La revolución de Kandinsky del «oculto poder de la paleta», en el Guggenheim

Bilbao acoge 62 obras del fondo de la sede neoyorquina del museo, que ilustran la apuesta del pintor por el camino de la abstracción

Lekha Hileman Waitoller, junto a la obra de Kandinsky «A rayas», de noviembre de 1934
Lekha Hileman Waitoller, junto a la obra de Kandinsky «A rayas», de noviembre de 1934

Bilbao / colpisa

También en lo histórico estuvo Vasily Kandinsky (1866-1944) en la primera línea de esa época turbulenta y decisiva. Nació en Moscú en una familia con mucho dinero, vivió en Múnich, pero tuvo que marchar por el estallido de la Gran Guerra en 1914. Los bolcheviques, tras la Revolución rusa en 1917, confiscaron la riqueza familiar y por primera vez tuvo la necesidad de ganarse la vida. El 1922 volvió a Alemania para dar clases en la Escuela de la Bauhaus, un período fructífero, pero roto por la llegada de Hitler al poder. Con una obra catalogada por los nazis de arte degenerado, se fue a París en 1933. Allí también tuvo su buena época, hasta el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Murió en 1944, con sus cuadros abandonados en sótanos por el régimen de Stalin, y pintando hasta poco antes de fallecer sobre cartón porque no tenía con qué comprar lienzo.

La influencia de su revolución fue tan grande que hace imposible su delimitación. Esta es la historia que cuenta el Guggenheim en la exposición sobre el artista que se abre hoy al público -hasta mayo del 2021-, patrocinada por la Fundación BBVA. Es cierto que se han visto bastantes cuadros de Kandinsky en el Guggenheim. No en vano la fundación matriz del museo en Nueva York posee una de las mejores colecciones del autor ruso. Pero lo de ahora es otra cosa. Es un recorrido a través de 62 obras -de las aproximadamente 150 que posee la sede neoyorquina- por las distintas etapas del pintor, entrecruzadas con las ciudades en que vivió. Una trayectoria que evidencia su potencia, su sentido del color y de la composición -lo que denomina «el oculto poder de la paleta»-, su singularidad, también esa fuerza que supera contextos y confiere a una obra y a un creador la categoría de clásicos.

La curadora Lekha Hileman Waitoller, que sustituyó en la presentación a la comisaria de la muestra, Megan Fontanella, inició el recorrido por el momento en que Kandinsky, que había estudiado Derecho y Economía, decidió dedicarse al arte, después de haber visto una muestra de Monet. Le llegó la manera en que el francés pintaba el mismo objeto según cambiaba la luz de día. Le interesaron las variaciones de los colores y de los estados emocionales inducidos.

Sus figuras se fueron haciendo más abstractas y configuró un lenguaje geométrico en el que los triángulos expresaban los sentimientos más puntiagudos; la simetría de los cuadrados, la paz; y la perfección del círculo, el reino espiritual. En la presentación, Waitoller hizo hincapié en los cuadros de transición entre las distintas etapas del artista. Por ejemplo, el Grupo de miriñaques (1909), aún ligado a la representación de los personajes pero ya compuestos con sugerencias formales de tipo geométrico; o la Pastoral de 1911, aún figurativo pero a un par de pasos de dejar de serlo. El periplo recoge, por supuesto, la época expresionista de El Jinete Azul, el grupo que formó con Franz Marc, y sus derivaciones apocalípticas.

En Líneas negras (1913) ya se adivina la abstracción que vino después, inspirada en su reencuentro con el arte ruso a su vuelta de Múnich. Se topó con Malevich pero rechazó su frialdad esquemática. Él pensaba que la transformación a la que debía contribuir el arte debía producirse a través de las emociones y no de la racionalidad constructivista. En la Escuela de la Bauhaus se desarrolló su fase más peculiar y sólida, como muestra la Composición 8, seguramente el cuadro estrella de la muestra bilbaína. El contacto con los surrealistas se hizo patente en su obra por medio de las huellas formales de su amigo Joan Miró, aunque nunca se consideró uno de ellos.

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