Damien Chazelle, director de «Babylon»: «Mi gran sueño siempre es conseguir una película eterna»

maria estévez LOS ÁNGELES / COLPISA

CULTURA

Damien Chazelle
Damien Chazelle ETTORE FERRARI

El director de «La La Land» regresa con una visión muy oscura del exigente Holywood del cine mudo y sus muchas víctimas

22 ene 2023 . Actualizado a las 05:00 h.

Damien Chazelle (Providence, Rhode Island, 37 años) sabía que con Babylon quería rodar algo diferente a sus películas anteriores. Pero continúa con sus cartas de amor a la industria del cine. Si en La La Land escribió una oda a los musicales, en Babylon honra al cine mudo. La premisa es que Hollywood, «el lugar más mágico del mundo», es también un caldero de iniquidad, vulgaridad y vicio. Los Ángeles es el Lejano Oeste, una ciudad sin ley poblada por almas plenas de sueños junto a gánsteres, estafadores, imbéciles y locos. Los astros de cine que interpretan un Brad Pitt impecable y una Margot Robbie salvajemente vampírica, son seres mimados y manipulables tratados como objetos de lujo. ‘Babylon’ es todo un espectáculo, y el sueño cumplido de su director.

—¿Por qué una película sobre la transición del cine mudo al sonoro?

—Ese momento de la historia del cine me interesa. Creía que fue una transición sencilla, que no causó muchos daños. Pero investigué y descubrí cuántas vidas fueron destruidas por esta evolución. Me sorprendió el número de suicidios y sobredosis mortales de drogas que se produjeron en Hollywood. Un daño humano muy crudo. Cuando entendí aquella debacle me interesé sobre aquel período de la industria. Quise contar la historia oscura de los trabajadores de Hollywood tragados por el impulso del futuro. Es un momento crucial en una sociedad que cambia y progresa rápidamente.

—Traza un paralelo con la industria hoy. ¿No aprendemos?

—La película enseña lo mejor y lo peor del ser humano. Muchas veces contamos a los niños historias irreales. Les decimos que sí persiguen sus sueños un día los llevarán a cabo. En mi opinión eso no es cierto. La vida no es un cuento de hadas. Se nos olvida el precio que pagamos por esos sueños, por dejar de lado cosas que también son importantes. Esa es la parte oscura de mi película.

—¿Qué tipo de narración le interesa?

—Siempre gravito hacia historias que, en la superficie, parecen éxitos de los protagonistas: alguien que hace realidad sus sueños y se convierte en director, en músico reconocido o aterriza en la Luna. Pero mis películas siempre hablan del coste de ese triunfo, del alto precio del éxito, del sufrimiento, de lo que sacrificas para lograr tu meta. Quiero que la audiencia se haga preguntas.

—¿La experiencia del cine puede convertirse en algo del pasado?

—Mi deseo es rodar películas que soporten el paso del tiempo. Que la gente disfrute mi trabajo como una narración importante hoy, el año que viene y dentro de diez años. Esa siempre es mi esperanza, aunque nunca sabes si vas a triunfar en ese frente. Mi gran sueño es siempre conseguir rodar una película eterna.

—A Brad Pitt le ofrecen todos los guiones de Hollywood. ¿Cómo logró que hiciera «Babylon»?

—Fue de los primeros en leer el guion. Yo rodaba en París el piloto de una serie y él estaba en Los Ángeles, donde nos vimos un mes después. Me parecía perfecto para el personaje, porque pensaba que le gustaba ir a fiestas, que era un maestro de ceremonias con una imagen glamurosa. Me di cuenta de lo equivocado que estaba al conocerlo. No es como el personaje, y lo aproveché para su papel. Me sorprendió cómo lo entendió: hablamos de Jack Nicholson en los años 70, del ambiente del Hollywood que ridiculiza a la sociedad. La vulnerabilidad del personaje se basa que no cree que vaya a ser víctima de sí mismo, de su posición en la industria. Se siente por encima de todo, capaz de poner distancia con lo que sucede. Todo salta en pedazos y descubres la vulnerabilidad real, la inseguridad que asoma en todos los que trabajamos en esta industria.

«Ha sido el rodaje más duro de mi carrera»

 

 

Babylon empieza con una gran fiestas que termina en tragedia. «Las fiestas eran la forma de justificar la unión de los personajes. Cuando empecé a pensarlo, decidí rodar secuencias de fiestas que se convirtieron en un retrato social. Con ella echo un vistazo al orden jerárquico de Hollywood. Se aceptaban cosas que ahora no se aceptan».

—Conmueve la tragedia de Hollywood, la caída de «Babylon».

—La época del cine mudo fue gloriosa para la industria. Al final se estaban rodando grandes películas y esa es la trágica ironía: los mejores años fueron los últimos. Diré más, las mejores películas mudas se hicieron tras la llegada del sonido, y nadie las vio. Entre 1927 y 1929 hay títulos como Amanecer, de Murnau o La pasión de Juana de Arco, de Dreyer. Acaso los cineastas sabían que era el último suspiro de una forma de arte, de hacer cine. Hubo mucho debate. La industria se preguntaba si el sonido había llegado para quedarse o si era una moda pasajera, pero hubo un sentimiento arrebatador por mantener las películas mudas. Es difícil encontrar un momento similar en la historia del cine.

—¿Lo más difícil en «Babylon»?

—Gestarla y rodarla fue un proceso largo y arduo. El rodaje ha sido, por un lado, el más difícil de mi carrera, pero, por otro, el más estimulante. Se suponía que filmaríamos en el verano de 2020 y empezamos a prepararnos en marzo de 2020, pero en cuanto entré en las oficinas de producción, todo estaba cerrado por la pandemia. Fue uno de esos momentos en los que te quedas chafado. Tuvimos luego un momento de evaluación de los daños. Hubo semanas en las que pensé que no podríamos levantar la película. Pasaba el tiempo haciendo castings, trabajando por zoom con los actores, reescribiendo el guion... cosas que habría debido hacer en la vorágine de la preparación. Hubo cambios de elenco que obstaculizaron la película. Pero por un golpe de suerte, se abrieron nuevas posibilidades.

Los estrenos del fin de semana: «Babylon», «Decision to Leave» y «Evangelion: 3.0+1.01 Thrice Upon a Time»

La Voz

El mejor mercado de esclavos

Eduardo Galán Blanco

Un mexicano, que se hace pasar por español, lleva un elefante —el de la Babilonia de Griffith, el de El guateque— a una fiesta de Hollywood. En el trayecto, el paquidermo defeca toda la mierda que oculta la tierra de promisión. Estamos en 1926 y en esa orgía multitudinaria —casi felliniana o, más bien, estilo La gran belleza—, durante treinta minutos antes de que el título aparezca en la pantalla, se van a encontrar nuestros protagonistas: el latino aspirante a productor, la starlette que quiere ser estrella, el actor del cine mudo en decadencia, la chica para todo asiática que aspira a cantar, el músico negro en un mundo embetunado. «Hollywood es el mejor mercado de esclavos del mundo».

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