Marta Sanz: «Lo que me preocupa, más que la mala memoria, es la memoria mala»

La protagonista del nuevo libro de la narradora madrileña llega a un pueblo buscando fosas de la Guerra Civil

Sanz en la presentación en la Fundación Luis Seoane
Sanz en la presentación en la Fundación Luis Seoane

A CORUÑA / LA VOZ

Titula su última novela, pequeñas mujeres rojas (Anagrama), con minúsculas, con la letra pequeña con la que ellas pasaron por la historia. Marta Sanz (Madrid, 1967) cierra la trilogía del detective Arturo Zarco con un libro que juega a hibridar géneros, novela negra, terror y el relato de la memoria histórica. Literatura que refleja y también puede construir realidad. Alejada de la equidistancia cuando resurge la ultraderecha. Después del parón obligado por el confinamiento, esta semana retomó las presentaciones en la Fundación Luis Seoane, dentro del ciclo Somos o que lemos.

-¿Otra novela sobre la guerra?

-Es un libro que habla del presente y de cómo esas violencias que forman parte de nuestra historia, la Guerra Civil, pero también los 40 años de represión franquista o la violencia contra las mujeres, se han proyectado en lo que somos. Lo que importa es cómo está rebrotando el discurso más rancio del pasado, que no es un lugar exótico ni un escenario donde escribir novelas medievales. Está en tu tripa y en la mía. Si no hacemos una memoria productiva del pasado clausuramos la posibilidad del futuro como utopía. Yo quiero vivir en una sociedad que no sea amnésica. La calidad democrática pasa por poder cerrar las heridas.

-Pero hay quien prefiere estar al margen, ser «apolítico».

-Me cuesta mucho entender a los seres humanos al margen de las ideologías. La ideología tiene que ver no solo con a quién votas, implica una cosmovisión del mundo. Es muy difícil no tomar algún tipo de partido en la vida, aunque sea por omisión. Eso significa que puedes llegar a convertirte en una mayoría silenciosa que se deja llevar por la inercia de los dueños de las palabras.

-El cuerpo físico adquiere una importancia especial en el libro.

-Está demostrado que el duelo es necesario hacerlo a partir del cuerpo encontrado. Es importante que se haga individualmente, pero en los países como España, con un gran número de personas desaparecidas desde hace muchos años, tienen que poder elaborar ese duelo de una manera colectiva. Y para eso hay que poner nombres, rostros, recopilar pequeños relatos que nos permitan entender la historia desde lo más pequeño a lo más grande. La memoria también está hecha de objetos tangibles y se puede cuantificar. Son los huesos o el anillo que sirve para reconocer a un desaparecido en una fosa. Por eso en esta novela es muy importante la metáfora del fantasma.

-¿Tenemos mala memoria?

-Lo que me preocupa, más que la mala memoria, es la memoria mala. La que deshabita la posibilidad del gris. La que ahora, frente a la nueva ley de memoria, dice que los perdedores lo que están intentando hacer es ganar la guerra que perdieron en el campo de batalla. Eso es la memoria mala y eso es obsceno. Y es inmoral.

-El libro comienza con una apelación: «Lea despacio».

-Este libro, si es político, no lo es solo porque hable de las fosas o del maltrato a las mujeres, sino porque es poético y formula una propuesta, un pacto que pide a los lectores que se metan por debajo de la superficie de los textos, que aparquen la prisa y entiendan que el placer de la construcción del significado literario a veces tiene que ver no solo con el entretenimiento, del que no reniego en absoluto, sino también con la construcción de la conciencia crítica, y cómo esa propuesta conecta con tu vida y puede desbaratarla, para bien o para mal. La lengua literaria es como un mar de fondo. Hay una superficie visible, pero lo interesante son los fondos submarinos.

-¿Las historias locales son las más universales?

-En cada familia hay una historia interesante que contar. A veces, esas historias son secretos que se interpretan como culpas o episodios obscenos que hay que dejar fuera de la escena para preservar el prestigio familiar. En las historias más sencillas, cotidianas y elementales es donde aparece lo extraordinario. Son donde, de repente, se enciende la luz y hacemos bueno ese axioma de que lo personal es político.

-Posicionarse la puede llevar a perder lectores. ¿Le preocupa?

-Me dirijo a lectores que tengan la menta abierta y sean capaces de adoptar posiciones intrépidas, arriesgadas, valientes. La literatura que a mí me interesa como lectora es la que me hace replantearme mis prejuicios.

-¿Es de pesimistas pensar siempre en el pasado?

-Reflexionar sobre la realidad, sobre cómo el pasado se cuela en las aguas subterráneas del presente, te puede dar una lucidez que en un principio puede ser triste, pero que al final en lo que redunda es en una mirada positiva porque lo que busca es transformar lo que está mal. Me considero alegre, aunque a veces hable de asuntos desagradables. Confío en el poder transformador de la palabra y la cultura. En el mundo en el que vivimos, ¡ya es un acto de extremo optimismo! 

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