Las «confesiones híbridas» de Darío Villanueva

El exdirector de la RAE escribe una suerte de autobiografía vital e intelectual

Detalle del retrato de Darío Villanueva cuando terminó su etapa como rector
Detalle del retrato de Darío Villanueva cuando terminó su etapa como rector

Redacción / La Voz

«No me considero especialista en nada [...] El único título con el que me identifico es por definición generalista. Soy, simplemente, filólogo». Darío Villanueva (Vilalba, 1950) se define de esta manera en Horas y empeños (confesiones híbridas), un texto que combina la autobiografía con el autorretrato intelectual y que forma parte del volumen De los trabajos y los días: filologías (Universidade de Santiago), junto con tres entrevistas y el currículo del exdirector de la Real Academia Española.

En Horas y empeños, Villanueva repasa su trayectoria como docente, investigador, autor y gestor, facetas todas ellas que, en efecto, remiten a ese amplio abanico incluido en el concepto «generalista», pero que aborda con un espíritu de profundidad que no lo deja lejos de la especialización. Ejemplo de ello son las reflexiones que teje en cada uno de estos apartados, construyendo sobre anécdotas, fechas, lugares y nombres un armazón de ideas que, en última instancia, remiten a la filología: el amor por la palabra -en especial la literaria- y el afán por su conocimiento y enseñanza.

Villanueva homenajea a sus maestros, con páginas dedicadas a glosar el magisterio de Alarcos, Gullón, Lázaro Carreter y, sobre todo, Enrique Moreno, de quien aprendió el análisis formal y de las ideas, y de quien tomó un espíritu europeísta y la influencia del escritor y editor T. S. Eliot. No es el único autor que ha ejercido su ascendencia sobre Villanueva: la figura de Francisco Ayala ha sido una presencia continua. La obra de Torrente Ballester y de Cela también son analizadas en las páginas de Horas y empeños, así como las figuras de Domingo García-Sabell -el recuerdo de una conferencia en el Lugo de 1968 sobre Klee, pronunciada en gallego-, Ramón Piñeiro y Carlos Casares, de las que Villanueva deja patente su admiración.

Hay pasajes en los que una anécdota aparentemente trivial encierra en sí misma las claves de debates decisivos para la cultura. Ocurrió en el viaje en el que Villanueva se puso al volante de un coche en cuyo asiento trasero iban sentados Constantino García y Ricardo Carvalho Calero, públicamente enfrentados por su concepción del idioma gallego, cuestión que despacharon rápidamente con brusca cortesía durante el desplazamiento. El episodio revela también la atención por el detalle del autor de las memorias, que también se hace presente en la evocación quizá más melancólica del libro, la de una ardilla que hizo del rectorado compostelano su casa. El día que desapareció, Villanueva percibió que su tiempo al frente de la institución se agotaba: quiso inmortalizar el recuerdo del esquío en el retrato que pintó Xaime Quessada del rector saliente en el 2002.

Su paso por diversos puestos gestores, tanto en la Universidade de Santiago como en la RAE ocupan varias páginas del libro, así como las reflexiones acerca de sus cometidos y retos. Tras someter la universidad en general a un análisis DAFO -debilidades, amenazas, fortalezas y oportunidades-, Villanueva se detiene en el análisis de la creciente mercantilización y en la llamada «cultura de la queja» y los excesos del pensamiento políticamente correcto, que están desgastando, en su opinión, el cometido universitario del debate de ideas. La reflexión le permite hacer aflorar rasgos de humor, como aclarar la posible confusión sobre Feeling Good, título tanto de un libro de David D. Burns como de una canción de Nina Simone.

También la crítica literaria ocupa su espacio en Horas y empeños. Villanueva calcula que habrá escrito en torno a cuatrocientas reseñas —también se han publicado en La Voz— y concluye que su cometido es «describir y explicar», lo que no impide que los juicios puedan manifestarse con sutileza. Estos comentarios son a la vez fruto y herramienta del comparativismo que ha centrado buena parte de su carrera y que concluye como una «concepción universalista de todas las literaturas del mundo». Para su comprensión, disfrute y enseñanza, es necesario, argumenta, volver a una enseñanza que facilite la recuperación de la lectura con criterios literarios otra vez: «Leer para aprender».

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