El gran cine del desasosiego irrumpe con «Beginning»

«Explota, explota», musical kitsch donde Ingrid García Jonsson y Verónica Echegui reivindican el universo de Rafaella Carrá

La directora georgiana Dea Kulumbegashvili, en San Sebastián
La directora georgiana Dea Kulumbegashvili, en San Sebastián

san sebastián / e. la voz

Otros días vendrán. Tras la pesarosa jornada del lunes, este festival vivió este miércoles la irrupción de una obra de las que remueven el piso y generan un eco, unas ondulaciones que rebotarán desde el Kursaal como onda expansiva. Porque la georgiana Beginning es de esas películas que ha llegado para quedarse, de la misma forma que su directora debutante, Dea Kulumbegashvili, apunta un coraje y una radicalidad lúcida que indican que pronto será un habitual del cartel de los principales festivales internacionales. De hecho, Beginning es la primera película -de entre toda la cuadrilla de títulos con el sello o virus Cannes Label que anegan esta edición rara de San Sebastián- de la que tienes certeza de que, de haberse podido celebrar el gran conciliábulo del cine en Francia, sí habría formado parte de la competición por la Palma de Oro. Aquí es, de lejos, el filme esencial de estos seis días y, casi con certeza, de los tres que restan. Pero es probable que no gane si atendemos a la larguísima tradición de desaciertos en los jurados de Donosti.

Parte Beginning del reguero de un literal incendio -el de una comunidad de testigos de Jehová, atacada por un grupo extremista- cuyas llamas irradian tempestades lumínicas en la excepcional fotografía de Arseni Khachaturan, otro nombre para anotar, cuyo trabajo con los colores es otro hallazgo de este filme donde las sombras más oscuras dialogan con estallidos de luz. De ese fuego agresivo de su arranque, Beginning te va emboscando hacia un cul de sac de violencia atmosférica inusitada. La amenaza de una fuerza innominada -puede ser un cuerpo parapolicial en un país sin reglas- se presenta en el salón de la mujer del líder de esa comunidad religiosa. Y ese tipo que la somete a una situación de acoso verbal irrespirable -que tendrá continuidad en el lecho de un río, en una secuencia formidable, filmada en la distancia, donde la banda sonora esconde la furia infinita que avizoras, la oculta en el engañoso ruido de unas aguas calmas- es el elemento de disrupción a través del cual Dea Kulumbegashivili vehicula los miedos, las inseguridades, las insatisfacciones y los deseos íntimos de la mujer, una actriz también soberbia, Ia Sukhitashvili.

Un larguísimo plano en picado filma su rostro y asimila las proporciones descomunales, literalmente bíblicas, de su drama, las contradicciones que salen a la luz ante esa amenaza, ese terror materializado en esta película que habla -otra vez- de la violencia en un estado fallido. Esta obra de bautismos de fuego, de agua, de muerte, ofrece algún flanco débil cuando su joven director se deja llevar -en el tramo final de esta navegación por el desasosiego- por los cantos de sirena de cierto ataque de auteur, que se incrustan en la pantalla como una impostación. Pero que no empequeñecen las dimensiones del coraje y la fortaleza mineral de la obra que acabas de ver. Algunos quieren invalidarla como cine de la crueldad. Como si el lado oscuro de la naturaleza humana no llevase -cuando es tratado de un modo orgánico y con una altura creativa mayestática- hacia la lucidez.

La otra película en la sección oficial, la argentina Nosotros nunca moriremos, de Eduardo Crespo, es estimable que corre el riesgo de quedar aplastada por la opulencia del filme georgiano. Crespo es habitual director de fotografía de otro director de dilatada trayectoria, Santiago Loza. Y con él comparte aquí la escritura de un guion de trazo limpio, que no superficial. Habla de la pervivencia de un muerto, en el trayecto que una mujer y su hijo acuden al pueblo en donde, bajo un puente, este fue encontrado muerto por causas naturales. La historia de Crespo y de Loza transitan por esa ruta del duelo con elegancia. Esbozan en velados flash-backs momentos cotidianos del desaparecido. Hasta una primera y fingida muerte, para bromear con su novia. Es cine terso, que se mueve sin estridencias en la línea de sombra donde los vivos creen percibir, sin malabarismo ni truculencia alguna, la presencia del que se fue.

El espíritu de Raffaella Carrá

Existía cierto morbo por ver lo que daba de sí Explota, explota, que parte de la idea bastante loca pero sugestiva de enhebrar un musical kitsch a partir de los hits setenteros de Rafaella Carrá. La película del primerizo Nacho Álvarez es un caso de obra de evidente torpeza pero que, en su propuesta desacomplejada, te ofrece algunos momentos delirantes como ese ficcionado top-less femenino en plena televisión del tardofranquismo, con Ingrid García Jonsson magníficamente despendolada y un Carlos Hipólito impagable en ese sosias patillero del cantante Django. Incomoda algo la trivialización excesiva de ese tramo final de la dictadura (la base argumental de la película es la censura en la televisión y el galán, encarnado por un actor Fernando Guallar, es el estereotipo de los chicos del Preu del más rancio franquismo sociológico). Ya se sabe, en estas operaciones nostalgia acríticas siempre hay el riesgo de pasarse en la humorada. Pero no es grave. Se disfruta de actores eminentes como Pedro Casablanc, del dueto de chicas -García Jonsson y Verónica Echegui- que remedan los roles de la guapa y la simpática (otro anacronismo intencionado). Y te preguntas por qué razón, ya que la película tiene como espíritu musical a la Carrá, no se ha elegido ubicar realmente la acción en los años reales de la Transición en los que la italiana habitaba en los salones de media España: aquellos, mucho más interesantes, cuando Uri Geller doblada tenedores y Lola Flores perdía el pendiente en Florida Park. Y de la vida privada de la Carrá ni palabra, que eso está en los papeles del Cesid. O por ahí.

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