Javier Moro: «Ni la mejor cabeza imaginaría una vida como la de Guastavino»

El escritor novela la biografía del que está considerado el «arquitecto de Nueva York»

El escritor Javier Moro
El escritor Javier Moro

santiago / la voz

La vida de un genio eclipsado por su obra. Esa es la idea de fondo tras las páginas de A prueba de fuego (Espasa), la última novela de Javier Moro, que repasa la historia de Rafael Guastavino, conocido como «el arquitecto de Nueva York» por su influencia en la obra pública. La relación del artista con su hijo teje una obra que bebe de una serie de cartas inéditas a las que Moro tuvo acceso.

-Antes de nada, ¿por qué Guastavino?

-Para mí la pregunta es por qué nadie se había metido a escribir antes sobre su figura. Es un arquitecto que ha marcado un estilo en la construcción pública de Estados Unidos. ¿Cómo es posible que en España no sea conocido ni por los arquitectos? Allí es un icono y la gente defiende el legado de los Guastavino, tanto del padre como del hijo, que dejaron hasta un millar de obras que marcaron el premodernismo y abrieron un camino que luego seguirían otros artistas como Gaudí.

-¿Y qué le atrajo de su figura como para querer novelarla?

-Su historia personal, que se conoce menos todavía, fue tremendamente novelesca. Ni la mejor cabeza imaginaría la vida de Guastavino, no solo por su aventura, sino por cómo era él. Por un lado está el hombre que era un desastre absoluto, incapaz de hacer las cuentas, y por el otro el genio meticuloso. Pero a mi lo que me sedujo, independientemente de lo genial que fuese su arquitectura, es la relación entre el padre y el hijo. Eso es lo que me emociona y sin esa historia no se puede entender el genio de los Guastavino. El padre hizo a su hijo como a una obra más, pero de carne y hueso. Le dio su apellido, porque era el hijo de la criada, lo protegió y ambos sufrieron miserias.

-Su libro arranca con una cita de Goethe sobre el sacrificio de los hijos.

-Desde pequeño, Rafaelito acompaña a su padre a las reuniones porque es el que sabe inglés y luego llega incluso a superarlo. Lleva la innovación de los Guastavino un paso adelante y hace crecer la empresa. Y antes de todo eso, casi acaban mendigando. Su padre emigró con 39 años y tardó diez en conseguir su primera oportunidad, que fue la Biblioteca de Boston. Rafael padre tenía la práctica, pero no la teoría, y para demostrar sus conocimientos decidió construir una bóveda tabicada en un callejón, llamar a la prensa y prenderle fuego. Con ello demuestra que su sistema es ignífugo, cuando los incendios eran el terror del país, y consigue que los patronos de la biblioteca se interesen en su trabajo y en su figura.

-Con una vida tan novelesca, ¿cómo fue el trabajo de documentación?

-Para hacer algo así tienes que empaparte mucho del personaje y jugártela un poco. La historia de un arquitecto por sí sola no emociona, pero cuando descubres que hay carne dramática es cuando puedes ver el ángulo desde el que agarrar la novela. Ahí pasa de convertirse en una historia de proezas a una que te emociona, pero para eso hay que buscar un poco la suerte. En ese sentido, viajé a Estados Unidos y me encontré con un heredero de la familia que me mostró unas cartas inéditas en las que estaba toda su vida personal. Lo difícil no es encontrar información oficial, sino eso, que es donde está el corazón. Eso es lo que me interesa, porque yo quiero contar las cosas por dentro, porque soy novelista y no historiador. Y el poder de la literatura es ese, insuflar vida en una página de la historia que ya ha pasado.

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