«Trasto, de la mansión a la calle», una herencia envenenada

La tosquedad de factura de la película de animación de Kevin Johnson la aleja de los estándares aceptados por la industria de convencional

Fotograma del filme de Kevin Johnson «Trasto, de la mansión a la calle»
Fotograma del filme de Kevin Johnson «Trasto, de la mansión a la calle»

Inevitablemente, las películas de dibujos con perritos siempre acaban pareciéndose a La dama y el vagabundo o a 101 dálmatas. En Trasto, de la mansión a la calle encontramos a un cachorro mimado que, de la noche a la mañana, tiene que buscarse la vida y sortear los peligros de una orfandad temporal. Con esta fórmula, nada original, dos modestos estudios de animación -uno estadounidense, el otro canadiense- tantean la fortuna de la taquilla en tiempos tan poco propicios para estrenar su pequeña película.

La cosa comienza con el vuelo de una mariposa azul que se pasea por una gran mansión -¡por esa escalera podría descender Bette Davis!- en donde vive como un rey el Trasto del título -Little Trouble es su nombre en la versión original-, un can cuidado nada menos que por mayordomo, terapeuta canino, manicura y peluquera. En los primeros minutos de metraje, la mascota pierde a la excéntrica y millonaria ancianita que lo consiente. Y llegan los sobrinos pobretones a hacerse con la herencia. Para retener la fortuna -les comunica un orondo y eficiente notario-, los dos avariciosos herederos deberán cuidar al tierno bichito del que se han deshecho nada más llegar. «¡Una herencia con cuatro patas!», se queja la sobrina de la mujer fallecida.

Quizá el diseño realista de los miserables sobrinos -cuerpos desgarbados, flaccidez, cinturas hinchadas- y la fealdad de su alma reflejada en sus humanos rostros es lo mejor del filme. Por el contrario, la morfología del protagonista Trasto es un vil fusile de Bolt o del perrito de Mascotas. Una imitación de pariente pobre, otra herencia envenenada, como la del argumento de la película.

El resto de los personajes, humanos y animales, son realmente muy flojos -la repartidora de pizzas que adopta al can, el rastreador que se parece a Kevin Bacon, la perra callejera, las ardillas del parque-, situándose, por texturas y desarrollo a años luz de la factura de los grandes estudios americanos -Disney, Pixar, Dream Works o Illumination-; y su tosquedad los aleja de los estándares aceptados por la industria de la animación convencional. Los famosos miles de pelos con vida propia de Pixar aquí son casquetes clavados en las cabezas de los personajes.

En cuanto al guion, es cierto que puede arrancarte unas sonrisas y que como producto infantil debería funcionar. Nada más.

«TROUBLE»

Canadá-Estados Unidos, 2019.

Director: Kevin Johnson.

Guion: Judah Miller, Rob Muir, John Paul Murphy y Harland Williams (sobre una historia de Jordan Katz).

Música: Jessica Weiss.

Animación.

87 minutos.

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