Stanley G. Payne: «La actitud de los españoles con su historia es sorprendentemente negativa»

La Voz ofrece el próximo domingo su libro «España, una historia única»


A sus 86 años, el hispanista Stanley G. Payne (Denton, Texas, 1934) conserva una extraordinaria lucidez. Autor de obras como La revolución y la guerra civil española, El régimen de Franco, Historia del fascismo o España, una historia única, el libro que ofrece La Voz el próximo domingo al precio de 4,95 euros. El historiador atiende a este diario desde su casa en Wisconsin.

-¿En qué sentido es única la historia de España?

-Lo que siempre trato de explicar es que la historia de cada país es individual y singular, aunque en el caso de España tenga multitud de rasgos y características comunes con la europea. En España hay momentos históricos en los que fue especialmente singular, se podría decir que única. El primero fue la Reconquista, un proceso que no tiene parangón en la historia europea y mundial porque no ha habido ningún otro caso de un reino que, tras ser conquistado por el islam u otra civilización extranjera, sometido y transformado, fuera capaz, siglos después, de liberarse, recuperar todo el territorio, expulsar a los invasores e imponer su propia cultura y religión. Esto no ha pasado en ningún otro país del mundo.

-En el libro analiza otro de esos momentos, cuando España perdió el tren de la modernización en el siglo XVII, lo que la hizo ser diferente de los países más avanzados de Europa.

-Es el desastre que Sánchez Albornoz llamó «el cortocircuito de la modernización» por las dificultades en la transformación. Así, hacia al año 1700 había más diferencias entre España y Europa que en el 1500 respecto a algunas cosas. Se puede decir que durante los últimos cuatro siglos la historia de España ha sido la lucha por la modernización, que finalmente se llevó a cabo a finales del siglo XX, en un proceso coronado por el éxito.

-¿Desde cuándo se puede hablar de que existe España?

-Depende de qué se quiere decir con España. Como una nación de tipo tradicional existía bajo los visigodos, pero eso no era nada parecido a la nación moderna. Durante la Edad Media, en los demás países se referían a España, pero como un espacio geográfico y no como una sola estructura política. El término español aludía a las gentes que vivían en el territorio. La idea de que los Reyes Católicos habían formado el primer Estado moderno es una exageración. En realidad, la existencia de una entidad individual, unida y unificada empezó con los Borbones en el siglo XVIII, pero la nación española moderna es una creación sobre todo de las Cortes de Cádiz, del liberalismo decimonónico.

-¿Los españoles son demasiado críticos con su historia, se centran demasiado en los fracasos y no en los éxitos?

-Otros países también han tenido desastres, pero la actitud de los españoles es sorprendentemente negativa. El proceso de nacionalización, de formar una nación unida ha encontrado muchas dificultades, no cuajó totalmente en el siglo XIX, siempre ha habido obstáculos. En España ha existido un cierto complejo. Esta actitud negativa respecto al país y a su historia es bastante amplia, se encuentra en todas partes de Occidente; es una malaise cultural y espiritual, pero en otros países es mucho menos acusada. En España es más extremista y exagerada, como en muchos otros aspectos.

-¿Por qué se han difundido tantos tópicos y estereotipos sobre España y los españoles?

-Los viajes a España comenzaron en el siglo XVII, aumentaron en el XVIII y en la primera mitad del XIX, sobre todo por parte de franceses y británicos. Crearon el mito de la España romántica. Los españoles pasamos de ser crueles, fanáticos y sanguinarios a orgullosos e indolentes y a hombres de fe con sentido del honor. Aquí hay que preguntarse en qué medida España es diferente o es que ha habido una lentitud en la transformación moderna del país. Yo creo en las dos cosas. España tiene singularidades y a veces se ha quedado anclada en etapas que países como Francia o Inglaterra ya habían superado.

«Hay una maniobra muy sórdida contra la Transición» 

En su libro, Payne asegura que la Transición española fue muy singular. «España seguía siendo diferente, pero ahora completamente para bien», asegura.

-En España, el proceso de transformación política se hizo desde dentro y, aunque hubo violencia, se llevó a cabo por métodos pacíficos y consenso, renunciando a la venganza y sin que, como se dice, hubiera un pacto del olvido. Con sus defectos, fue un gran triunfo, pues por primera vez en la historia un régimen autoritario bien establecido se transformaba en una democracia de forma pacífica, sin guerra ni invasión extranjera. Creó un «modelo español» de transición a la democracia y abrió una nueva etapa en la historia mundial con la democratización de Europa del Este y América Latina.

-Ahora se pone en cuestión la Transición y el «régimen del 78».

-Es una maniobra muy sórdida y cínica de la nueva izquierda comunista y posmodernista del siglo XXI, porque, a pesar de sus limitaciones, la transición democrática fue un gran éxito. Es una patología de las izquierdas que quieren poner las cosas al revés.

-Fue muy crítico con la Ley de Memoria Histórica, que tildó de «agitación política». ¿Qué opina de la Ley de Memoria Democrática?

-Es un intento de poner la historia al revés y llevar a cabo un proceso de control de la historia desde el Gobierno, de tipo soviético, un sovietismo suave, como yo lo llamo, no como el de Stalin. Una iniquidad que la Unión Europea debe rechazar.

-¿Cómo valora las últimas informaciones sobre Juan Carlos I?

-Era un héroe nacional que alcanzó la cumbre de respeto, prestigio y popularidad por el 23F y lo ha malgastado todo con sus excesos personales, los asuntos financieros y sexuales; es una historia muy triste. No ha sabido autocontrolarse. Aunque Felipe VI está limpio, lo tiene muy difícil.

«España suele ser siempre más extremista que otros países occidentales» 

«La gran paradoja del siglo XXI es que tenemos a mano una ingente cantidad de información, que nos ofrece posibilidades de estudiar, investigar y entender la historia mucho mayores que en ninguna otra época, pero hay una tendencia a rechazarla, no entenderla y destrozarla», explica Payne. «El caso de España es más extremista que en otros países occidentales, como suele ser siempre en muchos aspectos, hay un esfuerzo por deconstruir la historia común de la nación española».

-Uno de los problemas que ha denunciado es la manipulación de la historia por los nacionalismos.

-Todo nacionalismo tiene tendencia a usar políticamente la historia para su causa. Lo que pasa es que el nacionalismos catalán y el vasco son casos más extremos.

-Es muy crítico con la Segunda República, a la que responsabiliza de la Guerra Civil.

-Formalmente era un régimen democrático, pero no funcionó siempre con procedimientos democráticos. Era una democracia poco democrática, como la definió Javier Tusell. Si se hubiera mantenido el Estado democrático y la izquierda no hubiera sido antidemocrática no habría habido sublevación militar ni Guerra Civil.

-Franco es, para usted, una figura complicada y difícil de entender, «con luces importantes y también sombras muy negras». ¿Cuáles?

-Por un lado, la modernización en cuanto a la economía y la sociedad, pero no la política. Por otro, la represión, atroz e indefendible. Fue la figura más determinante de España y el contrarrevolucionario de más éxito en el siglo XX si valoramos la transformación positiva que experimentó su país.

-¿El hecho de que en España se implante una dictadura que duró casi 40 años es otra anomalía?

-En Occidente sí, aunque está el caso de Portugal. Pero en el este de Europa hubo dictaduras comunistas después de la Segunda Guerra Mundial. La diferencia es que en esos países las dictaduras fueron una imposición de potencias extranjeras, lo que provocó un auge del nacionalismo cuando cayeron. En el caso de España no se puede imputar a otro país, porque hubo una guerra civil.

-Otro caso peculiar es el de las fosas comunes.

-Es una peculiaridad, aunque en otros países también se da. En Rusia hay muchas más. En España se ha exagerado, hay un intento sistemático de hacer propaganda política por parte de la izquierda, que lo ha convertido en una especie de religión política basada en el victimismo y en buscar culpables en el pasado.

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SANDRA FAGINAS
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