Bilbao, qué cosecha la del 75

Íñigo Redondo y Galder Reguera debutan en la gran novela con sendas sólidas apuestas

Galder Reguera (izquierda) e Íñigo Redondo
Galder Reguera (izquierda) e Íñigo Redondo rogelio ruiz

Redacción / La Voz

Hay una chanza muy popular que juega con la idea de que el bilbaíno nace allí donde le da la gana. En este caso, Íñigo Redondo y Galder Reguera, a lo de ser bilbaínos sí o sí, han venido a sumar la elección del mismo año de nacimiento (1975), de la literatura como empeño vital y del mismo momento para su debut en la gran novela, los primeros días del 2020. Más allá de eso y de que gastan un look capilar con cierto parentesco -véase las fotografías que acompañan este texto-, las convergencias mueren ahí.

A no ser que se valore lo que el covid-19 ha tenido de incidencia negativa -nefasta, es más- en la potencial explosión de sus libros. Pero en esta desgracia caminan ambos junto a decenas y decenas de autores, a los que el estado de alarma atrapó y sepultó y dejó arrumbadas las promociones de sus obras. En ese aspecto Redondo partió con alguna ventaja al llegar Todo esto existe a las librerías el pasado enero, lo que le permitió cierto recorrido, exitoso además, y situó su nombre en un espacio podría decirse que de culto. Un mes después de aparecer, Penguin Random House tenía en marcha ya una nueva reimpresión. El Libro de familia (Seix Barral) de Reguera no salió hasta mediados de febrero, por lo que el impacto de la pandemia resultó casi fulminante.

Pero los libros están ahí. Siguen su camino, en muchas ocasiones lento, silencioso. Gracias al precioso legado de la imprenta, no cargan con la evanescencia de un frame, de la luz parpadeante de una pantallita. Y, dada su calidad, aguantarán la resaca y saldrán de nuevo a flote.

Sí, felizmente, Todo esto existe y Libro de familia perviven, plenos de salud, pero sus trayectos, si tortuosos, han de ser bien diferentes porque las propuestas literarias que defienden no pueden ser más antagónicas. Pero el lector que no se guía por prejuicios puede disfrutar perfectamente los dos en sus muy, por insistir, divergentes perspectivas.

El relato de Todo esto existe requiere de su autor una relevante voluntad noveladora, tanto desde el punto de vista documental como en el aspecto imaginativo. Pero Íñigo Redondo logra una perfecta conjunción de ambas fuerzas para erigir una narración sobresaliente, con un ritmo perfectamente conducido, lleno de tensión, una ambientación notabilísima y una atmósfera terriblemente opresiva. Una historia morosa pero electrizante que se desarrolla en una ciudad de Ucrania en la década de los años ochenta, lo que en un inicio parece una decisión caprichosa pero que poco a poco se tornará en algo decisivo, revelador, tóxico, aplastante.

La asfixiante historia -cuya estructura y desarrollo exige con especial esmero no caer aquí en el spoiler- parece concebida por alguien que sabe que unos meses después de colocarse en los escaparates el mundo se verá inmerso en un drástico confinamiento por una pandemia, que las personas conocerán cotidianamente, en sus hogares, lo real que puede ser una situación apocalíptica -digna de los anaqueles reservados al género fantástico-. También pareció adivinar (o conocer) Redondo el eco que habría de alcanzar cierta serie televisiva que juega con pericia con la non-fiction.

Todo para construir su fascinante universo apenas alrededor de dos seres desvalidos que en ese derrumbe del mundo conocido -en ese enclaustramiento suyo, tan puro- tratan de crear su espacio de seguridad, de ser felices. 

Valentía confesional

Nada que ver con la novela confesional de Reguera. Que muchos percibirán como exhibicionista pero que todos deberían ver como valiente, audaz. Porque el narrador viaja al pasado -en la época sí se encuentra de algún modo con Redondo- en pos de su propio yo, en una dolorosa pesquisa por la historia familiar, la de su madre y la de su padre, a quien no conoció porque él murió en un accidente de tráfico cuando su joven esposa estaba embarazada de su segundo hijo, al que llamará Galder.

El estilo de este Libro de familia puede parecer deslavazado si se tiene a Redondo y su prosa -que goza del don de la medición, del tempo- como referencia. Reguera se vuelca con todo su ser en la indagación y la dispone sobre el papel como si lo empujase una vocación oral. Mezcla con gran naturalidad lo que sabe y lo que va descubriendo con cómo lo va descubriendo, con sus sinsabores y euforias, entreverando el relato y su propio making-of -incluidas las reticencias de la madre a sus insistentes preguntas- y dándole al texto una agradable apariencia documental.

Reguera sirve un libro de gran frescura pero que no se ahorra las miserias familiares, que, por otra parte, evocan las de casi todos. Quizá es esta identificación la que hace de esta novela algo tan cercano, emocionante y empático.

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