«La sala de cristal», los niños de la guerra

Miguel Anxo Fernández

CULTURA

Fotograma del filme «La sala de cristal».
Fotograma del filme «La sala de cristal».

El debutante Christian Lerch, también coguionista, puede que vaya pasado de azúcar en su relato sobre el nazismo, pero tampoco es una de guerra, es una película de paz y de esperanza

12 sep 2021 . Actualizado a las 10:29 h.

Los adultos tienden a sobreproteger a los niños como si fueran jarrones chinos, sin pararse a entender cuanto ocurre a su alrededor. O suponen que, como son críos, carecen de emociones, pobriños, total para qué... La sala de cristal va sobre eso, pero en un marco tan traumático como el de una guerra, más todavía en la Segunda Guerra Mundial, por devastadora, en aquella Europa que se suponía cuna de la civilización y que ya venía del terrible error de la primera…

El debutante Christian Lerch, también coguionista, tomó recuerdos propios y de otros parientes para urdir una trama en la que, junto con los esperables apuntes costumbristas -vinculados sobre todo al mundo adulto-, asoman unos críos agobiados ante la inminente derrota de Alemania pese al silencio cobarde de la gente y el intento del cacique nazi por mantener viva la llama de la victoria en un pequeño pueblo alemán. Un tipo lindante con la caricatura, pero real como la vida misma, pues basta con remontarse a la posguerra española y recordar en nuestras aldeas a personajes chulescos, con su camisa azul, su correaje y su pistola, alardeando de vencedores.

No es película para relucir valores cinematográficos más allá de su corrección formal, e incluso su desarrollo previsible -la guerra toca a su fin y al Führer le quedan un puñado de amaneceres-, sino que es en el protagonista infantil y en su antagonista -ambos un acierto de casting- en donde vemos las dos caras de la moneda. Uno, hijo de un desertor que hace tiempo se sabe protagonista de una farsa; otro, con un padre fanático que ve en Hitler al nuevo mesías y se resiste a asumir las preocupantes señales de derrota que surgen a su alrededor. Los críos reinterpretan el universo a su manera, incluso juegan a la guerra, son maleables, pero al tiempo intentan construir un mundo a su medida, mejor que el real, con sus tensiones, sus sobresaltos y los burdos intentos de venderles una realidad paralela. Saben lo que hay y al final quizá sean ellos los que aporten cordura y racionalidad. Puede que vaya pasada de azúcar, pero tampoco es una de guerra, es una película de paz y de esperanza.