Manuel Vilariño: «La luz norte penetra en ti como el silencio de una estrella»

El fotógrafo une Galicia, Islandia y espiritualidad en dos exposiciones de su obra

Detalle de «Lejano interior», una de las obras del fotógrafo
Detalle de «Lejano interior», una de las obras del fotógrafo

«Ver esa imagen en silencio, en soledad. Como dice San Juan de la Cruz ‘no sufrir compañía’ [risas] solo contemplar el paisaje». El fotógrafo Manuel Vilariño (A Coruña, 1952) no esperó a los días de confinamiento para buscar la soledad: «Cruzar el paisaje es como cruzar silencios. Cuando tú te levantas en plena noche y esperas a que caiga lentamente el tiempo hasta el alba llega a haber un gran silencio dentro de ti...», reflexiona sobre sus vivencias en la preparación de sus fotografías.

Vilariño emula a sus admiradas aves siendo un artista de temporada. Así, en los otoños e inviernos espera a los amaneceres para fotografíar «esos paisajes de luz auroral». A veces lo hace después de bajar el acantilado que lleva a la playa de las arenas negras de Cedeira o a las rocas que se adentran en el mar de Ortegal. En otras ocasiones aguarda frente a un glaciar de Islandia.

En primavera desaparece. Lo hace para dedicarse a los bodegones, la naturaleza muerta, «lo que llamo la mesa conventual, el estudio interior. Esa es una línea más intima pero está interconectada con la exterioridad, con el afuera, que es la intemperie».

Se considera «un cazador de imágenes. No tengo nada que ver con el documentalismo, que respeto y admiro muchísimo pero yo vengo de otros mundos...», argumenta. «Vengo de las tierras del confín atlántico, de sus montañas, de sus misteriosos mares. Mi fotografía y mi poesía, dos alas del mismo pájaro, vienen del diálogo con la naturaleza, con la mitología o las divinidades marinas». Esto cuenta Vilariño en el texto de su exposición The Tempest en la galería Vilaseco de A Coruña, donde cuelga nuevas imágenes de Galicia e Islandia que podrán verse hasta finales de julio. 

Líneas de fuga

La exposición de la galería coruñesa la inauguró a finales de febrero, lo mismo que otra en la iglesia de la Universidad, en Santiago. Esta última lleva por título Rizoma y le permite «conectar con la espiritualidad de ese sitio». «Es como una mirada a mi obra desde la lejanía. Mis obras van surgiendo como puntos que pueden alinearse, como líneas de fuga. Pueden verse las Polaroid de los años 90 que son bodegones homenaje al tardo barroco, a Sánchez Cotán; son muy autobiográficos y están enfrentados a los distintos altares de la iglesia», añade.

En A Coruña, The Tempest «se centra en esa cita de Shakespeare donde dice que la materia de nuestra vida son nuestros sueños. En esta exposición muestro fotos del océano, del mar, que siempre tienen algo que ver con la tempestad. Me aproximo a estos lugares a través del caminar. Es volver a la idea de Thoreau, el naturalista americano, que es la idea de mi vida: volver a la celda, volver a la cabaña frente a la presión de la pantalla tecnológica. Prefiero el contacto con los árboles, con el mar, al contacto con la tecnología».

Apunta Vilariño que Islandia y Galicia tienen un océano a veces muy similar y, además, «tienen la misma luz, esa luz norte, que puede ser azul, gris, verde, plomiza... Es una luz que te penetra como el silencio de una estrella cuando estás en medio de la noche y no hay ninguna otra luz». 

«El acantilado es mi estudio»

«La tierra revela y el mar es revelador», enfatiza Manuel Vilariño. Después entra en las entrañas de la tierra evocando la primera vez que fue a Islandia, hace 25 años, «porque me interesaba la geología. Había hecho el curso de doctorado en geología, aunque ya era fotógrafo. Por eso me gustan los glaciares de la Capelada, esos acantilados son un laboratorio geológico, con esas rocas únicas...». El recorrido por la costa de Ortegal le sirvió para hacer un descubrimiento: «Mi experiencia definitiva es que el acantilado es mi estudio. ¿Qué pretendo con mis paisajes? Que al caminar o al percibir un paisaje te transmita silencio. Percibir. Tocar. Sentir. Es como el sentido originario de un paisaje que, en definitiva, es contemplativo. La contemplación es fundamental en mi fotografía».

En ese acantilado, al lado cerca de San Andrés de Teixido, «estás arriba pero tienes que bajar a lo que llaman en Galicia os coídos, las rocas. Cuando bajas al fondo del acantilado ves cómo el océano se te aproxima, notas las potencias del mar».

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