Itxu Díaz reflexiona sobre la tristeza y la felicidad desde la pandemia

El coruñés reflexiona en el ensayo «Todo iba bien» sobre los claroscuros de la vida en el turbulento momento de la crisis del coronavirus

Itxu Díaz
Itxu Díaz

redacción / lA voz

Seguramente, con el paso del tiempo, se hablará de la cultura del coronavirus y toda la creación cuyo origen se encuentra en el encierro de marzo, abril y mayo del 2020. Un libro como Todo iba bien (Encuentro) de Itxu Díaz (A Coruña, 1981) surge precisamente ahí, en ese sopetón de realidad que la pandemia llevó al mundo a vivir una situación que, paradójicamente, parecía de ciencia ficción. Superada la tristeza de la crisis del 2008 (aunque con mucha resaca todavía), el covid-19 de nuevo devolvió a la sociedad a «la negra noche, la inseguridad y el miedo».

El planteamiento de Díaz resulta sencillo: así es la vida y así hay que aceptarla. Aunque vivamos en un mundo en el que ser felices suponga casi una obligación (no es así «ni siquiera para los que somos del Madrid», puntualiza el autor), la existencia se encuentra llena de pliegos inesperados que forman parte del caminar de las personas. Para ello, parte de la muerte su abuelo, a quien vio desplomarse de niño víctima de un infarto en la siesta. Conoció así pronto de qué va todo esto. Esconderse bajo la ilusión de una felicidad de libro de autoayuda no sirve, en su caso.

«Ante el mar del sufrimiento somos siempre novatos ganando a duras penas la marea», dice en ese capítulo inicial desde el que abre su reflexión sobre cómo estar en el mundo. Lo apoya en mil y una referencia literarias: desde el frío nihilismo de Michel Houellebecq a la poesía existencial de Calderón de la Barca, pasando por la elegancia liberal de su adorado Luis Alberto de Cuenca, quien preside el volumen con una cita nada casual: «Era tan esperpéntico y absurdo que se parecía a la vida». También apela a la música, especialmente ese pop-rock español de los ochenta y noventa (Los Secretos, Celtas Cortos, Limones) que ya trató en Nos vimos en los bares (2019). Y, por supuesto, al humor, seña de identidad de su pluma.

Desde ahí arremete contra el «si quieres puedes» de lo que llama posmodernismo happy, se plantea los problemas que llevan a uno a mirarse a sí mismo en silencio y analiza cómo, desde su punto de vista la sociedad actual maquilla el dolor, lo oculta e incluso banaliza la muerte en fiestas como Halloween. Todo ello planteando la función de la familia, el peso real de los amigos y la idea de que Dios siempre está ahí. «La tristeza es siempre estación de paso», asegura en el tramo final, tras revolver su mundo interior con la misma calma de quien mira al horizonte.

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