El festival de cine de Róterdam vindica la España vaciada, y a sus mujeres, como hijas del fuego

La ópera prima de la realizadora Ainhoa Rodríguez, entre el documental y el surrealismo

Fotograma de «Destello bravío», el debut en la gran pantalla de la directora Ainhoa Rodríguez
Fotograma de «Destello bravío», el debut en la gran pantalla de la directora Ainhoa Rodríguez

Nunca pensé que sería razonable extrañar ese clima caribeño de Róterdam en enero, con los despiadados remolinos de viento del Mar del Norte y la lluvia más displicente que te haya caído nunca encima. Esta edición del festival de cine es no presencial. El primer gran certamen de la temporada que has de virtualizar viendo las películas desde el sofá de casa. Extrañar esta ciudad en enero debe de ser lo más parecido a un síndrome de Estocolmo laboral. Para eso hemos quedado.

Ignoro cómo este formato achicado ha influido en la programación, en películas que no hayan querido presentarse en estas circunstancias. Intuyo que este tributo lo pagará más la Berlinale, que también se celebrará en la distancia, dentro de cuatro semanas. El tipo de cine que acude a Róterdam es ya, por naturaleza, flor del desierto. Y le va bien encontrar esta ventana porque es material tan alternativo, en los lindes de la marginalidad del mercado o directamente ajeno a él, que nada tiene que perder.

Es marginal e irredenta Destello bravío, la opera prima de Ainhoa Rodríguez que compite en la sección oficial del Tigre. Aunque de ser un animal, la película de esta debutante sería más una pantera rosa de las estribaciones de Sierra Morena. Porque las mujeres que muestra su ser y no ser en Puebla de la Reina, un pueblo de 800 habitantes de la extremeña Tierra de Barros, viven en un extrañamiento que arranca en el naturalismo casi documental y va derivando hacia lo nítidamente surrealista. Como panteras rosas en Badajoz. Ainhoa Rodríguez avisa de que lo que vamos a ver no es Crónicas de un pueblo cuando, en uno de los cuadros de grupo de sus actrices no profesionales, de esa estampa coral de mujeres vestidas con elegancia de un Versalles de la dehesa, una de ellas advierte del eco de un disparo que solamente ella ha escuchado.

Porque en Destello bravío de lo que se trata es de arañar los anhelos, las soledades, las plegarias no atendidas de sus mujeres no a través de la melancolía o de las evocaciones -eso se lo dejan al cine pulidito y complaciente de Las niñas, que por algo se llevará los Goya de calle- sino por el aventurerismo de una ruta surreal que es deudora de Buñuel y de David Lynch. Entre estas mujeres hay una casada fetichista que ejerce su liberalidad de estricta gobernanta haciendo que su marido lama las paredes del techo de su dormitorio para luego abandonarlo y darle a la vida loca mientras suena el flamenco psicodélico de Quentin Gas & Los Zíngaros. Otra se graba a sí misma, en lo que con el tiempo serán psicofonías.

Las conversaciones machirulas de los hombres en el bar, criticando esa revuelta del otro sexo, suenan a las de aterrorizados supervivientes a una balacera en Río Bravo. Porque el poder de Destello bravío reside en esas mujeres que muy bien podrían encontrar en su jardín una oreja cortada. Y el wild bunch de la secuencia final del baile, con las damas luciendo joyas y traje de domingo y acariciándose ellas mismas y unas a otras en una bacanal de la España vaciada que se rebela y se resiste a morir o a cerrarse en el armario, las proyecta hacia el futuro como las nuevas Hijas del fuego, dignas herederas del mural porno porteño y lésbico de Albertina Carri. En esa liga de la transgresión cosmopolita juega, partiendo de lo ancestral, la insumisa Destello bravío

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