Manuel Blanco Desar: «En Galicia nadie quiere mirarse en el espejo del colapso demográfico»

HÉCTOR J. PORTO REDACCIÓN / LA VOZ

CULTURA

El economista y politólogo Blanco Desar ha estudiado en profundidad los problemas demográficos
El economista y politólogo Blanco Desar ha estudiado en profundidad los problemas demográficos SANDRA ALONSO

El economista y politólogo compostelano publica en castellano su libro «Fuxir de Proxeria», obra con la que en el año 2019 debutó en la novela

14 dic 2020 . Actualizado a las 08:36 h.

El pago de las pensiones gallegas sería inasumible sin las aportaciones del resto de España, porque la Seguridad Social tiene en la comunidad un déficit que excede los 3.000 millones de euros. Ah, el -paulatino e imparable- envejecimiento de la población... Es una realidad inapelable, sí, pero una realidad de la que nadie quiere hablar, deplora el economista y politólogo Manuel Blanco Desar (Santiago, 1965), una realidad de la que él lleva décadas ocupándose y alertando, aunque sin mucho éxito, admite.

Ahora ha decidido recurrir a la novela para ahondar en un problema cuya raíz sitúa el autor más allá incluso de la política para calificarlo abiertamente de social: «En Galicia nadie quiere mirarse en el espejo del colapso demográfico. Todos ven que caminamos hacia el desastre, pero nadie hace nada», afirma antes de entrar a profundizar en la claves de Fuxir de Proxeria (Edicións Fervenza, 2019), que el mismo pequeño sello de Silleda acaba de publicar también en su versión en castellano. Y es que, lamenta Blanco Desar, ha percibido una mayor receptividad e inquietud sobre el asunto más allá de Pedrafita. Él ya había abordado el tema en otros libros anteriores como Una sociedad sin hijos. El declive demográfico y sus implicaciones (ED Libros, 2018) y Galicia: un pobo con futuro? O noso devalo demográfico, que coordinó en el 2015 para Xerais y el Museo do Pobo Galego.

Rechaza sin embargo que entre las motivaciones de su debut en la ficción esté trasladar e insistir en un mensaje que por la vía del ensayo y el análisis parece no cuajar. La idea le surgió hace ocho o nueve años, mientras escribía para La Voz de Galicia una larga serie de columnas de opinión bajo el epígrafe El síndrome G, en las que reflexionaba sobre desafíos de este tipo que afrontaban Europa, España y Galicia.

El pistoletazo de salida fue un estudio de proyecciones realizado por el Instituto de Estadística de Portugal que dibujaba para el 2080 un país vecino que sería el más envejecido de la UE y habría pasado de sus poco más de diez millones de habitantes actuales a una población de 7,5 millones. ¿Y cómo sería Galicia?, se dijo entonces el economista compostelano, a sabiendas de que ya hoy «se hacen cada vez más parques para el ejercicio físico de los mayores que instalaciones infantiles».

Siguiendo las inercias presentes, el escritor se fue introduciendo en un escenario distópico que le evocaba sus lecturas de juventud de Aldous Huxley (Un mundo feliz) y George Orwell (1984). «Cada vez son más los fondos que el resto de España inyecta para pagar las pensiones gallegas. ¿Qué pasaría si un día ellos se cansan de mandar dinero? Cada un mira polo seu, como decimos aquí. Pues tendríamos un sociedad súper envejecida y sin presupuesto para atender sus necesidades. Y una gerontocracia instituida, fruto de un electorado mayoritariamente en la tercera edad que buscará proteger sus derechos votando a unos representantes de edad suficiente como para valorar sus demandas, como la sana costumbre de comer cada día y unos cuidados crecientes. Frente a ellos, una gente joven muy minoritaria que, ante la falta de financiación pública, se vería abocada a cumplir un servicio cívico obligatorio para satisfacer ese cuidado de unos ancianos cada vez más con una mayor dependencia. Inicialmente esa mili sería de dos años de duración, pero poco a poco iría ampliándose. Esta esa la hipótesis de partida de la novela», explica.

Jóvenes explotados

Los jóvenes aborrecen un régimen que los oprime y explota. Tanto que dejan de llamar al país por su nombre y lo rebautizan como Progeria, en alusión a esa rara enfermedad genética que causa el envejecimiento rápido de los niños y los conduce a la muerte prematura. Sintiéndose maltratados, «inmersos a la fuerza en una guerra intergeneracional», solo piensan en huir, en cruzar la frontera en busca de un futuro mejor. El régimen monta un sistema policial de vigilancia de salidas (que incluso abate al desertor) con una poderosa herramienta telemática de control personal. Este es el contexto en que se desarrolla Huir de Progeria, pero, matiza el autor, el corazón de la trama es la historia de amor entre Daniel y Carmen, la pareja protagonista cuyo vínculo pone a prueba un embarazo inesperado, llegado mientras ambos planificaban su soñada e ilegal salida del país. La inminente paternidad cuestiona la urgencia por marchar y esas dudas -en la balanza, la importancia de las raíces y la condena a una vida de subsistencia- abren grietas en la relación.

Estas tensiones más íntimas, la búsqueda de financiación para la huida, el recurso a un policía corrupto para garantizar el éxito del proyecto y la sensación de sentirse observados introducen en la narración un elemento de suspense que hace que el relato bascule entre el romance y el thriller.