El vino de autor de Leo Caldas


Leo Caldas tiene buen diente, y gusto para el silencio. Y más lectores que vanidad. Se los ha ganado a pulso sin forzar el gesto, con laconismo, también con chocos y con caldo, con xeito, con un oficio que aborda como su autor, Domingo Villar, que no retira el andamio hasta que la historia aguanta sola, sin que el lector eche los brazos. Ese xeito de contar (lo justo), que resuelve muertes dando un rodeo esencial a los pequeños placeres de la vida, nos cala como la lluvia a calderos que parece querer ahogar el crimen de La playa de los ahogados. La aparición del cadáver maniatado de un marinero es el caso para un Caldas evocador en este bestseller medido y delicioso, de un costumbrismo desacostumbrado en la novela negra, un libro el que nos quedaríamos horas, o meses, al fuego, degustando el vino que hace el padre de Leo, abrazados a su sabiduría. Dura en el paladar esta literatura que no embriaga, en la que uno se decide a irse quedando, sin miedo a perder el último barco.

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