Adiós a Javier Marías, considerado el mejor escritor español de las últimas décadas

Sandra Faginas Souto
sandra faginas REDACCIÓN / LA VOZ

CULTURA

Javier Marías en la biblioteca de su casa de Madrid, donde escribía a máquina sus obras.
Javier Marías en la biblioteca de su casa de Madrid, donde escribía a máquina sus obras. J. P. GANDUL | EFE

El novelista falleció a los 70 años a causa de una neumonía bilateral

15 sep 2022 . Actualizado a las 23:57 h.

 «Al escribir soy inseguro, siempre pienso que lo que estoy escribiendo es una mamarrachada que no le va a interesar a nadie», confesó en una entrevista Javier Marías. Nada más inimaginable para un escritor que durante cinco décadas ha publicado y destacado hasta convertirse en el mejor autor de nuestro tiempo. Por eso ahora, tras saberse la noticia de su fallecimiento, a los 70 años, a causa de una neumonía bilateral debida al covid, la literatura española está, como ha dicho su colega Rosa Montero, «noqueada».

Javier Marías Franco (Madrid, 1951) ha sido uno de los novelistas europeos más renovadores y desde que publicó su primera obra en 1971, Los dominios del lobo, rompió los esquemas por su cosmopolitismo y su vastísima cultura. Hijo de la profesora de Literatura Dolores Franco y del filósofo Julián Marías, un republicano católico que fue expulsado de la universidad en el franquismo y se exilió en Estados Unidos, Javier tenía marcado en los genes su destino y pronto se distinguió por su superioridad intelectual. Licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad Complutense de Madrid, Marías se especializó en filología inglesa, y ejerció la docencia como profesor de Literatura Española en la Universidad de Oxford (el Reino Unido) y en el Wellesley College (Estados Unidos); y como profesor de Teoría de la Traducción en el Instituto de Lenguas Modernas y Traductores de la Universidad Complutense.

Tradujo a importantes autores anglosajones como Thomas Hardy, Joseph Conrad, Laurence Sterne, Yeats, Robert L. Stevenson y Thomas Browne. Y esa herencia lo colocó en otro nivel. «Sé que tengo fama de altivo y arrogante, pero yo no considero que lo sea. Impertinente siempre he sido un poco», se reía de sí mismo en las entrevistas, en las que siempre dejaba caer su admiración por su maestro, Juan Benet. «Volverás a región me causó una profunda impresión —reveló Marías—. La literatura española se había estancado en un realismo social bienintencionado, pero literariamente pobre. Benet demostró que se podía adoptar un tono más elevado. Su prosa era arriesgada y valiente. Aprendí muchas cosas de él, incluidas cuestiones técnicas». «También fue un maestro en la vida personal. Benet solo era antipático con quien pensaba que lo merecía. Yo actúo igual. No soy un manso», destacó. Se metía en todos los charcos

Apasionado de Tintín, del cine negro, de los soldados de plomo, Javier Marías se alentaba en la polémica y se metía en todos los charcos. Eterno candidato al premio Nobel, rechazó el Nacional de Narrativa en el 2012, cuando acababa de publicar Los enamoramientos (2011), porque prefería pertenecer al selecto club de los no premiados entre los que estaban sus admirados Juan Benet, Gil de Biedma, y su propio padre, Julián Marías, que jamás recibió el Nacional de Ensayo. Una injusticia imperdonable para él.

En medio siglo, escribió 16 novelas, muchas de ellas galardonadas, como Corazón tan blanco (1992), premio de la Crítica, que el escritor volvió a recibir con orgullo en una segunda ocasión, 26 años después, con la novela Berta Isla (2017). También la obra El hombre sentimental se hizo con el premio Herralde en el 2000 y su novela Todas las almas se llevó el Ciudad de Barcelona y fue finalista del Médicis. Antes había publicado Mañana en la batalla piensa en mí, otro de sus grandes éxitos.

Autor de ensayos, cuentos, columnista y académico de la RAE desde el 2008, Javier Marías reclamaba más imaginación y fabulación en las novelas actuales, que consideraba simplistas, y se identificaba con el placer de escribir, pero también de entretener: «En lo que a mí respecta, lo que en mi extrema juventud empezó siendo diversión, continúa siéndolo. Si no me divirtiera (a ratos) escribiendo, dejaría de hacerlo», contó en otra ocasión.

Madrileño del barrio de Chamberí, Marías se casó en el 2018 con la editora catalana Carme López Mercader, su pareja en los últimos tiempos. «No me preocupa si Cataluña se independiza —expresó—, yo no soy nada patriota español, pero me preocupa la independencia hecha por estos individuos».

En su última novela, Tomás Nevinson, la más larga de sus obras, Marías recuperó al protagonista de su aclamada Berta Isla para adentrarse en el mundo de los espías, que para él era semejante al de los novelistas, por cuanto su oficio tiene de desentrañar la historia, a los demás y esa tristeza escondida que todos llevamos dentro. «La vida se compone de lo que se nos oculta y ocultamos», expresaba. «La próxima novela la llevo... En ningún sitio. Escribí unas líneas un día y ahí están», contó en una entrevista a El País el pasado mes de mayo, en la que negó toda ínfula de posteridad. «Hoy cuando alguien muere, deja de ser leído», dijo sin saber el valor de sus palabras ahora. No tenía razón, a Javier Marías lo leeremos siempre.

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Según Javier Marías «vivimos en una época de famosos imbéciles» y «si Goebbels hubiera tenido YouTube el mundo sería nazi». No hace falta profundizar demasiado en sus escritos —sobre todo en los artículos periodísticos— para advertir el desencanto, por no decir desdén, con unos tiempos «regresivos» en los que ni se lee ni se entiende lo que se lee y en los que «algo no va bien si la gente tiene miedo a opinar».

Esa imagen de sempiterno gruñón, que tampoco da la impresión de que le preocupase demasiado, habida cuenta de que daba por sentado que muchas críticas le llovían sin siquiera escuchar sus argumentos, alcanzaron su cénit con la emergencia del Me Too. Declarado «feminista de siempre» no dudó en calificar el movimiento como una «barra libre» para mujeres «envidiosas, despechadas, malvadas o misándricas». Activistas sociales a las que miraba con tanta condescendencia como a «esos presentadores de televisión que por saber leer y escribir creen que pueden componer una novela».

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