«The Innocents», de Eskil Vogt, se replantea quién puede matar a un niño

josé luis losa SITGES / E. LA VOZ

CULTURA

El guionista y director noruego Eskil Vogt.
El guionista y director noruego Eskil Vogt. Susanna Saez | Efe

También hay infancia de naturaleza malvada en la norteamericana «Antlers», licantropía Disney producida por Guillermo del Toro

14 oct 2021 . Actualizado a las 08:58 h.

La posibilidad de que la teoría de Rousseau de la bondad natural del hombre sea solo quimera y de que el ser humano, desde niño, pueda albergar algo así como una semilla de vileza ha sido fuente de inspiraciones literarias tan desasosegantes como las de Henry James o William Golding. En el cine, ambos fueron adaptados por Jack Clayton y Peter Brook, respectivamente. En España, Chicho Ibáñez Serrador ideó una macabrísima película sobre ello titulada, con el toque sardónico de su autor, ¿Quién puede matar a un niño? Y Sam Peckinpah dedicó a ello la secuencia prólogo de una de sus obras maestras, Grupo salvaje, en la que un grupo de chavales se entrega a ver cómo la marabunta devora a los escorpiones.

No sé si el noruego Eskil Vogt conocía el filme de Chicho. Aunque así hubiese sido, seguramente dirá que no, para que su película, The Innocents, no pague derechos artísticos de autoría de entre su acopio de merecidos elogios desde que se exhibió en Cannes. Del filme de Vogt se podría decir con justa sorna que es un perfecto remix de ¿Quién puede matar a un niño? y de los genuinos Innocents, los de la novela homónima de Henry James. De la primera toma la capacidad de un crío para asesinar sin el menor conflicto moral. Y de la segunda la cualidad de que esa potencialidad mortífera se vea enriquecida por toda suerte de poderes extransensoriales, de apropiación de mentes o voluntades ajenas, o de capacidad telequinésica.

Pero siendo todo ello cierto, a Eskil Vogt le sale un artefacto para generar horror de poder propio innegable. En ese suburbio de Oslo donde son mayoría de sus habitantes los de pieles oscuras y a donde llegan como nuevos residentes una mujer y sus dos hijas, todas muy arias, la sensación del mal rollo del azufre inyectado en celuloide, llega ya con los créditos. Y asistes a esa imparable escalada de actos despiadados producidos por unos locos bajitos nasíos pa matá. Lo que te genera pavor es el bárbaro dispositivo de ese crescendo. La ausencia de móviles o de explicaciones psiquiátricas, la sutil lucha de clases invertida. Nunca pensé que saldría de una sala deseando que los críos canten canciones de Parchís.