de otro tipo. Es mucho más sano aceptar esa diversidad e intentar acompañar a las personas y respetar, aunque no las compartas. Sobre todo respetar.

—Hablando de etiquetas, en El cuerpo de Cristo se ve que el rol de cuidadora cae principalmente en la hija pequeña, Vera, que con el paso de los años tiene que hablar con su padre y su hermano para que se comprometan.

—Es algo que de manera a veces casi inconsciente recae en las mujeres. No hace falta más que ir a una consulta, por ejemplo de urgencias, y ver quién acompaña a los niños, a los ancianos, a las personas enfermas o con discapacidad. Es algo que a veces recae en nosotras y se da por hecho. Incluso por cómo se nos educa, cómo aprendemos a expresar más nuestras emociones, y eso hace pensar que parece que lo hacemos mejor, algo así como como «tú lo haces tan bien, pues para qué me voy a meter yo». Es verdad que a ellos se les ha privado de expresar esas emociones y en esas situaciones se sienten sin herramientas para desenvolverse, y requiere planteárselo. Es muy obvio que hay una crisis de los cuidados y desde que nos hemos incorporado las mujeres al trabajo hay un vacío extraño que o bien lo cubren los abuelos con las criaturas pequeñas, o bien hay que pagar a otras mujeres, un trabajo que también está precarizado por ser feminizado. Hay un problema que está sin resolver, porque somos interdependientes y todos vamos a ser dependientes en algún momento.

—Sigo con la etiqueta, la de loca, que pone una losa también social: Adela escucha de su entorno eso de con todas las mujeres que hay en el mundo le tuvo que tocar esa a su marido. Su propio marido se lo dice.

—La cuestión es qué hay detrás de esa etiqueta, qué significado tiene. Un loco puede ser una persona violenta, una persona bastante indeseable que de la que te puedes avergonzar, que puede tener comportamientos anormales, que se salen de los códigos y nos provocan vergüenza... Para mí, lo peor es que la responsabiliza mucho a ella. En el momento que se le da esa etiqueta es como es tu problema, estás tú mal, pero nunca se la ve como una persona herida, que está rota. A veces la locura y los delirios solamente son una respuesta a una vivencia que de manera racional es imposible de aceptar. Falta toda esa empatía y es una palabra de desprecio, una persona que ya no hay nada que hacer con ella.

—En la historia tienen mucho peso la religión y las creencias esotéricas, con todo un compendio: meigas, O Corpiño...

—Santa Marta de Ribarteme.

—Santa Marta de Ribarteme, el mal de ojo, el demonio...

—Son situaciones que algunas las he vivido y también ha sido una manera de reconciliarme un poco con la religión y con la espiritualidad, empezar a verla de otra manera. Aunque la Iglesia tiene una serie de dogmas que son intolerables, sí que me ayudó a empatizar con esa espiritualidad que está vinculada para ella en la religión. Para ella era un espacio donde no se sentía juzgada, un momento de sosiego incluso. O Corpiño hasta los años 70 eran un lugar donde los llamados locos podían ir y expresar esa locura que tenía que estar siempre contenida, escondida. La psiquiatría es algo relativamente reciente, no hace tanto que se ha normalizado ir a un psiquiatra y era el recurso que había. Muchas veces renegamos esa parte de nuestra historia, nos avergonzamos, y creo que como mínimo debemos entenderla y respetarla. Y a la hora de ir a una consulta no se puede obviar esta información, hay que entender el contexto de la persona y sus creencias para ver qué hay detrás y para tener un diálogo con ella, que no sea un monólogo de usted tómese esta medicación y váyase a su casa.

—Desde hace unos años se ha ido rompiendo el debate de la salud mental y se habla de ansiedad, de depresión... Pero el tabú y el estigma siguen intactos para trastornos graves como los delirios o la esquizofrenia.

—Es evidente que hay un interés sobre la salud mental y que tenemos más educación. Ir a terapia ya no es una cosa extraña, está cada vez más normalizado y eso es súper positivo. Yo hablo con gente joven y veo que tienen un vocabulario sobre las emociones, que son capaces de analizarlas y eso es un gustazo, pero los trastornos graves todavía son un tabú. Si hablamos de esquizofrenia, de delirios, de trastorno bipolar... Sigue habiendo muchísimo tabú, aunque si rascas un poquito más hay muchos movimientos críticos, de antipsiquiatría. Descubrí hace poco el hospital de Piñor, en Ourense, que tiene una visión psicoanalista y dentro de las instalaciones hay un taller para usar el arte como una manera de expresar el inconsciente y donde los profesionales tienen información sobre lo que le está pasando a la persona. Pero todavía son excepciones, hay mucho que hacer ahí.

—Hablemos de la mezcla de técnicas: hay acuarela, hay rotulador.. y hay bordado, que es otro homenaje a las mujeres de su familia.

—Surgió como una manera casual, era algo que yo empecé para evadirme un poco del cómic, que fue un proyecto muy largo, pero un punto sentí que tenía sentido con la narración. Igual que creo que el libro visibiliza el papel de los cuidados o esos problemas que pasan dentro del hogar y que parece que no se pueden expresar fuera, también siento que el tema textil siempre ha sido vinculado a las mujeres y en el mundo de las artes no es un material que se haya usado demasiado. Me parecía una manera de sacarlo de casa, de darle valor a ese conocimiento, porque no todos los conocimientos tienen que pasar por la Academia. Esa transmisión popular, intrafamiliar, es bonita y es conocimiento en sí mismo, tiene un valor. Por otro lado me parece poético. Para mí fue un proyecto catártico, también fue una manera casi de cerrar una herida. Ahí cobra sentido.

—Usa telas que tienen otras vidas anteriores. ¿Por qué?

—Por un lado que no me gusta nada la visión que tenemos de usar y tirar, porque somos el único animal que genera basura, todo en la naturaleza es cíclico. Darle posibilidades a los objetos o a los materiales es una manera de darles otra vida y otra visión de que hay una posibilidad en las personas de reinserción, de reciclarse, de curarse, de cobrar otras vidas, de cambiar.

—El bordado también tiene potencia para contar historias: se utilizó para denunciar las desapariciones en Chile.

—Con la dictadura de Pinochet empezó a haber mucha violencia en el país: secuestros, asesinatos y detenciones sobre todo de hombres. Muchas mujeres empezaron a verse solas y no había demasiados medios para por ejemplo ir a terapia. Se juntaban en las en las iglesias y como una manera de expresar su dolor hacían estas representaciones. Las telas era un material que había en casa, de ropa vieja, de deshacer un jersey y usar ese hilo para bordar... Se volvió una manera de compartir y una manera de denuncia, porque era algo que tampoco estaba saliendo en la prensa. Esas arpilleras incluso después salieron del país y fue una manera de que se supiera fuera lo que estaba pasando y también una fuente de ingresos. Es muy interesante como la costura, que ha sido un gesto en la mujer casi obligatorio y que parece una habilidad totalmente inofensiva, se vuelve subversiva y va en contra del sistema.

—Hay también color y blanco y negro, que delimitan perfectamente dos historias paralelas y entrecruzadas: la experiencia desde los ojos de Vera y la historia familiar de Adela, que las que la lleva al trastorno delirante.

—En la gráfica quería que hubiera un contraste entre la dureza de la historia y que fuera más naif, porque en parte se cuenta desde el punto de vista de la niña y quería que fuera visualmente amable y que represente la ingenuidad a pesar de la dureza de lo que estás viviendo, porque como niña tampoco lo puede juzgar porque no tiene con qué compararlo, básicamente. En estos episodios más duros me parecía que esa parte tan colorida no tenía razón de ser y se va perdiendo, pero fue algo que surgió en el proceso.

—Ahora está en otro proceso, que es el de trasladar El cuerpo de Cristo a un cortometraje de animación.

—Ya tengo la adaptación a guion, va a ser un corto de 10 minutos que hago la productora Abano, que es gallega con Uniko, que es vasca, y estamos ahora con los primeros estudios del arte. Es muy chulo cuando te llegan tus dibujos y se mueven y cobran vida. Es fenomenal y también es abrumador, porque es mucho trabajo, pero me siento muy afortunada porque es genial tener esta oportunidad y que el proyecto, vaya teniendo diferentes vidas y vaya evolucionando.