La novela de Sara Mesa no salva los muebles a Isabel Coixet en «Un amor»

Jose Luis Losa SAN SEBASTIÁN / E. LA VOZ

CULTURA

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«Puan» se revela como la gran comedia argentina que describe el colapso del país

27 sep 2023 . Actualizado a las 14:22 h.

Llegué a este festival la pasada semana sin haber leído nada de Sara Mesa. Luego me encontré con que casi todos mis colegas conocían la novela Un amor y habían buceado en sus páginas. En esa situación, me sentí ágrafo. Y como con una mano atada a la espalda a la hora de acercarme a la película de Coixet. Así que me hice con un ejemplar y me puse a la par. Me parece un texto sugestivo, sobrevalorado pero nunca exento de buenas hechuras. De hecho, durante una parte del metraje de su adaptación al cine, la fuerza inherente a las situaciones del libro de Mesa es capaz de plantar un duelo de gigantes: una novela no menor confrontada al elefantiásico ego de perdición de Isabel Coixet. Ya anunció que -como siempre- gana el segundo. Esto es, hay en esta directora tan pagada de sí misma una naturaleza que es como la del escorpión. Sara Mesa le ofrecía la posibilidad de vadear juntas el río, de salir por una vez la cineasta y ex publicista de una de sus desventuras fílmicas sin rebozarse en el ridículo.

Mesa -su texto- lucha en silencio por salvar los muebles a Coixet. Y, de hecho, en la exposición de la historia en la pantalla y en la toma de contacto con esa mujer que tan bien interpreta Laia Costa, Un amor se siente respirable. Te interesa en ese primer tramo de la película esa situación de la mujer en busca de un refugio. Te inquieta cómo el medio rural está muy lejos de ser la Arcadia. Y sientes esa atmósfera de amenazas latentes, de micropeligros o macromachismos que sí están en la novela y cercan a la protagonista. El problema es que muy pronto ese monstruo narcisista que Coixet lleva dentro se va despertando. Notas cómo en la adaptación fílmica se pasa de la creación de un clima de hostilidad etérea a una violencia más explícita, casi un Perros de paja riojano. O percibes cómo lo que en el texto de Sara Mesa constreñía esa relación de deseo heterodoxo entre Laia Costa y ese outsider hombre montaña peludo (al que pone cuerpo y masa pero escasa presencia el libanés Hovik Keuchkerian) a través de un único encuentro sexual, Coixet decide triplicarlo para inflamar la función y abocarte a una secuencia de coito en la cocina, con las manos en la masa, que tal vez la directora sueña con que se acerque al clímax de Jessica Lange y Jack Nicholson en El cartero siempre llama dos veces. Pero lo que le sale es un muy grimoso enjuague de yema de huevo. Como una parodia en clave de videoclip rural de aquellas ya de por si olvidables Nueve semanas y media.

Sucede que, secuencia a secuencia, Isabel Coixet va integrando en la narración adiposidades de su cosecha. Y estas, como gota malaya, hacen que progresivamente la historia vaya dejando de respirar de manera orgánica hasta convertirse en artificio o desvarío. Como ese personaje de la anciana con demencia que espeta a Laia Costa una sentencia memorable: «En este mundo, cada vez hay más monjas que fuman y más putas que rezan». Y la sala estalla en una carcajada coral ante esta ocurrencia de la directora catalana. Pobre Sara Mesa. O la invocación a gritos del amante pasajero al genocidio armenio que sufrieron sus antepasados, en lo que era una nimia discusión de pareja después de tener sexo.

No voy a relatar el nivel de delirio de la secuencia final, una explosión cósmica de coixetismo coreográfico de por sí inenarrable. Si usted ha disfrutado con la novela de Sara Mesa, quédese con ese buen recuerdo. Si no la ha leído, razón de más para que las ideaciones sobre el deseo de Coixet no le enturbien su tiempo. Dicho esto, hay que convenir que Un amor no supera hitos de la maldad como aquel menage a trois de un pulpo y dos señoras en Elisa y Marcela. O el racismo supino e inadmisible de convertir a la estrella japonesa Rinko Kikuchi en esquimal desdentada al servicio de Juliette Binoche en Nadie quiere la noche. En esa comparación sofista, hay quien sale diciendo que Un amor está muy bien. Centrando la situación, se trata de una película pésima. Pero en la liga de la filmografía de Isabel Coixet estaría en la zona de Copa de Ferias o de la Intertoto.

Puan, una excelente comedia argentina

De la competición surgió una comedia brillante y acerada, Puan, firmada por dos autores ya conocidos y premiados en este festival: Benjamín Naishtat, que se llevó la Concha de Plata en 2019 por el formidable film noir Rojo, y María Alché, ganadora de la sección Horizontes Latinos en 2018 con Familia sumergida. En Puan parten de lo que parece que va a ser superficial farsa sustentada en gags de diverso pelaje -algunos de trazo grueso- sobre el fracaso existencial de un profesor de filosofía. Pero a medida que el filme avanza, va progresando en sus ambiciones y en su finísimo ajuste de la radiografía del caos social en que se halla sumida Argentina. Surgen, además del protagonista, Marcelo Subiotto -perdedor profesional, filósofo ninguneado, bufón ocasional- personajes del agudo perfil del esnob triunfador en Europa, encarnado por Leonardo Sbaraglia. Y en ese contrapunto entre ambos (la secuencia en que el segundo eclipsa la interpretación del tango de Subiotto con la interpretación de Las hojas muertas al piano y en francés es una cima de comicidad) va fermentando un discurso poderoso que termina por asomarnos a la quiebra literal de las instituciones en Argentina. Y por llevarnos con ese filósofo apaleado hacia un giro final de guion que es pura alquimia, con Niebla del riachuelo por fin entonada como una elegía en las alturas andinas, lejos del mundanal ruido bonaerense. Y de la grieta.