Venecia, ciudad literaria a la que siempre regresar

H. J. P. REDACCIÓN / LA VOZ

CULTURA

El escritor holandés Cees Nooteboom
El escritor holandés Cees Nooteboom JUAN LÁZARO

07 dic 2020 . Actualizado a las 10:46 h.

La fuerza icónica de Venecia es algo que viene de antiguo. Shakespeare visitó la ciudad de los canales en sus dramas Otelo y, por supuesto, El mercader de Venecia; Henry James llevó allí la intriga de su relato Los papeles de Aspern y su novela de madurez Las alas de la paloma. Hoy resulta difícil no evocarla cuando se escucha la Quinta sinfonía de Mahler o se piensa en la adaptación que Visconti hizo de La muerte en Venecia de Thomas Mann. Pero podrían ser los magníficos ensayos contenidos en el volumen Marca de Agua, del poeta ruso-estadounidense de origen judío -y Nobel de literatura- Joseph Brodsky. O también el suspense de Patricia Highsmith en El juego del escondite o los textos más personales Una temporada en Venecia, de Wodzimierz Odojewski, y Venecia es un pez, de Tiziano Scarpa.

Por su belleza y misterio, es un tema inagotable al que siempre se regresa como demuestran dos nuevas obras que acaban de aparecer en castellano: Venecia. El león, la ciudad y el agua (Siruela), de Cees Nooteboom, uno de los viajeros más exquisitos del último cuarto de siglo, y Cinco horas en Venecia (Catedral), del periodista Miquel Molina. Es, sin embargo, difícil decir algo que suene novedoso sobre esta ciudad, aunque los dos autores tratan en la medida de lo posible de evitar los tópicos y descubrir -perderse en sus callejuelas es sencillo, advierte Nooteboom- los lugares más recónditos que aún puedan hallarse alejados de la sobreexplotación turística. Proyecto tan complejo como evitar las presencias fantasmales de Rilke, Casanova, Byron y Stravinski, por no hablar de la recientemente fallecida Jan Morris, una de las cronistas contemporáneas fundamentales de este escenario inmortal.

Ambos viajan de rama en rama, de mito en mito, literatura, pintura, arquitectura, escultura... Molina (Barcelona, 1963) se calza las zapatillas que alguien coloca sobre la tumba de Diáguilev para emprender su baile elegante -lleno de referencias- por canales, plazas y palacios. El periplo de Nooteboom (La Haya, 1933) es más demorado. El poeta holandés suma a su edad un conocimiento profundo de Venecia, fruto de sus numerosas visitas. Y eso se nota.