«Historia de lo oculto», marciana y brillante relectura del cine de conspiración

«Archive», de Gavin Rothery es un poderoso ejercicio de fantaciencia que remite a clásicos como «Solaris» o «Días extraños»

Fotograma de «Historia de lo oculto»
Fotograma de «Historia de lo oculto»

sitges / e. la voz

Veo Historia de lo oculto, una pletórica película argentina que viene a renovar el cine del complot y en cuya ficción un controvertido talk-show llamado 60 minutos antes de la medianoche trata de convencernos en su última emisión, antes de ser eliminado de la parrilla, de que el presidente del gobierno de una Argentina ucrónica que ha recuperado las Malvinas, es el líder de una secta satánica, de la cual forma parte todo su gabinete. Justo antes de entrar en la sala, en la televisión que dejo atrás andaba ya en ello Ana Rosa Quintana, con lo cual la metarrealidad juega como vaso comunicante. Es Historia de lo oculto, debut prometedor de Cristian Ponce, un cóctel en el cual se agitasen el Chicho Ibáñez Serrador de Historias para no dormir y el Frankenheimer del golpe de estado de Siete días de mayo. En imágenes en blanco y negro y formato 4:3, la acción juega hábilmente la trama de conspiración concentrada en un juego de trampantojos agudos, con un show televisivo en vivo y un denunciante de la brujería instalada en el poder llamado nada menos -gran guiño humorístico- que Adrian Marcato, quien no era otro que el padre del bebé de Rosemary, el satanista padre de todas las conspiraciones de La semilla del diablo. Con el fuera de campo de un escrache nacional preparado para tomar las calles y la Casa Rosada a la medianoche -igual que un golpe militar aguardaba en la sala de espera de la Casa Blanca en Siete días de mayoHistoria de lo oculto no es solo un disfrute de inteligente crossover de géneros entre el terror y el periodismo. Su grandeza sarcástica mira también a una sociedad -la argentina, la española e tutti quianti- abonadas al enfrentamiento, a la satanización del rival, al Twitter como nuevo corral de obscenas misas negras desde o contra el poder. 

«Saint Maud», entre «Rebeca» y «El sirviente»

En el filme británico Saint Maud, la directora Rose Glass explora y amplifica el modelo del cine gótico tradicional. En esa mansión lúgubre que enmarca la acción saboreamos una relectura de las relaciones de dominio y servidumbre. Y de sus subversiones como elemento motor de situaciones de inquietud o de angustia. En lo que va del Manderlay de Rebeca al landlord vampirizado de El sirviente, Glass se revela como autora total porque es también suyo el talentosísimo y aterrador guion. Y Saint Maud parece cincelar un modelo de casas encantadas o presididas por el embrujo de la insania asentado sobre la creación de atmósferas y no sobre la pirotécnica de la moda de expedientes-warren y por ahí.

Y en el subgénero de la fanta-ciencia es muy brillante Archive, debut tras la cámara de Gavin Rothery, cuyo astronauta que trata de fabricar a la mujer perfecta (que no es otra que la trágicamente perdida) remite, salvando las distancias, a clásicos mayores como Solaris o los Días extraños de Kathryn Bigelow.

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