La ópera vence al miedo en el Teatro Real

El vigués Luis Cansino, uno de los protagonistas de «La Traviata» en Madrid

Un instante de la función de «La Traviata» en el Teatro Real
Un instante de la función de «La Traviata» en el Teatro Real

Cuando a principios de marzo la pandemia arreciaba, las instituciones musicales comenzaron a buscar el modo de seguir conectadas con el público. Las nuevas tecnologías aliviaron los rigores del confinamiento con multitud de representaciones de óperas y conciertos en streaming porque, como decía Browning, el poeta inglés, «el que escucha música siente que su soledad, de repente, se puebla».

Pero nada puede sustituir la genuina emoción del espectáculo en vivo. Lo saben bien los berlineses que en medio de los bombardeos de la aviación aliada, cuando la ciudad se desmoronaba día por día, desafiaban al fuego enemigo para acudir puntualmente a los conciertos que, de manera casi clandestina, seguía ofreciendo la Filarmónica de Berlín bajo la batuta de Wilhelm Furtwängler. No eran héroes jugándose sus existencias, si no personas que, como predicaba Nietzsche, habían interiorizado que «sin música la vida sería un error» (lo que el recientemente fallecido Ruiz Zafón cambió por «sin música la vida no merece la pena ser vivida»).

Algunas instituciones, en su afán por regresar a la normalidad, trabajaron pronto para volver a abrir sus puertas en cuanto fuera posible, y de este modo, ahora, con la comprensión y la ayuda de las instituciones madrileñas, el Teatro Real ha sido el primero en España en volver a ofrecer ópera estos días. A lo largo de todo este mes, el Real ha programado hasta veintisiete representaciones del último título de su presente temporada, La Traviata, de Verdi.

Adecuado el espacio a las limitaciones de rigor (aforo del 50 %) y con medidas adicionales como el ingreso escalonado -pero nada lento- del público, lo primero que puede decirse de esta experiencia es que uno puede sentirse mucho más seguro en su butaca del Real que en las colas de acceso a los aviones donde en la práctica no se guarda distancia alguna, en transportes públicos y ya no digamos en el interior de algunos bares abarrotados. Merecen aplauso el compromiso de la Sinfónica de Madrid y del Coro Intermezzo, que desde junio trabajaron para poner en pie estas representaciones: en el foso los instrumentistas de cuerda utilizan la mascarilla, no así los de viento, que se protegen como mamparas individuales, y en el escenario el Coro, que observa la distancia mínima, la emplea en los desplazamientos pero no a la hora de cantar.

La puesta en escena también se ha adaptado y los movimientos que ha previsto Leo Castaldi, haciendo de la necesidad virtud, están perfectamente medidos para evitar la interacción entre los cantantes. Y podría pensarse, ¿no afectan estas limitaciones al desarrollo del espectáculo, a su apreciación por parte del público? Aquí se imponen dos hechos: el notable entusiasmo de los espectadores ante el anhelado regreso, que aplaudieron como pocas veces en el Real interrumpiendo la representación en numerosas ocasiones, y el impacto emocional de la música de Verdi, un compositor que sabe llegar como pocos, de la manera más directa, al corazón de las personas. Una mezcla que en todo momento se impuso sobre cualquier otra consideración. La emoción se desbordó por el doble reencuentro físico, la idea de volver a pisar un teatro, y musical, la obra de Verdi. De ahí que una representación buena, pero no excepcional, con muchos puntos de interés, sobre todo por lo que aportaron la soprano Ekaterina Bakanova y el barítono vigués Luis Cansino en el dúo que es el meollo de la obra, proporcionaron a los asistentes el rango indiscutible de acontecimiento. En medio de la zozobra de estos días, la idea de que es posible volver a los teatros representa el triunfo del hombre frente a un enemigo mucho peor que el virus, el miedo, la ausencia de libertad.

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