Roger Bernat: «Teatro y justicia usan la ficción desde perspectivas opuestas»

Dirige «Please, continue», un juicio a Hamlet con la participación de profesionales del Derecho en ejercicio, que hoy se celebrará en Santiago

Bernat, con los profesionales que juzgarán a Hamlet
Bernat, con los profesionales que juzgarán a Hamlet

Santiago

Hamlet será juzgado este viernes en Santiago (Facultade de Dereito, 20.30 horas) por el asesinato del padre de su novia. El juez será Ángel Pantín, presidente de la sala compostelana de la sección sexta de la Audiencia Provincial de A Coruña; el fiscal, Antonio Roma, exresponsable del área de Santiago; y el abogado, Jesús Alonso. Ellos se han sumando a Please, continue (Hamlet), la pieza teatral dirigida por Roger Bernat que este viernes protagoniza el festival Escenas do Cambio. Del veredicto se encargarán personas del público. En el montaje, solo tres de los participantes serán actores, uno de ellos, el propio acusado, Hamlet.

—¿Por qué un juicio a Hamlet? El punto de partida fue, en realidad, un caso real de un crimen en Francia.

—Volver a juzgar a una persona que ya había sido juzgada y que, además, estaba pagando sus crímenes en la cárcel nos parecía éticamente complicado, porque eran personas concretas, que vivían Marsella y sus dramas personales no teníamos que ventilarlos nosotros. Por tanto, decidimos borrar las pistas de sus nombres y hacer un híbrido entre la realidad de sus casos particulares y la obra de Shakespeare que nos permitía dar una visión menos dramática a los espectadores, que luego podrían juzgar los hechos sin tener la sensación que estaban interfiriendo en la vida de una persona particular.

—¿Qué le llamó la atención de este juicio para llevarlo a escena?

—Era una caso muy banal y, por lo banal, muy dramático. Muchas veces la vida nos arrastra a situaciones que nos pueden parecer absurdas, que de alguna manera condena a la víctima y nos condena a nosotros. Eso me parecía interesante darlo a reflexionar al público porque nos permite hacer el esfuerzo de ponerte en la piel de otra persona. En cualquier juicio cuando estás haciendo de jurado popular el único esfuerzo que vale la pena hacer no es saber si es culpable o inocente, lo único que vale la pena es intentar entender quién es esa persona y por qué lo hizo. Las historias más peliculeras del mal absoluto, son simplificaciones de una cosa mucho más compleja.

—¿Por qué implicar a profesionales del ámbito judicial en este montaje? ¿Es difícil convencerlos?

—La verdad es que nunca ha sido difícil. Además, siempre hemos tenido la suerte de tener la complicidad de los profesionales del ejercicio con más renombre y con casos más difíciles de cada una de las ciudades a las que hemos ido. Tienen tendencia a sumarse al proyecto gente que tiene una vinculación con la justicia que va mucho más allá de la profesional. Muchas veces es gente que tiene una dedicación a la justicia por razones éticas. ¿Por qué ellos? Porque son la parte contraria de lo que es el teatro. El teatro y los actores parten de la ficción para parecer que hacen algo de realidad y la justicia hace lo contrario, parte de la realidad e intenta parecer una ficción porque, de no ser así, el ejercicio de la justicia sería sencillamente una venganza, un linchamiento. Teatralizamos tanto la justicia para que salga de nuestra idea que lo que estamos haciendo es linchar a la persona que estamos juzgando. Entonces, me parecía bonito unir estos dos mundos que usan la ficción desde perspectivas totalmente opuestas.

—Dice que es fácil convencerlos, ¿en Santiago tampoco le costó mucho implicar en el proyecto al juez Pantín y al fiscal Antonio Roma, entre otros?

—Lo difícil es encontrar a la persona que vale la pena llamar. Una vez que tienes localizada a esa persona, normalmente, esa persona, cuando entiende que es un proyecto en el que todos vamos a trabajar desde nuestra profesión, es decir, los actores hacen de actores, y el fiscal, el juez y el abogado trabajan exclusivamente desde su profesión, es fácil. Entienden cuáles son las reglas del juego y, finalmente, todos vamos a mostrar al público cuál es nuestro rol profesional en la sociedad.

—Lleva más de 150 representaciones, ¿qué es lo que más le sorprende? Son diferentes países, sistemas judiciales distintos...

—El veredicto del jurado popular cambia muchísimo, ya no dependiendo del país, sino del juicio. Pero lo que más me ha sorprendido después de hacer el espectáculo en 14 países diferentes es cómo la justicia se representa a sí misma con unas reglas teatrales que varían muy poco, pero que, al final, como en cualquier ficción, hacen que el juicio sea completamente diferente. Por ejemplo, en España, el jurado popular se encierra en una habitación para deliberar y están solos; en Francia, se encierran con un juez, eso hace que cambie muchísimo cuál es el veredicto final. En Brasil, los ciudadanos tienen que decidir individualmente sobre la culpabilidad o inocencia del acusado, sin tener derecho a hablar con nadie del resto del jurado, por eso es mucho más angustiante. En España, el acusado es el primero en hablar y luego lo hacen los testigos; en Estados Unidos, es al revés, escucha a todos los testigos y luego puede testificar. Esos pequeños elementos hacen que uno entienda que la puesta en escena de la justicia, de alguna manera, es un retrato de cómo la sociedad se representa a sí misma.

—Y Hamlet, ¿fue más veces inocente o culpable?

—Estamos mitad y mitad.

—¿Depende mucho de los abogados y del fiscal?

—Y también de esas nueve personas escogidas al azar entre el público, que finalmente toman esa decisión. Esa decisión se toma por razones que a mí todavía se me escapan. Al final, acaba siendo como tirar una moneda al aire.

—En uno de sus textos dice: «Me doy cuenta que lo que me gusta poner sobre un escenario es lo que no se mantiene en pie, lo que todavía no está formado, lo que es imperfecto. Quizás por eso rara vez trabajo con actores de método». En este juicio a Hamlet, solo tres son actores, uno de ellos es el acusado. ¿Qué trabajo diferente le exige?

—Lo primero que exige es entender que cada una de las funciones va a ser diferente y va a ser diferente en sus últimas consecuencias, como no hay ningún preestablecido, cada persona va a decir lo que en ese momento se le ocurra. Por eso, mi parte de autoría es una autoría muy rebajada. Nada de lo que se va a decir lo he escrito yo. Por otro lado, eso implica también tener mucha confianza en que el teatro es un trabajo que se hace conjuntamente. Por lo tanto, los actores, sean profesionales o no, tienen una parte de autoría en la pieza.

«Nunca hubo cuarta pared»

—En esta pieza de «Please, continue (Hamlet)» y en otras que ha realizado ha derribado la denominada cuarta pared, ya no existe esa barrera entre el escenario y el público. ¿Por qué esa necesidad de tirarla? ¿A quién le cuesta más afrontar su desaparición: al propio espectador o a los actores, directores y demás profesionales?

—La cuarta pared no es que yo la derribara, es que nunca hubo cuarta pared. Esa idea de que el espectador es un ser autónomo, crítico y con capacidad de juzgar aquello que tiene delante, no deja de ser una invención del modernismo que pensó que realmente era posible ser espectador de algo sin ser al mismo tiempo cómplice. Yo tengo la sensación de que en el mundo en el que vivimos cuando uno es testigo de alguna cosa, al mismo tiempo está siendo cómplice de aquello que está viendo. Por lo tanto, no existe cuarta pared en ninguna circunstancia. Llevar al teatro esta realidad es una manera de ser consecuente con el mundo en el que vivimos y de no simplificar el teatro para consolar al público. Es verdad que es más difícil enfrentarse a una realidad en la que uno forma de los personajes de la obra, aunque uno solo sea una persona entre las nueve que va a decidir sobre la culpabilidad o inocencia de Hamlet, pero me parecía importante no seguir replicando esta idea de un espectador soberano, que decide sobre el bien y el mal como si él no formara parte de la realidad que pretende juzgar.

—¿Y cuesta a los espectadores dejar ese papel de observador?

—Vivimos en un mundo que no para de interpelarnos y no para de pedirnos la participación. Estamos en redes sociales, atendemos al teléfono, la televisión permite que enviemos mensajes durante la celebración del programa; vivimos en un mundo en el que la palabra que está al orden del día es: participa. Por eso, el teatro no debería quedarse al margen de esta paradoja porque es una sociedad que te exige participar, pero que poco a poco te va llevando hacia un lugar en el que tu participación acaba siendo más ficcional que real. Las decisiones, por mucho que a ti te parezca, no las tomas tú sino que las toma otro mientras le estás dando al «like». Entonces, el espectador no se sorprende, vive sumergido en un mundo donde ya los discursos no son unidireccionales, sino que hay dos direcciones. Lo que luego ocurra con esa participación es lo que el público se va a enfrentar cuando el público viene a ver una obra de las que yo hago. Es verdad que el tema de la participación es un gran tema en estos momentos.

—Por lo que me dice, en nuestra vida diaria somos un poco intérpretes y no somos conscientes de ellos.

—Que somos actores ya lo decía la sociología de los años 70, o ya la decía Shakespeare. Que el mundo es un gran escenario es algo dicho desde siempre porque eso digo que la cuarta pared es un invento del modernismo. No existe la posibilidad de mantenerse al margen del mundo.

—¿Busca también alejarse con este tipo de teatro de la experiencias diferentes a la televisión o al cine?

—Es verdad que el cine es una de las últimas disciplinas que sigue planteándole al espectador la posibilidad de estar al margen, estar agazapado en la oscuridad y ser ese personaje que está en la finca de enfrente mirando a alguien y viendo con la boca abierta lo que sucede delante de él. Pero tengo la sensación de que es de los pocos lugares que mantiene esa idealización del papel del espectador, pero el resto de artes visuales piden al espectador que se posicione.

—¿Cuáles son las consignas da como director?

—Lo único que les pido es que los actores hagan su trabajo y los diferentes protagonistas de la magistratura hagan su trabajo como lo llevan haciendo la mayoría de ellos más de 20 o 30 años. En ese sentido, no tengo ninguna duda de que el espectáculo va a salir como tiene que salir: un juicio, un juicio a un personaje ficticio, pero un juicio al fin y al cabo.

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