El genio libertario político y sexual de Pedro Lemebel resurge en Venecia

José Luis Losa VENECIA / E. LA VOZ

CULTURA

El veterano actor Alfredo Castro protagoniza la película «Tengo miedo, torero», que adapta la novela de Lemebel
El veterano actor Alfredo Castro protagoniza la película «Tengo miedo, torero», que adapta la novela de Lemebel

El filme «Tengo miedo, torero» narra el amor entre un maduro gay «cross-dresser» y uno de los jóvenes guerrilleros que atentó contra Pinochet en 1986

05 sep 2020 . Actualizado a las 09:23 h.

Pedro Lemebel fue el gran referente de la contestación a la opresiva dictadura chilena de Pinochet, encauzada no ya solo ante lo estrictamente político sino desde la desafiante toma de postura de una homosexualidad que se sentía enardecida desde la reivindicación de la marginalidad como orgullo y arma subversiva. Lemebel, bien conocido en Latinoamérica, terminó de conquistar Europa hace no tanto la relevancia merecida de su obra poética, dramática y literaria. Casi a la altura de un Pasolini andino. Por eso es un acontecimiento que por fin se haya llevado al cine Tengo miedo, torero, su novela de ensoñación homoerótica que cuenta la improbable y por ello liberatoria relación entre un transexual ya en la sesentena y uno de los jóvenes revolucionarios que trató de acabar con la vida de Pinochet en el aparatoso atentado de 1986 que a punto estuvo de acortar la ausencia de libertades en Chile.

Hay en Tengo miedo, torero concomitancias con El beso de la mujer araña, aquella otra sublimación del argentino Manuel Puig, que llevó al cine Héctor Babenco y le valió un Óscar a William Hurt por su rol travestido. No uno sino una docena de ellos merecería Alfredo Castro, ese coloso de la interpretación que en Tengo miedo, torero eleva hasta lo sublime su encarnación de una homosexualidad barroca, feminizada. Y en el contraste entre la decrepitud de su físico y el alma libre que lo habita, explora Castro cimas de genio sin ápice de exhibicionismo.

Esto permite preservar los desequilibrios de tono de ese romance imposible en una cárcel gigante, la del Chile de ese tiempo -como la de William Hurt y Raul Julia en El beso de la mujer araña- entre esa mujer en cuerpo de hombre viejo y quebrado y un joven mexicano que sueña con matar al tirano y volar después a Cuba con su princesa. A la cual, como apunta Lemebel en la novela y en el filme -porque era un revolucionario heterodoxo y sin anteojeras-, hubieran internado nada más aterrizar en un campo de reeducación «por maricón» [sic].

La otra película relevante de la jornada, Padrenostro, tiene lugar también en un país convulsionado por la lucha política, aquí la Italia de formalidad democrática pero espesas sombras de violencia de Estado y de acciones terroristas, la década de plomo de los 70 del pasado siglo. En ella, Claudio Noce aborda la trémula calma antes de la tormenta de fuego de cada día a través de su memoria personal, la del atentado casi mortal que sufrió su padre, el magistrado Alfonso Noce en 1976, a manos del autodenominado Nuclei Armati Proletari.

La vivencia de esa pesadilla de sangre saja la memoria del niño de 11 años que sería el propio Noce. Y este director, en su arriesgada decisión de abordar ese hecho y las reverberaciones en su vida posterior como una detonación dilatada en el tiempo, escenificada como un constante vaivén entre la realidad y la ideación, se vuelca en un excurso desasosegante en el cual la  presencia del padre, su esencia de estar ahí y de haber sobrevivido a la masacre, cobra corporeidad mayúscula en el actor Pierfrancesco Favino, que venía de grabar ya su rostro en tu memoria en la más reciente obra maestra de Marco Bellocchio, El traidor, en la que encarnaba al  primer pentito mafioso, Tomasso Busceta

Y en un cine tan marcado por la visión desde la izquierda de esa década de plomo, Padrenostro, en su búsqueda de una equidad o un hermanamiento de víctimas y victimarios, es un desigual pero fascinante rara avis.