Alma, la muñeca que sació la obsesión de Oskar Kokoschka

H. J. P. REDACCIÓN / LA VOZ

CULTURA

La artista Hermine Moss trabajando en la confección de la muñeca Alma, en Múnich en 1919.
La artista Hermine Moss trabajando en la confección de la muñeca Alma, en Múnich en 1919. Oskar Kokoschka Zentrum

Andrea Camilleri noveló la enfermiza historia de desamor y celos del pintor con la compositora y viuda de Gustav Mahler. Cuando ella lo dejó trató de superar la ruptura encargando una reproducción de la mujer

16 nov 2023 . Actualizado a las 05:00 h.

Oskar Kokoschka (Pöchlarn, Austria, 1886-Montreux, Suiza, 1980) tenía apenas 25 años cuando conoció a Alma Mahler en casa del pintor Carl Moll, padrastro de la viuda de Gustav Mahler —había muerto el año anterior— y mentor del joven, quien cayó inmediata y rendidamente enamorado mientras escuchaba cómo ella le interpretaba al piano Muerte de amor, del drama musical de Wagner Tristán e Isolda. Casi 400 cartas, poemas ilustrados, obras de teatro; seis retratos, siete abanicos pintados y otros lienzos dan testimonio del apasionado e incendiado romance que ambos vivieron y, sobre todo, del deseo de posesión por parte del artista, como de sus ansias de control y su angustia por perderla. Alma Mahler, que era mayor que él y mucho más social, una mujer de mundo, no soportó la asfixia y llegó aborrecida a 1915. Kokoschka —que sentía unos horribles celos hasta del fallecido Mahler— no acepta vivir sin ella ni imaginarla en brazos de otro. La acosa. E incluso se alista como soldado en la Gran Guerra, donde está a punto de morir en el frente ruso. Ya restablecido, en 1918, conoce a la artista y diseñadora de vestuario Hermine Moss, a la que encarga que le fabrique una muñeca a imagen y semejanza de Alma Mahler —para entonces ya se había casado, primero con el arquitecto Walter Gropius y después con el escritor Franz Werfel—. Recuperará a su amada, piensa, incluso a pesar de ella. Así, enviará doce cartas a Moss pormenorizando con textos, bocetos y dibujos aspectos de la imagen, el cuerpo y la fisonomía de Alma, incluso detallando las formas de sus órganos sexuales. Cuando ella tiene noticia del fetiche, anota indignada en su diario: «¡Me tuvo por fin como había querido tenerme siempre: como un instrumento sin voluntad y maleable en sus manos!».

Esta enfermiza historia sedujo a Andrea Camilleri, que la recreó en su novela La criatura del deseo, que acaba de traer al castellano el sello Salamandra. El narrador italiano realizó una investigación previa que lo llevó a sostener la importancia del episodio de Dresde —en el proceso de superación de la pérdida de su amante— frente a estudiosos que restan relevancia patológica a la «gran comedia de la muñeca» e incluso hablan del valor performativo de este fetiche, que hundiría sus raíces en otras incursiones del artista en el terreno de los títeres, autómatas...

En una fiesta en casa del pintor —ya toda una exitosa celebridad— en que presentó a Alma en sociedad, el desmadre fue tal que unos invitados trataron de forzar sexualmente a la muñeca. Tras echarlos de la habitación, entre el desenfreno alcohólico y la humillación, Kokoschka decapitó a Alma. Incluso lo visitó la policía, alertada por un transeúnte que creyó ver a una mujer desnuda y ensangrentada yaciendo en el jardín. Eran manchas de vino.