El grito definitivo del rock n' roll

Fallece Little Richard a los 87 años, un pionero del género que rompió con su música barreras sociales, raciales y morales

Little Richard, en un directo en Gijón en el 2005, el último concierto ofrecido en España
Little Richard, en un directo en Gijón en el 2005, el último concierto ofrecido en España

Redacción

Little Richard se crio en una pequeña localidad de Georgia, Macon en donde nació en 1932. Vivía al lado de una vía del tren. Cada vez que el ferrocarril pasaba se levantaba toda su familia. Eran once hermanos. «Nadie podía dormir. El tren hacía ese ruido, chaca-chaca, chaca-chaca, chaca-chaca. Para mí era un ritmo. Para mí era una canción», decía a mediados de lo noventa en el documental Dancing in the Street de la BBC. Ahí, sin saberlo, se estaba moldeando el latido de un futuro corazón de rock n’ roll. Su educación musical en el góspel de las iglesias evangelistas, su bisexualidad manifiesta y su aterrizaje dentro de los espectáculos de variedades pusieron el resto para que todo cambiase.

En los escenarios terminó tras ser expulsado de casa por su padre, un diácono de la iglesia baptista que se dedicaba al contrabando de alcohol. Moriría asesinado poco después en un ajuste de cuentas. No aprobaba las andanzas homosexuales de su vástago que, además, se relacionaba con chaperos y aguantaba las burlas de otros chicos al tener una pierna más corta que otra. Es decir, aquel adolescente tenía todos los papeles para ser un perdedor hasta que encontró en una nueva música naciente su tabla de salvación: el rock n’ roll.

Las primeras grabaciones de Little Richard datan de 1951 y están claramente influenciadas por el blues y el rythm & blues. Sin embargo, en el interior de aquel enclenque joven de comportamientos exagerados se germinaba una fuerza que no explotaría del todo hasta cuatro años después. En las radios escuchaba a Ray Charles y B. B. King. Pero él ansiaba otra cosa. «Estábamos cansados de la vieja música, queríamos movimiento», explicaba. Y ahí, como un volcán en erupción, surgió el grito definitivo: «A-wop-bop-a-loo-bop-a-wop-bam-boom». En España se pronuncia: «A-uam-ba-buluba-balam-bambú».

Esa expresión se incluyó en Tutti Frutti, un éxito inmediato que llevaba más allá el sonido de Fats Domino. Incrementaba la fuerza, el histrionismo y la excitación. También servía como una fotografía perfecta del cambio que el rock and roll estaba provocando en la sociedad americana. La canción, de claro contenido sexual, la interpretaba un negro del sur en una época de segregación. Y esa música encantaba a los jóvenes blancos, horrorizando a sus padres. Aunque sus emisoras no pusieran Tutti Frutti, las radios dirigidas a los afroamericanos, sí. Las ondas hercianas rompían las barreras raciales y morales.

Tutti Frutti se grabó en 1955 y despachó un millón de copias. Luego llegarían otras piezas que forman parte del repertorio imprescindible del rock como Long Tall Sally y Good Golly Miss Molly, situando al artista entre los grandes nombres de aquel nuevo género que sacudía América. Aunque su desmesurado ego chocó con ellos, Richard se situó en la línea de Chuck Berry o Jerry Lee Lewis, la más peligrosa e inmoral. En frente se encontraba Buddy Holly y Elvis Presley.

Revelación religiosa

Sin embargo, aquel artista salvaje tuvo una revelación en 1957. En Australia vio una bola de fuego. La interpretó como una señal de Dios. Era el lanzamiento del Sputnik 1, el primer satélite artificial de la historia. Pero para él se trataba de un mensaje del Señor para que dejara su vida descarriada. Esta incluía muchos excesos sexuales, en especial orgías constantes en la que le gustaba ser un mirón.

El parón duró hasta 1962, donde volvió al rock and roll. Lógicamente, encadenó con sexo y drogas en cantidades ingentes. Se dedicó inicialmente a la música góspel, logró algún éxito como Bama Lama Bama Loo y, ya en los setenta, grabó álbumes como The Rill Thing (1970), King Of Rock n’ roll (1971) y Second Coming (1972). Ya no gozaron del suceso de su material mítico. Su vida descontrolada lo llevaría de nuevo a la religión. Se convertiría en predicador, renegaría de sus antiguas andanzas y pasaría a ser un personaje caricaturesco, insistiendo que él era el más grande de todos.

Su huella se manifestó en artistas como los Rolling Stones, Jimi Hendrix y James Brown. Pero, más allá de nombres concretos, su espíritu ha sobrevolado décadas y décadas, manifestándose siempre que el rock aúlla, se descontrolaba y hace temblar el suelo. Cuando formaciones modernas como Primal Scream cantaban «Shake It Baby» (Miss Lucifer), realmente estaban invocando a aquella fuerza primigenia. La que un día patentó un perdedor de Georgia que le dio totalmente la vuelta a su destino.

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