El realizador Radu Jude se sirve del porno para levantar una obra de mordacidad política feroz sobre Rumanía

La actriz Katia Pascariu, protagonista del filme de Radu Jude «Mala suerte follando o porno chiflado»
La actriz Katia Pascariu, protagonista del filme de Radu Jude «Mala suerte follando o porno chiflado»

El rumano Radu Jude tenía solo doce años cuando la caída del comunismo se zanjó en Rumanía con el asesinato del conducator Ceaucescu. En una carrera de meteórica y fecunda lucidez, Jude se ha erigido en el modelo de cómo llevar al cine la negra historia del siglo XX de un país, el suyo, y hacerlo desde los documentales rigurosos como La salida de los trenes o Uppercase print o desde prodigiosas construcciones metacinematográficas como I don’t care if we go down in history as barbarians o del humor como vitriolo.

Este Radu Jude corrosivo es el que presentó en la Berlinale una película casi inclasificable en su mordacidad titulada Mala suerte follando o porno chiflado. Lo que el surrealista encabezamiento indica se sirve -en efecto- del porno hardcore, el material supuestamente domestico de una profesora y su marido, que es exhibido públicamente, en una felación como primer plano del filme, sin un solo crédito anterior. Lo que viene después es un tríptico que funciona como visión sarcástica de la Rumanía actual y de la de las dos dictaduras que la precedieron. El segundo capítulo, en concreto, es una sucesión de aforismos en imágenes que no deja títere con cabeza y que va de la Guardia de Hierro del fascista Antonescu a la megalomanía de Ceaucescu y la corrupción de la actual democracia. El arsenal de inteligencia de ese segundo acto es tan demoledor que hace que la conclusión del tercero resulte en exceso explicativa. Pero no impide que Jude te zarandee con una cinta de tintes pop aggiornados de una lucidez extraordinaria que escapa de la construcción de la corrección política.

Xavier Beauvois aborda en Albatros cuestiones todas ellas actualísimas: la Francia vaciada, los agricultores que se sublevan o la policía como instrumento de contención del poder. Y es precisamente la actuación desafortunada de un agente del orden que encarna con gran solvencia Jeremie Renier la que dispara el drama en Albatros. El suceso, un homicidio no intencionado, acapara desde entonces la acción del filme. Y ahí, Xavier Beauvois cae en cierto academicismo complaciente, un maniqueísmo entre épico y preciosista que ahoga un poco las expectativas de una primera media hora muy notable.

Unabomber

Y si el policía de Albatros es un homicida accidental, el que mataba a conciencia es Ted Kaczynski, más conocido por su nombre artístico de Unabomber. En Ted K, Tony Stone nos desmenuza a este lobo solitario al que el enfado provocado por el ruido de los aviones llevaba a reaccionar enviando bombas por carta al FBI o a diarios que él consideraba comunistas. Es muy interesante la forma en que Stone se acerca al personaje a través de sus propios diarios. Y de la locura nada egregia de Unabomber nace un reguero que nos lleva a reflexionar sobre la cadena de casos del ahora llamado terrorismo doméstico -los casos de David Koresh y los davidianos, el de Tim McVeigh y el edificio de Oklahoma- que vienen de muy atrás y que solo saltaron de la foresta o del óxido de la América Profunda a la dantesca puesta de largo en el Capitolio el pasado enero.

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