Fallece José Jiménez Lozano, premio Cervantes 2002 y uno de los secretos mejor guardados de las letras españolas

Periodista, poeta, ensayista y narrador, deja una obra heterodoxa y libre, y un interesante corpus diarístico integrado por ocho libros

José Jiménez Lozano, retratado en su despacho de trabajo en su casa de Alcazarén (Valladolid)
José Jiménez Lozano, retratado en su despacho de trabajo en su casa de Alcazarén (Valladolid)

Redacción / La Voz

En una de las columnas que diariamente escribía en La Voz de Galicia -en la del 16 de enero del 2001-, Carlos Casares hablaba de José Jiménez Lozano (Langa, Ávila, 1930) como «un home dun talento excepcional, pero pouco coñecido do gran público porque vive alonxado da vida literaria, pechado na súa casa de Valladolid». Casi veinte años y un premio Cervantes (el del 2002) después, la obra del abulense sigue siendo uno de los secretos mejor guardados de las letras españolas. Cervantino convencido, decía del Quijote que era como un «cuerpo muerto que hay que diseccionar como un forense para extraer el mayor conocimiento posible», y que, para lograr los más óptimos resultados, era necesario «conocimiento de existencialidad y cierto instinto policial y de sabueso. [...] Hay que percatarse de que la naturaleza de la obra de Cervantes es literaria y por tanto, tan enigmática como la naturaleza humana. Él quiso levantar la vida con palabras y no con una simple alineación de acciones. El escritor vivió la historia de su tiempo y no instrumentalizó a sus personajes como marionetas ni construyó la novela desde las técnicas establecidas de la narración».

La concepción de la literatura de Jiménez Lozano comporta -además de un sobrio, exquisito y trabajado estilo en lo estético- un sólido posicionamiento ético y una discreta honestidad que hoy, en este mundo caracterizado por la palabra volandera, la velocidad, el ruido y las fake news, sería muy difícil de entender. No en vano, lamentaba a menudo la deriva que llevaba la información hacia la mera comunicación, cómo triunfaba la corrección política y el modo en que el exceso de impactos mediáticos acaba con la riqueza del matiz, la tranquilidad, la compasiva ironía y la alegre bondad en la expresión pública (y en la no tan pública). Él, que era la encarnación de la capacidad de reflexión y la búsqueda del silencio.

En una entrevista que concedió hace poco más de un año a El Norte de Castilla, apuntaba no sin humor: «Oigo hablar de las redes sociales como en el siglo XVI se oía hablar de los turcos, me pillan lejos, pero, por lo que leo y oigo, pienso que ese asunto puede acabar muy mal. Por lo que me dicen es mundo de muchas bajezas, venganzas, violencia y lucha política. Aunque también está la otra cara, por lo visto, pero la multitud de los sin escrúpulos gana siempre. Hemos pasado de la obscenidad en la puerta del baño público a escribirlo para una multitud que lo lee y se lo cree», reprobaba.

En este sentido, era un hombre de otro tiempo, también por las razones del apartamiento voluntario en que vivía y al que aludía Casares. Prácticamente desde que había dejado su trabajo y la dirección del periódico El Norte de Castilla -e incluso mucho antes-, su vida era un ejercicio de retiro y escritura que hunde sus raíces en el árido paisaje castellano, enfocado siempre desde la sencillez, la modestia y la economía de medios. Había llegado al diario a mediados de los años 60, de la mano de su entonces director (y maestro) Miguel Delibes, con quien Jiménez Lozano guarda no pocos paralelismos.

Todos los géneros

Su escritura se caracteriza por un bruñido sosegado y constante de la palabra, por un trabajo callado, pero también por una heterodoxia absoluta que lo llevó a frecuentar los más diversos géneros, desde el ensayo, la poesía y la novela, a los diarios, la memorística, los relatos y los artículos que, pese a surgir de su formación y profesión periodísticas, se movían también en un muy amplio espectro que no evitaba el pensamiento, la filosofía, la historia y la religión. Es verdad que la íntima raíz de la condición humana estaba detrás de toda su producción literaria. Incluso en su condición de católico anidaba el espíritu de un humanista disidente, de un subversivo, respetuoso pero crítico.

Una de sus máximas, desde que echó a andar en el oficio de escribidor -si escribía era, por encima de todo, para contar, solía insistir-, surgía precisamente del hecho de que nadie le marcara los límites ni las intenciones de lo que quería escribir. La libertad absoluta, incluso en su alma conservadora, era su única guía.

El escritor y periodista abulense afincado en Alcazarén (Valladolid) falleció este lunes a los 89 años, tras ingresar en el Hospital Clínico Universitario de Valladolid como consecuencia de un infarto.

«La querencia de los búhos», última antología de cuentos

La obra de José Jiménez Lozano es amplia y muy variada, y en los 90 experimentó una eclosión en el ámbito narrativo que dejó preciosas muestras como El mudejarillo (1992), La boda de Ángela -1993, una maravilla- y Las sandalias de plata (1996), aunque es cierto que el camino se había iniciado ya a gran altura veinte años antes con Historia de un otoño (1971), El sambenito (1972) y La salamandra (1973). En 1976 publicó su primer volumen de cuentos, El santo de mayo, y dos años después su ensayo Los cementerios civiles y la heterodoxia española (1978), al que siguió poco después Sobre judíos, moriscos y conversos (1982). En el 2002 fue galardonado con el Cervantes por su trayectoria, y en 1989 ya había recibido el premio de la Crítica por El grano de maíz rojo, otra de sus antologías de cuentos, como Un dedo en los labios (1996) y La piel de los tomates (2007). En 1992 había obtenido el Nacional de las Letras.

En 1986 publicó el primero de sus diarios (Los tres cuadernos rojos), y el octavo, 32 años después, Cavilaciones y melancolías, en el 2018, cuando apareció su novela Memorias de un escribidor, que da continuidad a Maestro Huidobro (1999). Todo ello da idea de que seguía en el tajo, incansable. De hecho, en junio del 2019 llevó a las librerías la colección de cuentos La querencia de los búhos.

Con su Guía espiritual de Castilla (1984) y su libro sobre Ávila (1988) se erigió además en imprescindible embajador castellano. También publicó nueve hermosos poemarios y cinco antologías de artículos. 

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