Baldur Brönnimann: «El acto de sentarse y escuchar es algo necesario hoy en día»

Tamara Montero
Tamara Montero SANTIAGO / LA VOZ

CULTURA

PACO RODRÍGUEZ

El próximo año tomará la batuta como cuarto director titular de la Real Filharmonía de Galicia. Lo hará para conectar con la sociedad: «Con la música clásica tienes que romper una barrera extra»

30 nov 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

«La dirección en la que quieren ir es lo que a mí me importa en la música». Baldur Brönnimann (Basilea, 1968) cogerá el enero la batuta de la Real Filharmonía de Galicia. Será el cuarto director titular de la formación, que encara esta nueva etapa con los objetivos de  implicación social, la excelencia artística y la renovación del repertorio, así como del compromiso formativo.

—Uno de los pilares de ese proyecto es la dimensión social de la música y su papel transformador. 

—Nací en una familia bastante humilde, que no tenía mucho acceso a la música. Yo vi en primera persona el poder transformador que tiene la música. En toda mi vida profesional no he olvidado lo que significó cuando era niño. Mi primer trabajo como director titular fue en Colombia y me preguntaban por qué me iba allí. ¿Por qué? Porque allá hace falta música. Puedes construir cosas que van más allá de dar otro concierto. Era un proyecto muy bonito. Fuimos a muchos sitios en los que nunca se habían escuchado orquestas.

Eso siempre ha estado conmigo, pero si te metes en ciertos estratos de la música es muy fácil olvidarte de cómo nos ven los de fuera, porque siempre estás en tu burbuja con gente que te sigue o te conoce. Lo que a mí me importa es que a lo mejor en algún momento hay algún chiquito en un concierto y le motiva a hacer música. Eso es lo que me motiva y por eso me parece muy interesante el proyecto de la Real Filharmonía de Galicia.

—Durante la presentación hacía referencia al proyecto educativo y de cómo tiene que ir más allá de la imagen que tenemos de la educación, que siempre nos lleva a la infancia y la adolescencia. 

—A veces educación no es la mejor palabra. Más que educar es darle acceso a la gente. Si vas a un restaurante y conoces al cocinero y te viene a explicar lo que estás comiendo, tienes otra relación con lo que tienes en el plato. Creo que dar acceso es dar herramientas al público para relacionarse con lo que tienen delante. Antes estaba mirando al museo, en el que te abren la puerta y te dan una pequeña idea de por qué esto importa y por qué también te implica a ti. Educación es eso. Tenemos que tener la puerta abierta y dar herramientas a la gente para acercarse a los que hacemos. Creemos en nuestro repertorio y en nuestra expresión. Hay que implicar a la gente, eso es educación. 

—¿Cree que hay una fractura entre sociedad y música clásica, que no conectan?

—He hecho dos conciertos y veo a la gente que viene a la sala y a la ciudad. Si hablo con la camarera del café y le pregunto qué tal la Real Filharmonía, me dirá ¿qué es eso? Eso no significa que no se haya hecho nada, pero no es suficiente solo con tocar nuestras obras. Hay que hacer más. La música clásica es un arte que lleva el adjetivo clásico. Tienes que romper una barrera extra, pero es que a través de los años ha habido todo tipo de barreras: sociales, económicas, a veces de nacionalidad...La gente a veces sentía «esto no es para mí». Ahí hay que entrar. Que sepan que esto es para todos. No todo el mundo se va a interesar, pero es para todos.

—Decir música clásica es decir Chopin, Mozart, Beethoven.. Y no se piensa en la creación actual. En que la música clásica es contemporánea.

—Todas las obras eran contemporáneas en su momento y además, los que pasaron a formar el cano de la música muchas veces eran los más complicados y los menos asequibles. Hoy la gente tiene el concepto de música clásica y contemporánea como dos cosas distintas. Lo clásico es como más antiguo y lo contemporáneo son los últimos 60 años. La creación actual es muy importante para restablecer este vínculo con el repertorio clásico. La gente a veces tiene miedo porque no ha pasado todavía por el filtro histórico, tiene miedo de no entender, de que suena feo... Pero esa relación directa con una obra, cuando entras y no sabes cómo va a sonar, es muy importante. Y también poder opinar y decir esto me gustó, o esto no. O qué raro. Todas esas sensaciones quieres que vuelvan a una sala de conciertos, porque en el momento que se tocó una sinfonía de Beethoven por primera vez era así. La gente no sabía cómo era. Y esta sorpresa o esa relación directa yo creo que eso se restablece a través de la música nueva.

—Otra fractura, la de la música clásica con otros géneros. Venía pensando en cómo entrevistar al nuevo director de la RFG si a mí lo que me gusta es el indie. En si pueden ser las orquestas estrellas de rock.

—Tengo muchos amigos que me dicen si no fuera por ti yo no iría nunca a un concierto [sonríe]. Hay que pensárselo, porque en Escandinavia o Alemania hay un intento más claro de romper el esquema de cómo se toca música clásica. Yo, por ejemplo, he tocado en festivales en los que se se mezclan los estilos: electrónica, luego algo clásico, luego algo indie... y también en sitios en los que normalmente, como fábricas o el año pasado en un aeropuerto.

[Piensa] Hablas de Chopin. Cuando tú piensas en Chopin no piensas solo en la obra en sí, también piensas en la realidad de un concierto. A veces yo siento en la gente que la música sí que les llega, y también los artistas, pero lo que no les llega es del marco de un concierto. A lo mejor te parece que todo el mundo sabe y tú no, que tienes un libro de programa que es muy complicado para leer, no conoces a nadie, es como medio institucional...

—Es muy serio, te sientas en tu butaca...

—Exacto, o no te sientes bienvenida si te comportas mal, si aplaudes en el momento que no es todo el mundo te mira... Todas esas cosas entran en cómo se percibe la música clásica. Las obras muchas veces eran rompedoras de su momento, pero claro, el marco de presentar la música se ha quedado en el siglo XIX. Ahí también hay muchas cosas que pensar. El repertorio que tenemos es muy potente, muy importante y tiene mucho interés si está hecho bien, pero todo el marco también hay que pensárselo mucho.

—¿Cómo se puede romper el marco entonces?

—Con la pandemia empezamos a hacer conciertos sin descansos porque la gente no se podía mezclar. Creo que para la gente para la que la música es nueva es mejor que no sean largos, como 50 minutos sin descanso y una pequeña charla para presentar a un solista o hablar un poco de la obra. También los tiempos y el factor social. He hecho conciertos en los que la gente estaba tumbada en colchones, en los que podías entrar con una cerveza... Hay un montón de cosas que se podrían hacer y hay que estar abierto a todo esto, porque si no llegas a cierta gente es porque algo falla, y muchas veces la música no es, es otra cosa. 

Hablabas ahora de música indie, y eso me recuerda a que en todos los tipos de música hay gente que busca más allá, que no solo escucha lo más comercial. Esa es la gente que está un poco más abierta a la música clásica, porque no es fácil muchas veces, pero sí tiene interés, muchas investigación sonora... Ahí hay todo un público con el que podemos conectar pero todavía no hemos conectado.

—La RFG ha tocado fuera de la sala de conciertos. ¿Es una buena idea ir a buscar nuevos espectadores en lugares en los que uno no espera encontrarse una orquesta, como la calle o un bar?

—Hay que pensar bien cómo se hace, porque la música que tocamos está hecha para escuchar detalles y por eso necesita una acústica, pero es que tampoco podemos hacer solo una cosa. Hay obras que puedes tocar en un bar. Lo bonito de tocar en un bar o en un sitio un poco más pequeño es que estás cerca de la música. Soy director, y siempre estoy enfrente, pero a veces cuando voy a conciertos y estoy sentado en la fila 35 pierde un montón, porque si ves a los músicos tocando de cerca te llegan otra manera. Se pierde el sonido y el contacto directo con los músicos. Para mí es un arte que hay que ver de cerca, no funciona bien en un estadio porque no ves a la gente tocando y no te llega. Pero un bar es un buen sitio, sí.

—Un bar grande.

—[Risas] Sí, grande.Tú escribes en un periódico y en eso son un poco como nosotros, en el sentido de que quién se lee un artículo como este, que lleva diez minutos leerlo y a lo mejor implica también pensar un poco, reflexionar. Eso es la música clásica. Y no es que sea complicado, es que intentamos profundizar más. Esto, en sí, no tiene nada de complicado. Es creer en lo que haces y hacerlo asequible.

Hoy en día hay poca gente que lee periódicos y es una lástima. Ayer, en el tren, tenía tiempo para leer y es genial. Es exactamente lo mismo que cuando escuchas una sinfonía de media hora, estás sentado y no haces nada más que escuchar. Hay gente que dice qué aburrido. Y en realidad eso es lo radical. Siempre estoy en ciudades y siempre hay ruido. Y en una sala de conciertos entras, bajan las luces y no haces más que escuchar. Esto, en sí, me parece un acto muy bonito y hay que decirlo claramente: esto no tiene nada de raro y de difícil, es un acto democrático.

—A veces lo complicado es tener tiempo. Quince minutos para concentrarse en leer esta entrevista, o 30 para escuchar una sinfonía.

—Es verdad. A veces también pienso en que a lo mejor por eso el público es un poco mayor, porque tiene más tiempo. Pero de todas formas, el acto en sí de sentarse y escuchar es algo que hoy en día es necesario. No digo que sea más importante que antes, pero sí es importante, porque hay un flujo tremendo de información y hay muy poca interpretación. Un compositor, en una obra de media hora hace un discurso distinto que en un minuto y medio. Ciertas cosas llevan tiempo, y por ejemplo una ópera de Wagner dura cinco horas. Y hay que exponerse a ese tipo de tiempos, porque es lo que te permite entrar en algo más profundamente.

—Otro de los grandes valores que tiene para usted la RFG es que tiene una escuela. ¿Qué proyectos baraja?

—Tengo ideas, pero tengo que conocerlos primero, tengo que hablar con el director, tengo que ver qué tipo de estudiantes hay y lo que me dicen también los estudiantes. De todas formas, voy a intentar darle un poco más de protagonismo porque es el futuro y yo creo que aquí se pueden hacer muchas cosas. Muchas veces las orquestas no tienen eso, yo creo que es un activo importante.

—Volviendo a eso de que la música clásica es democrática y ya que estamos en el Museo do Pobo Galego, desde hace años el arte intenta acceder a nuevos públicos, abrirse a la gente. ¿Es un camino que todavía tiene que hacer la música?

—Estoy convencido de que hay que recorrer mucho camino. Los museos tienen un problema en ese sentido. Por ejemplo, el Prado tiene los cuadros que tiene y siempre tiene que estar inventando una historia para que la gente vaya a ver el mismo cuadro de Goya otra vez, pero eso también ha generado todo tipo de investigación, una disciplina como la museología, gente que piensa en por qué esto importante o cómo se construye una narrativa con la sociedad. Esto en música clásica hace falta. A veces en ciertas orquestas dicen, bueno, pues tocamos esta sinfonía de Brahms. ¿Por qué? Porque no la tocamos desde hace tres años. Y digo ¿es la única razón? [Sonríe]. Tenemos una tarea mucho más allá de decir que esto es importante y la gente lo tiene que ver, o que es nuestro patrimonio. No es suficiente. Y por eso la música clásica tiene mucho margen para conectarse.

—¿Y debería ser a través de la investigación?

—Sí, pero más que investigación musical es de cómo se relaciona la música con la sociedad. Musicología hay. Pero luego nos preguntamos por qué no viene este u otro grupo de gente, y no sabemos. Hay mucha investigación sobre como llegar a la sociedad. En eso estamos, y lo bonito es que como no se hace, hay mucho campo abierto. [Sonríe].

La Real Filharmonía abre curso en Santiago: 29 conciertos y dos estrenos en la despedida de Paul Daniel

La Voz

Tras participar en el festival Maré, ofrecer el concierto del proyecto de investigación Sensoxenoma para estudiar la respuesta del genoma ante el estímulo musical y tres conciertos por los barrios, la Real Filharmonía de Galicia inicia esta noche (20.30 horas, Auditorio de Galicia, 18 euros) la temporada de abono bajo el lema «Escoitar o mundo». Serán 29 conciertos hasta finales de mayo en el Auditorio de Galicia, incluyendo dos estrenos absolutos, uno a nivel europeo y tres en España. Un curso que está marcado por el adiós de Paul Daniel, puesto que se trata de la última programación diseñada por el maestro británico tras anunciar su despedida tras una década para finales de este año.

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