La memoria del presidio de Caetano Veloso, una enmienda al Brasil de Jair Bolsonaro

José Luis Losa VENECIA / E. LA VOZ

CULTURA

Caetano Veloso, en el filme documental «Narciso em Férias»
Caetano Veloso, en el filme documental «Narciso em Férias»

El rescate del cara a cara de «Hopper/Welles» muestra en Venecia al autor de «Ciudadano Kane» aplastando al entonces «enfant terrible» que venía de «Easy Rider»

09 sep 2020 . Actualizado a las 09:10 h.

Narciso em Férias es un ejercicio de cine testimonial privilegiado. Ver y escuchar a Caetano Veloso, solo en plano fijo, relatar lo que fueron sus días de presidio en enero de 1969, en los momentos más duros de la dictadura brasileña, se siente un prodigio de narrativa desde la palabra desnuda. Asisto hipnotizado en el festival de cine de Venecia al relato de Veloso, donde pormenoriza su reclusión, simultánea a la de Gilberto Gil, y cómo desgrana las angustias, la soledad o la incapacidad para sentir (expresada en dos imposibilidades: la de llorar y la de tener una eyaculación).

La evocación del cantante fluye construida desde una emotividad que abarca desde momentos de flaqueza, cuando sí afloran las lágrimas -al recordar el castigo que sufrió el sargento que permitió que abrazase a su mujer-, al humor ante la rememoración de las ridículas acusaciones bajo las cuales fue encarcelado: parece que su música, el movimiento tropicalista que abanderó junto a Gil, «desvirilizaba» a la juventud brasileña. Narciso em Férias se va destilando como obra de honestidad personal porque no hay en su protagonista ni asomo de dramatización. No carga las tintas en su experiencia. No hubo torturas. E incluso Caetano Veloso reconoce que él siempre estuvo muy lejos del socialismo marxista.

Con esa misma legitimidad cobra mayor peso su denuncia de aquellas cárceles de la dictadura -y de las actuales- como una segunda esclavitud porque a los desheredados de las favelas no se les trataba como a seres humanos. Son memorables en su relato las explosiones de esperanza de libertad, que él asocia al Hey Jude de los Beatles. O el perfil del interrogador más siniestro, un tipo que cada día se sentaba horas frente a él, que había sido formado en la norteamericana Escuela de las Américas y acusaba a Caetano Veloso de terrorismo cultural y de seguir las ideas del filósofo Marcuse.