De Faramontaos al delta del Misisipi

Editan en castellano las crónicas y entrevistas del etnomusicólogo Alan Lomax

Alan Lomax
Alan Lomax

Redacción / La Voz

«Sin Lomax es muy probable que no se hubiera producido la explosión de blues ni, por ende, el nacimiento del rhythm & blues, ni los Beatles, ni los Stones, ni la Velvet Underground». Quien con esta contundencia habla es el compositor y productor británico Brian Eno, una mente autorizadísima. Y es que -más allá de la exageración pedagógica- habría que darle la razón.

Coincide además que el etnomusicólogo, productor de discos y locutor de radio estadounidense Alan Lomax (Austin, 1915-Safety Harbor, 2002) no precisa de excesiva presentación en Galicia, cuyo territorio recorrió en los últimos días de noviembre y los primeros de diciembre de 1952. Fisterra, Corcubión, Pontevedra, Soutoxuste, O Hío, Ribadavia, Ferrol, Sobrado do Bispo, Faramontaos, Solbeira, Luíntra, Ourense, Paredes, Santiago, Lugo, O Canizo... De este feliz y tortuoso periplo queda para la historia de la fusión del jazz el toque de chiflo del capador de Faramontaos (Nogueira de Ramuín) José María Rodríguez, cuya grabación sirvió después de inspiración al trompetista Miles Davis -con la ayuda de Gil Evans- para componer su pieza The Pan Piper, uno de los cortes incluidos en el álbum Sketches of Spain (1960).

Pero la aportación mayor de Lomax, que heredó la vocación de su padre -el folklorista pionero John A. Lomax, con el que registró canciones de los trabajadores de las plantaciones agrícolas sureñas y de convictos de las penitenciarías estatales de Texas, Luisiana, Arkansas y Misisipi-, está en su ingente investigación, documentación y divulgación del blues americano. Su trabajo, recorriendo carreteras y caminos polvorientos, con un rudimentario equipo de grabación, evitó que muchas voces de la música tradicional se perdieran. El conocimiento de Leadbelly, Muddy Waters, Fred McDowell, Son House, Vera Hall, Memphis Slim, Woody Guthrie... le debe mucho a su ardua labor, a su precursora visión sobre la importancia del blues, como también del papel del pianista Jelly Roll Morton en el alumbramiento del jazz.

Tras la pista de Robert Johnson

Las cintas que un equipo de Columbia Records había grabado en los años treinta de las interpretaciones del mítico Robert Johnson durante una gira por tierras sureñas fueron una motivación añadida. Y es que, escuchándolas en la sede de la compañía en Nueva York, en 1939, advirtió que el guitarrista y cantante -al que enseguida vio como uno de los discípulos más aventajados de Blind Lemon Jefferson- sería una figura decisiva en la evolución del blues, para las futuras generaciones. Así se echó al camino en su busca para ampliar los registros.

Cuando en 1941 Lomax, de viaje por el limoso delta del Misisipi, llegó a la humilde casucha de la madre de Robert Johnson, en el condado de Tunica, la viejecita -vestida con un saco negro de algodón y descalza- le dijo: «Sí, señor, soy Mary Johnson. Y Robert es mi hijo pequeño. Pero Little Robert está muerto». Había muerto envenenado, le confesó, renegando de la guitarra como instrumento del diablo que lo había alejado de la senda del Señor.

El relato de este imprescindible encuentro, como también la posterior charla con Son House, mentor de Robert, es una muestra clave del impagable valor del volumen La tierra que vio nacer el blues -editado por Libros del Kultrum-, en el que Lomax reúne sus crónicas, conversaciones, entrevistas, recuerdos, semblanzas, transcripciones de grabaciones, descubrimientos, reportajes, letras de canciones..., prosas todas ellas que construyen una hermosa red que contribuye decisivamente a entender el origen trágico del blues y la firmeza de sus raíces en la cultura africana.

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