Santiago, la patria chica de Erasmo

Una investigación de las universidades de Santiago, A Coruña y Córdoba halla en las bibliotecas históricas de la ciudad más de 80 obras del humanista de Róterdam


santiago / la voz

Justo Carnicero pasa la mano por el lomo y lee, «Enchiridion, 1525». Quizá la hayan fotografiado un millón de veces, pero el detalle que ahora acaricia el investigador suele pasar desapercibido. La estatua de Fonseca, quizá uno de los símbolos más reconocibles de la Universidade de Santiago, sostiene una obra de Erasmo de Róterdam, el humanista que, a pesar de los ataques furibundos de la censura, está grabado a fuego en la cultura europea. Y Compostela era, antes y después de la censura, una ciudad profundamente erasmista.

Lo demuestran las 83 obras del siglo XVI que se han hallado en las bibliotecas de la universidad, del Museo das Peregrinacións, de San Francisco y en la Catedral. Semejante cantidad de obras «no las hay en Salamanca», alerta Justo. Una representación de ese vasto patrimonio bibliográfico está expuesto en el Colexio de Fonseca, a pocos metros de un claustro rodeado por la famosa frase resumida en el Gallaecia Fulget. Su autor, Álvaro Cadaval, primer profesor de Letras latinas en la USC del que se conoce el nombre, fue condenado por la Inquisición a las cárceles de Lisboa por erasmista.

Dividida por secciones, en la muestra se pueden ver desde gramáticas hasta obras de filología bíblica y además, una selección de la crítica contemporánea con Erasmo. La exposición Erasmus Compostellanus: Las obras de Erasmo de Róterdam en la Compostela del siglo XVI, comisariada por Justo Carnicero y Jorge Ledo, nace de un proyecto de investigación en el que colaboran las universidades de Santiago, A Coruña y Córdoba, que busca catalogar las obras de Erasmo del siglo XVI que se encuentran en las bibliotecas históricas actuales. Y en Compostela han aparecido ejemplares hasta ahora fuera de los catálogos (como un De octo copia y unos Coloquios sin censurar) y se conservan piezas únicas en España, como De bello Troiano de Dictis de Creta, que formó parte de la biblioteca particular de Jerónimo de Acevedo, el tercer conde de Monterrei.

Así actuó la censura

Si de alguna manera se puede definir la censura ejercida por la Inquisición sobre la obra de Erasmo esa palabra es violencia. Una violencia censora que comenzó en 1559, cuando Pablo IV condenó casi totalmente el trabajo del humanista, que pasó a formar parte del Índice de Libros Prohibidos de Fernando de Valdés. Y sin embargo, siguió leyéndose. Y su legado ha llegado hasta hoy.

De ambas cosas, de los ataques censores y del hecho de que siguiese siendo un autor con predicamento, aunque debía leerse a escondidas, da testimonio la exposición de Compostela. En los ejemplares exhibidos se «arrancaron más de 200 páginas y luego pusieron al lado que no tenían que haberse arrancado, pero ya está. Hay varios así. Las censuras fueron más allá de lo que la gente se imagina». En otros se puede ver cómo se pegaron papeles en blanco sobre el texto, o cómo se tacharon con tinta negra párrafos enteros. Curiosamente, los ejemplares que pertenecieron a miembros de los tribunales inquisitoriales y a personas que denunciaron a otros frente al Santo Oficio son los que están sin expurgar. Libres del ataque censor que se emprendió contra Erasmo. En Santiago se conserva una biblia de Frechilla, uno de los miembros del tribunal que juzgó a Fray Luis de León, y también un ejemplar que perteneció a Diego de Zúñiga, quien lo denunció voluntariamente ante la Inquisición. O unos Coloquios totalmente libres de censura.

En los ejemplares que se exponen en Santiago también aparecen anotaciones al margen, subrayados... Pequeñas marcas que demuestran que se leía a Erasmo a pesar de todo. ¿Quién? «Primero, gente que sabía leer», explica Carnicero. Y sobre todo «gente protegida». Como Ana Enríquez, la madre del arzobispo compostelano que incauta la biblioteca erasmista de Bartolomé de Carranza. O Ana de Brisuela, hermana del médico de la Inquisición de Valladolid. La Compañía de Jesús utilizaba sus gramáticas y siguió leyendo a Erasmo después de la prohibición, según ha comprobado Carnicero, cuya tesis está centrada en las bibliotecas jesuitas de Galicia.

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