La cabeza de Salomón del Maestro Mateo en el pórtico de la Gloria

Fotografías de Thurston Thompson revelan que la cabeza no fue destruida por un rayo en el XVIII, sino que todavía se conservaba en 1867


Cuando la creíamos perdida para siempre, la cabeza de la efigie del rey Salomón diseñada por el Maestro Mateo para la fachada del pórtico de la Gloria se nos aparece transfigurada en sepia, como flotando en la nebulosa monocromática de un sueño. Sus detalles quedaron registrados para la posteridad antes de su destrucción gracias a una mezcla de clara de huevo y bromuro de potasio, la composición química de las albúminas que integran el dosier de imágenes de la catedral de Santiago realizado por el fotógrafo británico Charles Thurston Thompson en 1867. Una de ellas muestra una perspectiva general de la fachada del Obradoiro donde se aprecia una vista frontal de la escultura en la que podemos percibir el ágil movimiento de la cabeza original hacia la derecha, creando un dinámico contraposto, tan «mateano», con la direccionalidad del torso.

En otra, nos aproximamos al rey por su flanco izquierdo para admirar su perfil coronado con una diadema de la que cae una cascada de rizos tubulares que reposan acaracolados sobre los hombros. Restos de ellos todavía se conservan en el cuerpo que nos ha llegado, sobre el que ahora se asienta una cabeza con un rostro tan toscamente delineado que, en vez de una creación ex novo para sustituir una pieza perdida, como se creía, parece resultar de una fallida cirugía reconstructora realizada por un cantero sobre el bloque original, posiblemente mutilado en su perímetro por una caída provocada por algún accidente, quizá relacionado con los espectáculos pirotécnicos de las fiestas del Apóstol y la quema de la fachada neomedieval que se levantaba en el pretil. La «máscara» sin cuello que vemos hoy distrae, y detrae, de la belleza de la escultura, una de las más prodigiosas del pórtico en cuanto a diseño y ejecución, y debería de ser retirada, musealizada por separado, y sustituida por una réplica que restaure visualmente la disposición y volumen originales.

La dimensión artística de esta portentosa figura puede calibrarse al imaginarla colocada en el lugar para el que fue concebida, en la jamba sur de la entrada norte del pórtico, donde se erigía en una muestra paradigmática de la brillantez del diseño escenográfico del maestro Mateo, quien concibió el nártex como un ecosistema vivo de forma que el espacio construido se integraba en su entorno natural al verse afectado por las condiciones atmosféricas del paisaje que lo rodeaba. Desde allí saludaba a los visitantes girando su mano derecha hacia el exterior, un movimiento que hacía que su manto, agitado por el viento que soplaba desde la plaza, se arremolinara en torno al antebrazo de la otra mano, describiendo en su caída multitud de pliegues que oscilaban hacia el interior del pórtico. Frente a él estaba la efigie de su padre el rey David, ambos dirigiendo su mirada hacia la nave norte de la catedral. Servían así de testigos privilegiados del descenso de Cristo al limbo para rescatar a las tribus de Israel representado en la arcada interior con lo que se transformaba esa sección del nártex en una dramatización envolvente de la Anástasis. En su posición en la fachada, conformaban, además, el tándem de monarcas constructores de templos que eran frecuentemente invocados en la liturgia de la consagración de las iglesias y, seguramente, entre ellos, pasó la solemne comitiva que ofició la consagración de la catedral en 1211 dando la oportunidad a que sus «descendientes» de la dinastía galaico-leonesa, el rey Alfonso IX (VIII de Galicia) y su heredero, Fernando, pudiesen elevar su mirada para educarse en la contemplación de la belleza estética y ética de los semblantes de sus modelos bíblicos. En los rostros que vemos hoy, uno erosionado por la lluvia y otro difuminado en sepia, se condensa el ethos y el pathos del Reino de Galicia.

Francisco Prado-Vilar. Real Colegio Complutense. Harvard.

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