Muere a los 90 años «el intocable» Sean Connery y el auténtico James Bond

Ganador de un Óscar por su papel del agente Jim Malone, interpretó a 007 en siete películas


Madrid / Colpisa

Si Solo se vive dos veces, como decía el título de una de sus películas más conocidas, Sean Connery debe de estar ahora mismo tomándose un martini «mezclado, no agitado», o un whisky de su Escocia natal, en alguna de sus mansiones. Pero esa copa ya pertenece a su segunda vida: la primera la cerró ayer tras 90 años muy intensos. El actor escocés, ganador de un Óscar de reparto por Los intocables de Eliott Ness, murió durante la noche acompañado por su familia en Nasáu, en las Bahamas, según desveló su hijo, Jason Connery.

Ocho actores han encarnado a James Bond en 27 películas, pero Sean Connery fue el genuino 007 para millones de seguidores en todo el mundo. Se metió en el papel y lo perfiló de un modo tal que todos los intérpretes que llegaron después tuvieron que soportar la comparación, y casi siempre la perdieron. Convertido en el agente más leal de la reina de Inglaterra, y con licencia para matar, Connery marcó la masculinidad de la segunda mitad del siglo XX: alcohol, mujeres, trajes a medida, relojes caros, Aston Martin de lujo, yates, casinos, playas. En 1989, con 59 años, la revista People lo distinguió como «el hombre vivo más sexi» del mundo y diez años después, como el más atractivo del siglo XX.

Hasta la cima del mundo llegó escapando de la pobreza. Thomas Sean Connery nació en un barrio obrero de Edimburgo en 1930, hijo de un camionero y una limpiadora. A los 16 años dejó la escuela y se enroló en la Marina. Se dedicó al fútbol, el boxeo y las mujeres, sus pasatiempos favoritos, y se hizo dos tatuajes: uno de una ardilla y un pájaro con la inscripción «papá y mamá» ,y otro de un corazón con un cuchillo clavado con la frase «Escocia para siempre». Los dos los llevó con coherencia: estuvo siempre apegado a su familia y fue un firme defensor de la independencia escocesa.

Acabada su etapa militar, vivió varios años de pintorescos trabajos: fue profesor de natación, pulidor de ataúdes, repartidor de carbón, albañil, conductor o guardaespaldas. En 1950, participó en el concurso de Míster Universo en Londres: quedó tercero.

Su gran oportunidad

A los 27 años inició su carrera de actor con un telefilme de la BBC, firma un contrato con la 20th Century Fox, y a partir de ahí, encadena rodajes. Pero su gran oportunidad llegó cuando le proponen participar en una película de espías. Se niega a participar en el casting. «Me cogen como soy o me dejan», les dijo, al parecer, a los productores. Lo cogieron, claro, y no le soltaron hasta siete películas después. La saga empezó en 1962 con 007 Dr. No y terminó en 1983 con Nunca digas nunca jamás. Se habían forjado dos mitos: Sean Connery y James Bond, y al contrario que otros actores, el escocés nunca renegó de su personaje más icónico. «Siempre aprecié a Bond, aunque a veces me parecía detestable», afirmó.

Probablemente, el gran mérito de Connery fue conseguir que un personaje tan popular no encasillara su carrera. Al contrario, pareció una motivación para moverse por todo tipo de papeles. Durante años alternó a 007 con películas como Marnie, la ladrona, Asesinato en el Orient Express, o Robin y Marian. Pero a partir de 1983 inauguró una etapa llena de éxitos de taquilla y premios. Fue el fraile Guillermo de Baskerville en El nombre de la rosa, el agente Jim Malone en Los intocables de Eliott Ness y el padre de Indiana Jones.

Su pícara sonrisa escondía un carácter difícil (se peleó en innumerables ocasiones con los estudios), pero los grandes directores se lo rifaban. Los intocables le dio sus premios más importantes: un Óscar como actor de reparto y un Globo de Oro. En los últimos años vivía la mayor parte del tiempo en Nueva York con su segunda esposa, la francesa Micheline Roquebrune, a la que conoció jugando al golf y con la que se casó en 1975.

El mejor agente de la reina de Inglaterra era, en el mundo real, un ferviente independentista escocés. Se afilió al Partido Nacionalista en su juventud y en el 2008 dijo que quería ver una Escocia independiente antes de su muerte. De hecho, justificó su «exilio» en Marbella, Portugal, Bahamas y Estados Unidos en que no volvería a Escocia hasta que no fuera un Estado. Pese a su nacionalismo, la reina de Inglaterra lo nombró sir en el 2000 y le otorgó un título nobiliario. Connery recibió la distinción vestido con la tradicional falda escocesa. No hay como tener el estilo de James Bond.

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