Montaigne, el ensayista viajero

Publican en castellano la edición definitiva del relato de su periplo italiano

Retrato de Michel de Montaigne, datado en torno a 1570
Retrato de Michel de Montaigne, datado en torno a 1570

Redacción / La Voz

«Si alguien va a la búsqueda de ciencia, que la coja allí donde esté. Por mi parte, de nada hago menos profesión. Esto son mis fantasías, y con ellas no intento dar a conocer las cosas, sino a mí mismo». En su devota lectura de los ensayos de Montaigne, el abate Joseph Prunis debió de ignorar este pasaje porque cuando en diciembre de 1770 encontró el manuscrito de su diario de viaje a Italia, el texto le pareció poco proteico, incluso decepcionante, y el muy fatuo erudito ratón de biblioteca se propuso editarlo expurgado. Quería eliminar los pormenores referidos a sus acciones, «cuáles eran sus gustos, sus hábitos particulares incluso en su manera de vivir». Y obtuvo nada menos que la aquiescencia de d'Alembert, que le sugirió «dejar todos esos detalles desagradables e inútiles, relativos al efecto que las aguas minerales causaban en el cuerpo de Montaigne». Lo cuenta Jordi Bayod en el sustancioso prólogo que elaboró para la versión castellana -no es arriesgado decir que definitiva- del Diario del viaje a Italia por Suiza y Alemania (1580-1581) que preparó para Acantilado, el sello que ya había publicado en el 2007 su impagable edición íntegra de Los ensayos.

Menos mal que había alguien cabal que salió entonces en defensa del espíritu de Montaigne. El dueño del viejo château del filósofo, Charles-Joseph de Ségur, que había autorizado al abate, tras su hallazgo del texto en dependencias del castillo, a encargarse de la edición, paró los pies a Prunis y su proyecto de antología. La encomienda pasó a manos del periodista y conservador de los manuscritos de la Biblioteca del Rey Anne-Gabriel Meusnier de Querlon. Cuatro años después, en 1774, el diario estaba publicado y el propio Querlon presumía, precisamente, de que el lector podría encontrar en él no ya al escritor sino al hombre: «Es Montaigne mismo, sin propósito, sin ningún preparativo, entregado a su impulso natural, a su manera de pensar espontánea, natural, a los movimientos más repentinos, más libres de su espíritu».

Bayod recuerda que al diario le faltan las dos primeras páginas, lo que priva al lector de conocer en profundidad el objetivo que mueve la empresa de Michel de Montaigne (Saint-Michel-de-Montaigne, Dordoña, 1533-1592), a la que dedica «17 meses y 8 días», según el cálculo con el que el propio autor cierra su relato tras consignar que compró un mulo en Limoges por 90 escudos de sol.

Lo que sí se sabe es que partió de su castillo el 22 de junio de 1580, apenas tres meses después de ver publicada la primera edición de sus Ensayos, una obra de la que Bayod coloca algunos extractos a modo de apéndice del diario. Entre ellos, aquel en que explica: «A quienes me piden cuentas de mis viajes suelo responderles que sé muy bien de qué huyo, pero no qué busco». A lo que añade que sí está convencido de que «el juicio humano obtiene una extraordinaria calidad de la frecuentación del mundo».

También anota algo importante sobre la compañía que precisa: «No viajo sin libros ni en la paz ni en la guerra. Con todo, pueden transcurrir muchos días, y meses, sin que los emplee. Lo haré enseguida, me digo, o mañana, o cuando me plazca. [...] No puede decirse hasta qué punto me tranquiliza y descansa la consideración de que los tengo a mi lado para que me brinden placer cuando llegue el momento, y reconocer cuánta ayuda prestan a mi vida. No he encontrado mejor provisión para el viaje humano, y compadezco en extremo a los hombres de entendimiento que carecen de ella».

Leer este diario es buen modo de probar su sabiduría.

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