John le Carré, el gran autor de literatura popular al que el cine trató como rey

La calidad de su obra confirió definitiva legitimidad al género de espías, que hoy ya tiene sólidos herederos

Le Carré entre el actor Gary Oldman y el realizador Tomas Alfredson, en Londres, en el 2011, en el estreno del filme «El topo», adaptación de su novela «Calderero, sastre, soldado, espía»
Le Carré entre el actor Gary Oldman y el realizador Tomas Alfredson, en Londres, en el 2011, en el estreno del filme «El topo», adaptación de su novela «Calderero, sastre, soldado, espía»

Redacción / La Voz

David Cornwell, más conocido como John le Carré (Inglaterra; Dorset, 1931-Cornualles, 2020), ha dado una nueva legitimidad a lo que se entiende por literatura popular, como no se conocía desde los tiempos de Charles Dickens y Alejandro Dumas y las novelas por entregas. Como Simenon hizo en el ámbito del noir, Le Carré rompió los límites que separan la novela popular de la culta. Hoy nadie duda de que esas portadas y ediciones de quiosco en que se presenta buena parte de su obra esconden creación de alto octanaje. Con su escritura sin complejos elevó además los relatos de espías hasta conferirles un género propio que es respetado en todo el mundo, aunque es verdad que sus raíces son estrictamente británicas. Así lo atestiguan los autores que visitaron el género en el inicio, como Conrad, Maugham y Kipling, como también los que los fundaron de facto: Eric Ambler y Graham Greene -incluso Helen MacInnes.

Como Greene, o Frederick Forsyth -también Ian Fleming, el creador de 007-, Le Carré antes de ser cura fue monaguillo. Comenzó colaborando con los servicios secretos del Reino Unido e ingresó en el MI5 para pasar a ejercer en Alemania como agente del MI6, en la inteligencia exterior. Es así que sabe muy bien de lo que habla cuando decide escribir relatos sobre espionaje y la guerra fría. Pero en su mirada no solo están las experiencias propias, lo observado, toda su narrativa está tamizada de un humanismo que engrandece su obra.

Amén de su impecable escritura, plena de ese rigor y esa limpieza tan ingleses -que el humor adorna decisivamente, sin recrearse en el cinismo más de lo necesario-, John le Carré sabe infundir credibilidad y tuétano a sus personajes, fundamentar sus psicologías y personalidades con unos simples trazos, sin complejidades abstrusas ni pretenciosidad alguna.

Es quizá esa sencillez -y el glamur, la elegancia, la audacia, la inteligencia y el cosmopolitismo que suelen endulzar la trama- la que llama al cine desde temprano y tan a menudo. Y, ya por las bondades de la narrativa de Le Carré, ya por un poco de suerte a favor, lo cierto es que la fortuna ha sonreído con frecuencia al autor británico. Ha sido habitual en su carrera que las películas que toman como base sus libros hayan potenciado su eco, prestigio y ventas. Y ha sido así también para las versiones televisivas, desde aquella miniserie producida por la BBC Calderero, sastre, soldado, espía (John Irvin, 1979) y protagonizada por Alec Guinness y otras tan recientes como La chica del tambor (Park Chan-wook, 2018) o El infiltrado (Susanne Bier, 2016), también impulsadas por la BBC.

En el cine ocurrió algo similar, cuando en 1965 -solo dos años más tarde de la aparición de la novela- el realizador Martin Ritt reclutó a Richard Burton para encabezar el reparto de El espía que surgió del frío. Dos años después Sidney Lumet rodó Llamada para el muerto con James Mason y Simone Signoret. Diane Keaton protagonizó en 1984 La chica del tambor de George Roy Hill. John Boorman filmó en el 2001 El sastre de Panamá con Pierce Brosnan y Geoffrey Rush. Gary Oldman relevó al televisivo Guinness en El topo (2011) de Tomas Alfredson. Anton Corbijn dirigió El hombre más buscado (2014) con Philip Seymour Hoffman. Y Ewan McGregor lideró el elenco de Un traidor como los nuestros (Susanna White, 2016). Quizá la más floja, y eso habla del buen nivel, aunque no están todas citadas, sea La casa Rusia (Fred Schepisi, 1990), con Michelle Pfeiffer y Sean Connery, pese a que contó con Tom Stoppard como guionista.

En fin, la relación de Le Carré con el medio audiovisual ha sido ejemplar. Se han alimentado mutuamente. El cine, se puede decir, se vio seducido por un gentleman, a la par que uno de los más grandes de la literatura popular, al que, en compensación, ha tratado como un verdadero rey.

George Smiley, su más celebrada creación

Hace un año, con 88 veranos a sus espaldas, Le Carré publicaba Un hombre decente, en la que se desquitaba contra el brexit. Ni la neumonía que había padecido ni el cáncer que le habían diagnosticado lo pararían. Prueba de esa eterna juventud, y no menor lucidez, dos años antes llevaba a las librerías El legado de los espías, narración en la que recuperaba (tras 25 años durmiente) su más querida creación, George Smiley, oficial de The Circus -trasunto del MI6, agencia de inteligencia exterior británica- que debutó en 1961 en las páginas de Llamada para el muerto, su ópera prima. No hace mucho los espías apenas merecían un subgénero literario, parecían pasados de moda. Hoy, el terrorismo yihadista y Le Carré los han resituado en un lugar de honor y hasta surgen nuevos autores de fuste para defender esta cofradía literaria, como son Mick Herron y Charles Cumming.

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