Juan Luis Montero Fenollós: «Babilonia es una ciudad con una historia secuestrada por el mito»

El profesor de Historia Antigua de la Universidade da Coruña y arqueólogo publica un nuevo ensayo sobre «la Nueva York de la antigüedad»

El profesor Montero Fenollós -en primer término-, en una excavación en Palestina en el 2019
El profesor Montero Fenollós -en primer término-, en una excavación en Palestina en el 2019

Redacción / La Voz

¿Se puede escribir una historia de Babilonia nueva en el siglo XXI? Es lo que plantea Juan Luis Montero Fenollós (Lorca, 1968), profesor de Historia Antigua en la Universidade da Coruña, que se responde que sí; es más, lo considera tan necesario -«y un reto intelectual apasionante»- que ya va por su tercer libro dedicado al asunto. «Babilonia tiene un drama, para mí, como investigador: es una ciudad con una historia secuestrada por el mito». Y desvestirla de estos ropajes ficticios es la tarea que encara desde hace veinte años. «Empieza a ser preocupante, es ya una obsesión», admite con humor. Lo que se conoce popularmente son cosas sobre el asentamiento urbano, sobre su trasfondo histórico, su arquitectura, pero vistos a través de la lente deformante de la Biblia y los autores clásicos. «Sin llegar a una visión idílica, era una ciudad cosmopolita, abierta… el cénit de una gran civilización, como la Nueva York de la antigüedad. Griegos y romanos quedaron impresionados y la describen casi como algo fantástico. Y eso se fue imponiendo, llegó al mundo moderno y es lo que en el arte se ha representado, hasta nuestro tiempo».

Así es como la torre de Babel sigue viva. E incluso los jardines colgantes. «Y es que Babilonia lo tiene todo. Todo el mundo ha oído hablar de ella. Es un símbolo universal, y ya lo era en la propia antigüedad. Alejandro Magno, el gran general macedonio, que conquistó buena parte de Oriente, quedó cautivado por la ciudad. Allí murió, y su proyecto era convertirla en la capital de su imperio. Él, que había pasado antes, nada menos, por Egipto». En julio del 2019 fue declarada Patrimonio Mundial de la Humanidad.

Hace más de cien años, el káiser Guillermo decidió incorporarse a la carrera de las antigüedades de Oriente para lustre de Alemania: excavar Babilonia sería un proyecto de Estado. «Soy crítico con los pioneros, pero también hay que ser generoso porque abrieron camino en condiciones difíciles y con conocimientos limitados. Simplemente debemos revisar lo que hicieron. No es cuestión de destruir su trabajo, pero, con todo el respeto, hay que repensar algunas de las cosas que escribieron, que posiblemente no son acertadas o adecuadas».

A pesar de que hay muchas publicaciones, subraya, el caos informativo, la confusión y la falta de veracidad reinan por doquier, tiende a repetirse lo que hicieron los historiadores anteriores y parece que no se puede decir nada nuevo. «Pero debemos arrojar nueva luz sobre cosas que se daban por supuestas. Ese es mi objetivo, contribuyendo de paso al conocimiento general de nuestros orígenes, de lo que somos».

Sobre los jardines colgantes, dice, es un mito que viaja de generación en generación, pero no existe una sola prueba documental de la existencia procedente de Babilonia. «Sin duda hubo jardines maravillosos, pero no los que se nos cuenta. La agricultura y las plantaciones eran muy comunes en esa tierra, muy fértil, entre ríos. Y, claro, está el hermoso mito de la reina que nostálgica añora su patria para quien se construyen unos jardines artificiales y que pueda disfrutar del paisaje de su Persia natal. Una leyenda. Además, los autores clásicos que describen esos jardines confunden Babilonia con Nínive, capital de los asirios, la situación del Tigris y el Éufrates... Escriben siglos después y sobre cosas que no vieron ni conocieron. Por ejemplo, Herodoto, un historiador bastante fiable, no habla de ellos. Todos son elementos que te hacen pensar que se construye el mito como se construye el de la torre de Babel, que es el emblema de esta ciudad y, sobre todo, del Génesis, nada menos, que es donde aparece y que no es un libro cualquiera de la Biblia», concluye.

Montero Fenollós expone sus investigaciones en el libro Babilonia y la Torre de Babel: desenterradas por la arqueología, que publica el sello catalán Dstoria.

«Quienes trabajamos en las Humanidades somos una especie en extinción»

Juan Luis Montero Fenollós reconoce que se siente «un bicho raro» con su amor por Mesopotamia y sus excavaciones en Siria y Palestina. «Quienes trabajamos en las Humanidades por vocación y pasión somos una especie en extinción», corrobora. Esta situación, lamenta, se inserta en el declive que sufren las Humanidades, «una crisis total», subraya para recordar el cierre del grado en el campus de Ferrol por parte de la Xunta, que califica como «un grave error político que tendrá sus repercusiones». Montero critica que la propia universidad (que debe proteger este tipo de disciplinas minoritarias, con todos sus problemas, que no niega) se halle en una deriva contraria. «Está más por una visión utilitarista, preparar futuras generaciones de trabajadores y profesionales. Y la universidad, sobre todo una pública, debe tener otra perspectiva más amplia: la formación íntegra del individuo», incide.

La formación humanística, dice, es clave, por ejemplo, para combatir modas como la de juzgar hechos del pasado con los ojos de hoy. «Descontextualizamos si evaluamos a los jerarcas babilónicos Hammurabi (de hace casi 4.000 años) y Nabucodonosor (2.500) como meros dictadores. Claro que eran reyes absolutos, no tenían contrapoder. Pero el hecho de que creen una legislación, que ni hay que tomarse al pie de la letra ni era un código de leyes en sentido moderno, de que traten de proteger a una parte de la población, de embellecer la ciudad con jardines y obras de arte... hace de ellos seres extraordinarios en su tiempo, con toda la idea propagandística que pudiera latir detrás. Y además los primeros archivos y bibliotecas son mesopotámicos», reseña.

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