Muere Jiri Menzel, el cineasta checo que ganó un Óscar con su primer filme y sobrevivió a la censura del régimen comunista

Además de «Trenes rigurosamente vigilados», su maravillosa ópera prima, el realizador adaptó otras obras del gran narrador Bohumil Hrabal

Menzel, cuando presentó en la Berlinale del 2007 su filme «Yo serví al rey de Inglaterra»
Menzel, cuando presentó en la Berlinale del 2007 su filme «Yo serví al rey de Inglaterra»

Redacción / La Voz

Es uno de los grandes referentes del séptimo arte en Europa, aunque -al proceder de una cinematografía de escala media como la checa- la distribución y la exhibición de su obra fue tarea en gran medida de festivales, cineclubes y salas de cine de autor. Tenía tanto talento Jiri Menzel (Praga, 1938) para las pequeñas historias humanas que, cuando aún no había alcanzado la treintena, en 1966, rodó su primer largometraje, Trenes rigurosamente vigilados (1966), y logró al año siguiente el Óscar al mejor filme en habla no inglesa, por cierto, en disputa con la cinta de Claude Lelouch Vivir para vivir (nada menos que con Yves Montand, Annie Girardot y Candice Bergen en el reparto) y con la adaptación del ballet de Manuel de Falla El amor brujo realizada por Francisco Rovira Beleta (con Antonio Gades y La Polaca como protagonistas).

Menzel murió el pasado sábado a los 82 años, según informó horas después su esposa, Olga Menzelova, en la red social Facebook, donde relata que falleció tras una larga pelea contra la enfermedad y confortado por el calor de su familia: «Nuestro querido Jiri, ese valiente entre los valientes... Su cuerpo abandonó este mundo trivial en nuestros brazos [...]. Fue nuestro mayor honor y privilegio poder estar a tu lado en tu último peregrinaje a la eternidad».

Prolífico autor teatral, actor y escritor, reconocido en Francia como caballero de la Orden de las Artes y las Letras, fue, sobre todo, un pilar de la denominada Nova Vlná -la Nueva Ola Checoslovaca, que surgió en 1963 contra la excesiva ideologización del cine y feneció solo cinco años después arrollada por la brutalidad de los tanques soviéticos, de paso que aplastaban las protestas pacíficas de la Primavera de Praga- en la que destacaron Milos Forman y otros cineastas como Jan Nemec, Ivan Passer, Jaromil Jires, Vera Chytilová, Ján Kadár y Elmar Klos. Pero Menzel -al contrario de Forman y Passer, que triunfaron (no en la misma medida) en Hollywood- decidió quedarse en su país, por lo que hubo de enfrentarse a la dura censura del aparato comunista.

Esta opresiva vigilancia, acoso y derribo se hizo especialmente patente con uno de sus títulos más celebrados, Alondras en el alambre (1969), que fue explícitamente laminado por el régimen. Es más, Menzel ya no volvió a dirigir hasta 1974. Y se dio un hecho paradójico, casi surrealista, propio de su humor: cuando finalmente se estrenó, en 1990, la cinta se alzó con el Oso de Oro en la 40.ª edición de la Berlinale.

Tanto en Alondras en el alambre como en Trenes rigurosamente vigilados Menzel adaptaba relatos del gran novelista checo Bohumil Hrabal (1914-1997), otro espíritu humilde y libre que, como él, se decidió por una oposición al régimen comunista silenciosa, discreta y desde dentro. Esto le granjeó a Hrabal numerosos reproches y ataques -incluso fue tildado de colaboracionista y traidor- y comparaciones agraviantes con otros grandes de la literatura de su país que eligieron el exilio, como el ya casi francés Milan Kundera.

Bebiendo de la pluma de Hrabal, Menzel rodó también La fiesta de las campanillas verdes (1984) y Yo serví al rey de Inglaterra (2006). Ambos autores coinciden en esa visión del mundo que concita lo fantástico y lo cotidiano, que busca la vida sencilla de las gentes, la taberna y la cerveza, que evoca el espíritu de Jaroslav Hasek y las aventuras de El buen soldado Svejk, entre el humor más surrealista y el más costumbrista, y que dejaba por veces en evidencia la novedad del realismo mágico de Gabriel García Márquez.

Ese cóctel que tan maravillosamente manejaban Menzel y Hrabal es un prodigio de empatía y sabiduría popular, una rebelión ideológica que nada tiene que ver con la manifestación ruidosa y sí con la vida del pueblo. Decía Menzel que siempre admiró de Hrabal su capacidad para «mirar a las personas y verlas como realmente son», sin aspavientos, porque el escritor, incidía, «todavía amaba a las personas».

Trenes rigurosamente vigilados narra la historia de Milos, un joven aprendiz de guarda de estación ferroviaria que, deprimido por el fracaso en el amor, acaba por erigirse en un héroe de la resistencia contra el nazismo.

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