Las salas de conciertos gallegas lanzan el SOS: «El 30 % van a tener que cerrar»

Las clausuras motivadas por las medidas adoptadas en la crisis del covid-19 ponen en peligro el sector

MARCOS VAZQUEZ, UNO DE LOS SOCIOS DE LA FABRICA DE CHOCOLATE CLUB
MARCOS VAZQUEZ, UNO DE LOS SOCIOS DE LA FABRICA DE CHOCOLATE CLUB

redacción / la voz

Las declaraciones de Cristina Toba, dueña del Bâbâ Bar de A Coruña, en La Voz el pasado 6 de septiembre dispararon las alarmas. «Estoy al límite. Como no pase un milagro, voy a tener que cerrar puertas», advertía. En marzo su pequeña sala tenía empleada a una camarera, un cocinero y un técnico de sonido. También, tres meses de programación cerrada. El estado de alarma lo desbarató todo. Los conciertos se cancelaron, los empleados fueron al ERTE y los gastos continuaron. «Pensaba regresar en septiembre. En julio estuve haciendo arreglos para la vuelta», señala. Ahora se encuentra atrapada: «No me dejan abrir y no puedo mantener gastos. Si cierro tengo que devolver el ERTE, unos 4.000 euros. ¿La única opción que me dan en esta situación? La de arruinarme».

El caso del establecimiento coruñés sale a flote como un ejemplo de la extrema debilidad de un sector que se considera olvidado y maltratado por las diferentes Administraciones. Marcos Vázquez, socio de La Fábrica de Chocolate de Vigo, se muestra tajante: «Cerrar salas es muy popular porque parece que es algo muy potente y no es nada. La decisión es arbitraria. En Galicia no puedes dar un concierto en una sala a las ocho de la tarde, pero sí en un salón de banquetes de una boda. Todo es un absurdo». Su pronóstico: «El 30 % de las salas de Galicia van a tener que cerrar o cambiar su actividad. Eso es más doloroso, porque pasar de una sala a un pub supone un fracaso cultural. Y los que queden van a tener que adelgazar su plantilla».

El desgaste se palpa. David Pedrouzo lleva el Café Pop Torgal de Ourense y trabaja en el ciclo Son Estrella Galicia, que nutre de programación a numerosas salas. «Tuvimos que parar todo y nos pusimos a trabajar para octubre del 2020 con la nueva normalidad y las medidas de seguridad que nos obligaban a reinventarnos. Y no nos han dejado ni reactivar». Se refiere al cierre del ocio nocturno decretado en agosto en Galicia y, después, a nivel nacional. Ahí se incluyen las salas, sin excepción posible. «Se nos está criminalizando antes de empezar, cuando vas a terrazas o restaurantes y ves que ahí hay mucho más riesgo que en un concierto en una sala», arguye.

A veces estos otros locales hosteleros acogen actuaciones musicales y surge la paradoja. «Los conciertos se hacen en locales sin licencia para ofrecerlos, mientras que los que sí la tienen no pueden acogerlos. Todo es un sinsentido», resume Pepe Doré, propietario del Garufa Club de A Coruña y vicepresidente de la asociación Clubtura. «La situación es patética y estoy convencido de que hemos sido un chivo expiatorio», señala. Se muestra a favor de una intervención directa de la Administración: «Debería haber un plan de rescate para el sector. No puedes desmantelar todo esto». ¿Está cerca el fin? «Cerrar es lo último, pero el volumen de pérdidas es brutal. Si esto sigue así cuatro o cinco meses más -lamenta- probablemente haya que hacer un cierre total».

¿Preocupa esa situación a nivel político? «Las salas vienen desarrollando una potente e intensa divulgación de la música desde hace décadas», recuerda Carlos Landeira, programador del Playa Club de A Coruña. «Si la opinión pública o las Administraciones creen que no merecen un apoyo proactivo, directo y decidido es que todo a partir de ahora va a ir a peor», añade.

Puestos de trabajo y dinero

Marcos Vázquez valora la consecuencia cultural que tendrían los cierres: «Se pierde el tejido de base. Un chaval de 16 años no va a poder tocar porque no habrá una sala en su ciudad para ello». Y también, la económica: «En Vigo son entre 70 y 80 trabajadores, dos mil altas en la seguridad social y unos mil conciertos al año. Si desaparecen las salas desaparece eso».

Los profesionales sostienen además que pueden desarrollar su actividad con seguridad. En Pontevedra, Marcos Rivas, de la sala Karma, tenía diseñado su protocolo: «Reducción del aforo, medición de fiebre, recogida de datos, alfombra desinfectante, público en mesa, carril libre para el baño y sin uso de barra». Pedrouzo indica que ya manejaban planes «en los que se reconvierten las salas de conciertos a la nueva situación». Actualmente no sirven de nada.

A la espera de cambios, el realismo y el pesimismo se dan la mano. Antonio Borrazás, gerente de Capitol en Santiago, es claro: «La manera de salir de esto es volver a la normalidad total. A nivel económico es incompatible la pandemia y que las actuaciones sean rentables, al menos en nuestro caso». ¿Funcionar con restricciones? «Cuando se pueda, habrá que ver si tenemos ganas de trabajar por trabajar y ver si no se pierde mucho, pero no va a ser rentable», concluye.

Cristina Toba, del Bâbâ Bar: «Moriré con la bandera en alto»

mila méndez
bababar

La pandemia pone en jaque a las salas de conciertos que no saben cuándo ni si llegarán a reabrir

Empezó en una crisis, la del 2008, y otra coyuntura todavía más compleja, la pandemia, ha obligado al cierre de sus puertas. El sábado 7 de marzo, sin sospechar la despedida, el Bâbâ Bar abrió por última vez. La sala que desde hace 11 años completa la nutrida atmósfera de espacios de música en directo en la ciudad es un proyecto indisociable de su creadora, Cristina Toba Nardín. Después de 20 años viviendo en París, Londres y Australia, cuando regresó, la coruñesa apostó por un local donde los espectáculos en vivo se pueden disfrutar cenando. Después de hacerse un hueco «en este maravilloso mundo», Cristina se resiste a hablar en pasado de un negocio que, más que música, «reparte magia». Como admite, «ya ves, estoy enamorada de esto».

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